«Merkel sí nos quiere en Alemania»

La plaza Victoria de Atenas, la Kabul griega, está atestada de familias afganas atrapadas que no pierden la esperanza


atenas / e. la voz

Aquí ya solo se habla dari y pastún. Aquí es la plaza Victoria, enclave en el corazón de la capital griega que se conoce como la Kabul de Atenas por la aglomeración de familias enteras que descansan con sus mochilas y las mantas que los griegos les traen todos los días. Son afganos, los refugiados de segunda en Europa. Las decisiones unilaterales de Austria y sus vecinos balcánicos los han dejado sin la posibilidad de seguir ruta a Alemania y los países nórdicos. Están atrapados en Grecia.

A los pies del árbol donde dos afganos intentaron ahorcarse hace poco descansa la familia Faisal. El padre es un reputado juez en Kabul y la madre catedrática. Vendieron su casa de tres pisos y sus dos coches en la capital afgana para escapar de los talibanes. Tan solo les quedan 200 euros. Les resulta imposible pagar a las mafias para conseguir pasaportes falsos y tampoco pueden permitirse dormir en un hotel. Los tres campos de refugiados, a los que las autoridades ya no dejan pasar a los periodistas, están repletos.

«En Afganistán no podíamos salir de casa. Teníamos miedo a los talibanes. Mi padre había recibido amenazas y mi madre, que es profesora en un país como el nuestro, tenía miedo, mucho miedo», explica Ahmed el pequeño de once años en un inglés perfecto. Sueña con estudiar Medicina y sonríe al preguntar qué equipo de fútbol ganará la Liga española. «Vamos a llegar a Alemania. No puedo pensar en otra cosa porque, si no, intentaría ahorcarme también», comenta el padre.

El cierre de las fronteras para los migrantes de Afganistán empezó en Austria. El país transalpino limitó su entrada, Serbia cerró la frontera y Macedonia hizo lo propio. Ninguno de los estados quería convertirse en un gran campo de refugiados. Ahora es Grecia la que está aislada de Europa. Ante este caos las autoridades construyen a contrarreloj dos centros más de acogida. El ministro de inmigración, Yanis Muzalas, ha avisado de que Grecia no se convertirá en el Líbano de Europa, pero las previsiones no son halagüeñas. Hasta 100.000 personas podrían quedarse bloqueadas en el país heleno si Macedonia no abre la frontera.

Las horas se hacen eternas

Las horas en la plaza Victoria se hacen eternas. Entre risas y llantos de los más pequeños, los griegos se acercan cada hora a repartir comida. Tirópitas recién horneadas, fruta, pañales, leche en polvo para los más pequeños pero también juegos y peluches. «Toma, toma, comida», insiste María, una pensionista que ofrece manzanas. «Vengo todos los días, todos, no puedo quedarme en casa viendo como nuestros políticos permiten que la gente sufra», explica.

«Yo también quiero guantes de plástico», le pide un refugiado afgano a Yorgos, un traductor freelance que viene a la plaza Victoria con productos de higiene para que los refugiados puedan limpiar sus camas improvisadas sobre el suelo . «Fueron ellos los que me pidieron bolsas de basura», relata. En menos de media hora una patrulla de migrantes barre y asea la plaza que se ha convertido en su nuevo hogar.

Entre los cientos de afganos que duermen a la intemperie hay muchos niños que viajan solos. Las familias los acogen para que las autoridades no los retengan en centros de menores. Behram tiene 14 años. Su padre, vendedor de coches, le dio 5.000 dólares y lo animó a venir a Europa porque el pequeño no soportaba más la persecución de los talibanes y el Estado Islámico (EI) contra la etnia hazara. «Estoy solo pero voy viajando con amigos o familias, no tengo miedo», susurra. No quiere que nadie sepa que está lejos de su familia. Sabe que se convertiría en un blanco fácil para las mafias.

«Va a venir un autobús para que podáis ir al centro de refugiados», cuenta un policía a la multitud. Intenta explicar a los presentes que allí estarán mejor pero nadie quiere dejar la plaza por miedo a que los encierren. «Yo no me muevo de aquí. Queremos estar todos juntos, esperaremos hasta que nos dejen ir al norte», le responde un joven migrante.

Cae la noche en la plaza Victoria y la Familia Faisal se despide con la esperanza de que Alemania consiga desbloquear su situación en la cumbre inminente entre la Unión Europea (UE) y Turquía. «Merkel si que nos quiere en Alemania», no pierde la esperanza el pequeño Hamud.

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