«Venezuela castigó la traición»

El secretario ejecutivo de la Mesa de Unidad Democrática de Venezuela asegura que «aquí perdió un proyecto que pretendió controlar a los venezolanos por hambre y por miedo»


caracas / E. la voz

Es el secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que agrupa a la gran mayoría de la oposición venezolana. Periodista poco convencional, Jesús Chuo Torrealba recibió hace poco más de un año el encargo de superar las desavenencias entre grupos diversos que solo están unidos por su rechazo al chavismo. El éxito del pasado día 6 prueba que pasó el examen con nota.

-¿Perdió el chavismo o ganó la oposición?

-La llegada de Chávez a la presidencia en 1998 no fue una confrontación entre izquierdas y derechas, entre socialismo y capitalismo, entre civiles y militares, sino entre el miedo y la rabia. Ganaron quienes tenían rabia porque eran más. Ahora, la confrontación se volvió a dar en términos similares, pero no idénticos. Esta vez fue entre el miedo y la esperanza. A pesar de la campaña del miedo, se produjo una votación inédita en una elección no presidencial. Lo más destacado es la forma en la que el voto popular se volcó con la oposición. Los barrios populares, y no solo los de Caracas, en todos esos sitios donde se concentran la pobreza urbana y la rural, se volcaron con el cambio.

-¿Se puede hablar entonces de un voto de castigo?

-Sí, pero no a la usanza occidental. La mirada europea o la norteamericana se dirigen a un ciudadano informado de las políticas públicas que censura la ineficiencia en la ejecución. Aquí las circunstancias son otras. Por supuesto que este es muy mal Gobierno. La ineficiencia y la corrupción son muy importantes. Pero hay algo más profundo: la dimensión afectiva, la ruptura entre el pueblo y la nomenclatura oficialista.

-¿Ruptura con el chavismo o con el madurismo?

-En 1998 al pueblo venezolano no se le ofreció un buen gobierno. Se le ofreció nada menos que la redención. Se le ofreció la justicia social, el castigo a la corrupción, un conjunto de cosas con las cuales se creó una relación afectiva entre un denso sector de la población y el liderazgo que encarnaba esa propuesta. Ese líder falleció y sus herederos en el poder no solamente no cumplieron las premisas básicas de la oferta, sino que se convirtieron en la encarnación de lo contrario y se enriquecieron obscenamente. Como diría el señor Pablo Iglesias, constituyeron una casta política, descompuesta y corrupta que estaba a años luz de la oferta de redención social. Yo no sé cómo será en los países nórdicos cuando los amores se acaban. En el Caribe, cuando se fractura el afecto, la reacción es fuerte. El voto de castigo en Venezuela tiene un componente afectivo importante. Es el castigo, no solo de la ineficiencia, sino el castigo a la traición.

-Pero, ¿no decía Chávez que ser rico era malo?

-Fue la consigna más desafortunada de estos años de oficialismo. Esa, y que la pobreza era una especie de virtud teologal. Eso no prendió en ningún estrato de la población. El objetivo del pobre es convertirse en clase media, conseguir que los hijos vivan mejor. Los venezolanos, de repente, se encontraron con que los 17 años en los que se les habló de empoderamiento, de revolución, fueron de estancamiento absoluto de la movilidad social. El pobre siguió siendo pobre y se tornó miserable. La clase media también perdió su capacidad de adquirir y se transformó en pobre.

-¿Qué buscaban los que votaron a la oposición?

-Para el venezolano es muy difícil entender que lo que está ocurriendo en el país sea normal. Sabe que los últimos 12 años se produjeron los más altos precios del petróleo, sabe que aquí entraron un billón de dólares y que el país no tiene ni alimentos en los supermercados, ni medicinas en las farmacias. Frente a eso, solo había la esperanza del cambio. Yo diría que aquí perdió un proyecto que pretendió controlar a los venezolanos por hambre y por miedo.

«Monedero e Iglesias ayudaron a destruir la economía y la convivencia de mi país»

Se remite a las primarias ante la pregunta de si Capriles llegará vivo a su tercer intento de alcanzar la presidencia.

-Tomamos en agosto la decisión de que todos nuestros candidatos cargos sean electos en primarias. Eso nos quita el problema de las negociaciones trabajosas y complejas. Tenemos varios líderes que pueden aspirar en una confrontación presidencial. Ese puente lo cruzaremos cuando lleguemos al río.

-¿Tienen clara la estrategia frente a la ofensiva madurista?

-Absolutamente. Intenta motorizar la confrontación, llevarnos al ring de la politiquería, encerrarnos en una dinámica por el control de despachos e intercambio de insultos. Es una estrategia fallida que los llevó al fracaso. Que insistan en ella demuestra que no han sido capaces de leer lo que ocurre en el país. Nosotros no tenemos tiempo para eso. Estamos ocupados en redactar las leyes que eviten que el aparato productivo se siga deteriorando. Si no hay producción, hay escasez, si hay escasez hay carestía y si hay carestía hay hambre. Ese es nuestro problema.

-¿Qué futuro le ve al Maduro que conocemos?

-En política no hay difuntos, las realidades son cambiantes. Yo no sé si Maduro como persona, pero el oficialismo pudiera perfectamente reinventarse. Tienen por delante el reto de digerir esta derrota, generar un nuevo tejido dirigente que sea capaz de construir legitimidad afectiva hacia su base y de aprender a relacionarse con el país, no desde la agresión y la amenaza, como hasta ahora, sino desde la propuesta y el trabajo. Si lo logran, pueden volver a ser una opción de poder. Sería beneficioso para la democracia venezolana.

-¿Qué suerte le augura al partido de Monedero y Pablo Iglesias?

-No soy quien para opinar sobre la política interna española. Pero sí he levantado la voz para denunciar que ellos sí vinieron acá para intervenir en la política venezolana. No eran asesores. Eran activistas, activistas mercenarios, bajo sueldo. Vinieron a colaborar en el diseño de las recetas que destruyeron la economía de mi país y que destruyeron la convivencia política. Vinieron a instalarse en un hotel de cinco estrellas y desde allí proclamar las virtudes de este régimen autoritario y corrupto que hoy está haciendo aguas. No deseo intervenir en la política española. Deseo que España no pase nunca por lo que pasamos los venezolanos.

«Ningún líder es más importante que un pueblo unido»

Torrealba está convencido de que, pese a su diversidad, la oposición está «comprometida» en lograr una mayor unidad.

-Desde fuera, se ven excesivos personalísimos.

-Sí. Creo que esa es una de las grandes enseñanzas del 6 D. Ese día la unidad democrática logró un triunfo absolutamente sólido. Pero es un triunfo del conjunto, del equipo, de una política consensuada y de una dirección colectiva, no el del líder mesiánico. Durante mucho tiempo desde fuera se nos decía: ellos tienen a Chávez, ¿a quién tienen ustedes? Ese no es nuestro planteamiento. Aquí asumimos que la democracia es un régimen de instituciones y que las instituciones tienen liderazgos colectivos. Tenemos una política consensuada, tenemos una visión compartida de la crisis y una dirección colectiva. La gran enseñanza del 6 de diciembre es que ningún líder es más importante que un pueblo unido.

-Pero hay líderes dentro de la oposición con un temperamento que recuerda al de Chávez.

-De temperamentos... ¿qué le puedo decir? La oposición venezolana se parece mucho al país. Nuestro país es diverso, tiene matices, particularidades. Uno de los grandes problemas del chavismo que lo llevó a su desastre final fue que intentaba uniformar a los venezolanos: un solo líder, un solo color. Nosotros no somos así. En la oposición hay diversidad de matices, pero hemos aprendido en 17 años de lucha a construir visiones compartidas.

-¿Entonces la oposición cambió?

-Sí, el resultado también es fruto de la madurez. En mayo de 2015 hicimos primarias y de ellas surgió un nuevo mapa en el que se ve que hay unas organizaciones más influyentes que otras. Se vio la importancia de partidos como Primero Justicia, Voluntad Popular, Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo. Esto no quiere decir que estos grupos excluyan a los demás, sino de que tienen la responsabilidad de armar juego, de incorporar. Es una situación distinta a la de hace unos años, cuando la oposición era una miríada de grupos diversos.

-Pero son las mismas caras.

-El nuestro es un liderazgo de cuarentones y detrás de él me complace ver una gran cantidad de jóvenes de entre 25 y 30 años. Es muy fácil hablar de relevos políticos en países en los que la actividad política está inscrita en una cierta normalidad, donde lo más que te puede ocurrir es tener éxito o fracasar. En Venezuela el precio de hacer política puede ser el de ser judicializado, ser preso, terminar exiliado o muerto. Tiene mucho mérito la entrada de gente nueva.

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