El descrédito por la invasión de Irak cae sobre el Reino Unido del «brexit»

Las conclusiones del informe Chilcot suponen una losa sobre el legado de Tony Blair

Manifestantes, esta mañana en Londres
Manifestantes, esta mañana en Londres

Londres / E. La Voz

La espera de siete años no amortiguó el impacto. La publicación del informe Chilcot sobre la implicación del Reino Unido en la guerra de Irak, en el 2003, se convirtió ayer en la peor pesadilla para el primer ministro de entonces, el laborista Tony Blair. La investigación confirma la idea que ya había arraigado en la conciencia de la mayoría de los británicos, cae como una losa sobre el legado blairista y desacredita aún más al país del brexit: la guerra se inició sin agotar las posibilidades de una solución diplomática, con una inteligencia fraudulenta, sin preparación militar adecuada y con mínima consideración sobre la gobernación de Irak tras el derrocamiento de Sadam Husein.

Si no fuera suficiente, el diplomático John Chilcot, principal figura a cargo de la investigación, recalcó durante la presentación del informe de 12 volúmenes y 2,6 millones de palabras, que el Gobierno no logró los objetivos que se había propuesto: «Más de 200 británicos murieron. Muchos más resultaron heridos. La invasión y la consiguiente inestabilidad en Irak había causado en julio de 2009, seis años después de la invasión, la muerte de al menos 150.000 iraquíes. Más de un millón fueron desplazados».

Todo en la intervención militar fue mal y las consecuencias perduran a día de hoy. Según el informe, el énfasis en la unidad trasatlántica puesto por Blair desembocó en una sobrestimación de su capacidad de influir en Washington. Se buscaron excusas legales para legitimar la guerra en el Consejo de Seguridad, se ocultaron informes a miembros del Gabinete y se tomaron decisiones graves entre un grupo pequeño de elegidos en torno a Blair.

El informe presentado ayer fue solicitado en el 2009 por el entonces primer ministro y sucesor de Blair, Gordon Brown. Según Colpisa, contiene pasajes en los que se ilustra el papel del Gobierno español. El 11 de marzo de 2003, la entonces ministra de Exteriores, Ana Palacio, advierte a sus colegas Colin Powell y Jack Straw, de que Husein podría burlar los tests que exige el borrador de resolución de la ONU preparado por los tres gobiernos para legitimar la invasión. «Podría presentar, por ejemplo, 30 científicos», dijo. El británico respondió: «Entonces podríamos aceptar el sí como respuesta». Powell matiza: «Es más fácil para ti decirlo que para mí aceptarlo». Aznar, que había insistido en que no se podía presentar la resolución sin garantía de victoria, resaltó la importancia de la relación trasatlántica en la cumbre de Azores. Uno de los puntos de la discusión con Bush y Blair fue «la necesidad de evitar una resolución alternativa que logre apoyo para retrasar la acción».

Blair se defendió, como pudo, muy tocado y con la voz quebrada, de las conclusiones del informe con el argumento de que «el mundo es más seguro» tras la eliminación de Sadam Husein. Según contó, la decisión de ir a la guerra fue la más difícil que tomó como primer ministro. Se escudó en la atmósfera que existía en el momento que se vivía, tras los atentados del 11 S en Estados Unidos, y dijo que tenía miedo de que sucediese algo similar en Reino Unido. Aceptó toda la responsabilidad de lo ocurrido, pero reiteró que había actuado «de buena fe y creyendo que era en interés del país».

Las familias de los 179 soldados británicos caídos en Irak mostraron su «tristeza al descubrir que sus seres queridos murieron innecesariamente». Algunas no descartan ahora recurrir a los tribunales, pero todavía es demasiado pronto para asimilar los resultados de este complejo informe independiente y tomar decisiones.

La venganza de Jeremy Corbyn, el gran beneficiado 

Pacifista convencido, el actual líder laborista, Jeremy Corbyn, fue ayer el gran beneficiado de la publicación del informe por partida doble: oscurece, como ya se dijo, el legado de Blair pero, sobre todo, deja temblando a los blairistas del grupo parlamentario que se han alzado contra él amenazando su liderazgo.

¿Quién iba a decir que, tras varios aplazamientos, el informe iba a difundirse finalmente en plena resaca del brexit, cuando el 80 % del grupo parlamentario laborista se ha indisciplinado contra Corbyn por su ambigüedad y pasividad durante la campaña del referendo? Que el informe le ha caído como del cielo lo revela que, en cuanto conoció su contenido, no dudó en pasarle la factura a Blair acusándolo de ser «una mancha» en la historia del partido. En su opinión, Reino Unido intervino en un conflicto armado «ilegal» impulsado bajo un «falso pretexto».

Corbyn se disculpó en nombre de su formación por «la desastrosa decisión» de invadir Irak y fue tan allá que incluso invirtió papeles con Cameron. Mientras el todavía primer ministro argumentaba en defensa de Blair que el informe no demostraba que hubiese existido una intención deliberada de engañar a las personas antes de la decisión de invadir Irak, el líder de la oposición argumentaba justo lo contrario, esto es, que el Parlamento resultó «engañado» cuando se produjo la votación para autorizar la invasión.

La postura de Corbyn no sorprendió a nadie. Ya en el 2003 votó contra la guerra y siempre fue un feroz crítico, participando en manifestación ciudadanas y describiendo el ataque de Londres y Washington a Irak como una decisión «catastrófica». Considera un desastre que la intervención de Irak se produjese cuando el laborismo estaba en el Gobierno, pese a que 140 de sus colegas se oponían a ella. Pero el informe le brinda un argumento interno frente a sus contestatarios, muchos de ellos partidarios de Blair que se mostraron en su día partidarios de intervenir, Junto al aumento de 100.000 afiliados que ha registrado el laborismo desde el resultado del referendo, es un aliciente para resistir.

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