El país tira del pasado para retar al futuro

Los lusos han diversificado su actividad económica recuperando tradiciones que diferencian y con un nivel de consumo que crece por la mayor confianza, gracias también a la imagen exterior


«Lo mejor que le pasó a Oporto fue la crisis». La frase es rotunda. Sergio la dice de forma contundente, sin duda ni vacilación. Hace años había trabajado en la fuerza aérea, luego se pasó al sector inmobiliario. Pero esa misma crisis que ahora defiende le hizo aterrizar en la guesthouse 10 Em São Domingos, en pleno centro del casco histórico de Oporto. Mientras pone una sopa de legumes a una familia rusa que se hospeda en el hostal, hace un diagnóstico de lo que ha ocurrido en la ciudad: «¡Mira enfrente! Ese edificio que ahora está pendiente de rehabilitar ya lo estaba antes de que todo se viniera abajo. El casco histórico estaba abandonado. Ingenieros, arquitectos, economistas jóvenes... comenzaron a comprar esas viviendas para rehabilitarlas con la idea de alquilarlas. Pero la economía falló. Esos mismos profesionales empezaron a perder el empleo, no tenían dinero. Lo que hicieron fue aprovechar lo que habían visto en otros países porque fueron los primeros backpackers que aquí agarraron la mochila para conocer mundo. Alquilaron primero sus sofás, con el dinero arreglaron una habitación y la arrendaron. Luego comenzaron a abrir bares, guesthouses... ¿Qué echo de menos? Menos Pavarotti y más fado».

Lo que está ocurriendo en Portugal es que el pasado, la tradición, lo bien hecho, es la cuerda a la que se han ido agarrando muchos ciudadanos para no hundirse. Es su flotador para avanzar hacia el futuro. El cambio generalizado en el concepto de lujo -ahora no va asociado a llevar grandes u ostentosos logos, lo que tiene valor es la calidad, lo artesano- les ha ayudado. Lo han hecho porque han sabido verlo.

La clave está en la calidad

«Recuperamos el modo en el que el padre de mi mujer hacía los cepillos. Esta escovería fue fundada en 1927. Mi suegro empezó haciendo escobas para barrer de forma artesanal, luego cepillos... Con el paso de los años dejó esa parte del negocio para centrarse en productos para la industria. Ahora vuelven a hacer artículos artesanales, todo hecho a mano. Exportamos a España, Italia, Francia, Noruega, Japón, Estados Unidos... En Navidades lo agotaron prácticamente todo», resume Rui Rodrigues, el propietario de Escovería Belmonte. Uno de sus cepillos hechos con mango de ébano en su pequeño taller de la empinada calle Belmonte ha salido incluso en Cincuenta sombras de Grey.

No solo la hostelería se ha reinventado. También el textil, la industria del calzado, las conserveras, las fábricas de cerámica, las bodegas... Hasta en áreas apartadas del cordón económico que rodea a Oporto o a Lisboa, como Tras os Montes, han empezado a florecer ideas como los jabones Tomelo Cleo, con leche de burra. El objetivo: recuperar una especie y no dejar morir el campo, que languidece debido al cóctel mortal que conforman la emigración y la baja natalidad.

«Lo que está saliendo en la prensa extranjera sobre la recuperación genera mucha confianza» Buscar otro modo de hacer las cosas es lo que ha hecho Sergio con la hospedería y la cafetería en la que ofrece «comida bien hecha de Portugal». El bum turístico que vive la ciudad equilibra esa otra cara de la moneda que representa su esposa, una enfermera que, durante las horas libres que le quedan después de trabajar en un centro privado, le ayuda en el bar del hostal. No quiere dar el nombre, pero habla: «Los enfermeros estamos poco valorados. Nos pagan 3,2 euros por una inyección. Porque tengo una familia, de lo contrario me habría ido fuera». No es la única del gremio que habla de emigrar ante la escasez de convocatorias de empleo público, un factor que influye directamente en la calidad de la atención, sobre todo en zonas alejadas de las grandes urbes.

Marta es enfermera, pero en el Hospital Braga. «Hay algunas amigas que están trabajando fuera porque nuestras carreras están congeladas en Portugal», dice esta joven. Algo semejante ocurre en el sector de la educación. «Tenemos congelada la carrera desde el 2010», dice Dulce, una profesora de primaria en la freguesía de Lagares (poco más de 2.000 habitantes), en Felgueiras, localidad que está a poco más de media hora de Oporto.

Es domingo por la tarde. Marta está en Braga tomando natas con unos amigos, João, André y Diogo, en una cafetería de esta ciudad religiosa y comercial del norte, donde está la Universidade do Minho y en la que acaban de abrir un Instituto de Nanotecnología. La cafetería está llena. No es la única. Prácticamente todas lo están. «A nivel de salario no estamos mejor [el Instituto Nacional de Estadística portugués habla de un salario medio de 1.107,86 euros], lo que ocurre es que el desempleo ha bajado. Hay más confianza y ha aumentado el consumo interno. Lo que ha publicado sobre la recuperación la prensa extranjera ha ayudado a crear confianza», explica João. Pero el elevado porcentaje de paro juvenil les preocupa. «Portugal aún no es capaz de absorber el volumen de trabajadores con formación superior generado en los últimos diez años», comenta André.

Él y sus amigos creen que lo que está pasando puede ser producto de una campaña de márketing. Pero sea verdad o no, la alegría se respira en las calles del eje atlántico. La gente sonríe. Al menos en esa parte del norte.

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