«Europa nos trató tan mal...»

Los refugiados atrapados en los campos de Idomeni hace ahora un año narran su lucha por la supervivencia y reflexionan con amargura sobre el fracaso de la política de acogida

Nedal y Janine viven ahora en Suiza, a la espera de conseguir los papeles para casarse.
Nedal y Janine viven ahora en Suiza, a la espera de conseguir los papeles para casarse.

La Voz en Salónica

Por sus vías pasan todos los días trenes de carga hacia Skopie. En Idomeni, la última parada griega, no hay pasajeros desde que la crisis azotó el país heleno. Ni rastro del que fue el mayor campo de refugiados improvisado de Europa. Del frío y barro que calaba hasta los huesos. La frontera que separa Grecia de Macedonia se cerró hace poco más de un año y se convirtió en un negocio lucrativo para las mafias, siempre al acecho.

Conocimos a Abu Baker, Nedal y la familia de Salah en los vagones derruidos de Idomeni. Su instinto de supervivencia les ha llevado a tomar caminos distintos. «Suerte o destino», como ellos explican. Escondidos en coches recorriendo media Europa, con pasaportes falsos u olvidados en Grecia. Desde Mataró a Salónica. Desamparados por las autoridades europeas y a merced de un modelo de reubicación que no funciona.

Tan solo un tercio de los solicitantes de asilo, que malviven en los campos de refugiados de Grecia, han sido reubicados en territorio europeo, la cifra dista mucho de los 66.000 acordados por los socios comunitarios. Alemania, Francia y Holanda son los países que más han acogido a refugiados. España, con poco más de 700, está a la cola de Europa.

«Recuerdo el frío de las noches y el llanto de los niños», explica Nedal en perfecto alemán al otro lado del teléfono. «Europa nos trató tan mal...», se duele. Este joven estudiante de filología inglesa que intentó acogerse al plan de reubicación, pasó por más de cuatro campos de refugiados. «Iba dejando mis datos con la esperanza de que algún día me llamaran para una entrevista», recuerda. El tiempo pasaba y el sistema seguía colapsado.

«Nos cerraron las puertas»

«No quise dejar Idomeni hasta el último día. Tampoco quise irme a un campo. No me fiaba de Europa, de sus mandatarios, mira lo que nos hicieron. Nos cerraron las puertas en nuestras narices», Cuenta Abu Baker desde Mataró, Barcelona. Sin dinero, intentó en varias ocasiones cruzar la escarpada frontera macedonia a pie. «Era imposible», sentencia.

Baker no perdió nunca la esperanza. La amistad que entabló con un grupo de voluntarios le abrió las puertas a un futuro sin miedo. «Unos amigos me dijeron que si quería viajar con ellos en coche desde Salónica. Lo hicimos. Nunca pensé que España acabaría siendo mi destino». No quiere explicar como burló las fronteras. Siempre tuvo claro que su esperanza dependía de las personas y no de las autoridades.

Abu Baker acabó en Barcelona a la espera de resolver su expediente, y no recibe ningún tipo de ayuda.
Abu Baker acabó en Barcelona a la espera de resolver su expediente, y no recibe ningún tipo de ayuda.

Salah explica desde Salónica cómo fue su salida: «Créeme que si por mi fuera habría cruzado ya las montañas, pero mi madre tiene diabetes y es mayor. Tampoco tenemos dinero para pasaportes falsos», afirma. Lleva meses pidiendo ayuda, intentando que su petición para ir a Alemania sea escuchada. Su padre se encuentra en el país germano esperando. «Hemos conseguido un piso gracias a la solidaridad de grupos de Alemania y Austria. Ahora nos podemos duchar y comer comida caliente».

Este joven, profesor de colegio en Damasco, atribuye a su mala suerte el ser uno de los más de 62.000 atrapados en el país heleno. Su mujer abortó debido a una patada de un policía turco.

Salah lleva intentando que su petición para ir Alemania sea escuchada.
Salah lleva intentando que su petición para ir Alemania sea escuchada.

Nedal tuvo más suerte. Así recuerda cómo salió: «Estaba de pie esperando para pasar el control de pasaportes. Intenté disimular mis nervios, sabía que si cruzaba la línea podría tener la oportunidad de volver a empezar». Logró subir en un avión rumbo a Zúrich, Suiza. Su novia, Janine, le cogió de la mano. Intentó pasar desapercibido. «Sabes que no parezco árabe, eso me salvó». Antes de él una familia siria no pudo cruzar el control. «Pero lo hice. Lo logré. Estaba volando, era libre».

La pareja reside en pleno corazón financiero de Suiza a la espera de conseguir sus papeles y poder casarse. Nedal recibe 336 francos suizos al mes y clases gratuitas de alemán. Ya solo le queda el último trámite para poder obtener la protección internacional. Sin embargo, no podrá traer a su madre que vive sola en Damasco.

Gracias a los voluntarios

Baker, por su parte, vive en Barcelona. Trabaja un par de días en el campo. Da charlas en colegios para explicar que ser refugiado no es una opción, sino una consecuencia de la guerra que devora su país, de la geopolítica que bombardea sus casas un año después de huir del ejército del dictador sirio, Bachar al-Asad. «No creo en el futuro. He pasado muchos años huyendo. He perdido a seres queridos, convivíamos con la muerte», asegura. A pesar de ser refugiado sirio-palestino solo ha conseguido la tarjeta roja que le permite residir temporalmente en España a la espera de resolver su expediente. No recibe ningún tipo de ayuda oficial. No quiso aceptar la acogida temporal de seis meses en centros habilitados donde se proporciona comida y 50 euros al mes. Vive gracias a la red de voluntarios independientes que le dieron una segunda oportunidad. Solo se fía de ellos. 

«Mantened la esperanza. Siempre hay gente con humanidad»

Es difícil no hundirse en la desesperación cuando se vive lo que han vivido los refugiados. «Si estuviera solo me habría suicidado. Hay refugiados que lo hacen. Es un infierno vivir esto», describe Salah. Perdió las ganas de luchar y de formar una familia. «Los que se han ido de aquí es porque tenían dinero para pagar a mafias. El sistema europeo no funciona. Solo Mohamed y Vilal consiguieron país; España y Francia», su voz se quiebra.

Víctimas de la desesperación, cada vez son más los que se rinden. El número de retornos voluntarios desde Grecia se ha duplicado en el último año, según datos de la OIM, Organización Internacional para las Migraciones. «Hay gente que no ha aguantado y ha vuelto a Turquía. Los campos no son seguros. Muchos hombres sin nada que hacer. Mafias y drogas merodeando». Salah ya no aguanta más.

Pero su sobrino Nedal envía un mensaje positivo para él y el resto de compañeros que todavía siguen en tierras helenas: «Mantened la esperanza. Siempre hay gente con humanidad. Intentad encontrar el camino a través de ellos y, si no hay vida, creadla. Todo irá bien si confiáis en las personas adecuadas. No perdáis la cabeza y sobre todo paciencia». A este ritmo Europa tardará casi ocho años en cumplir sus compromisos de reubicación.

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