La larga sombra de Blair


el mundo entre líneas

Hay un momento de zozobra en la historia del laborismo británico que ha condicionado toda su trayectoria posterior, hasta hoy: las elecciones de 1983, en las que el partido sufrió una derrota humillante frente a Margaret Thatcher, su peor resultado en casi setenta años. Dirigía entonces el partido Michael Foot, el líder más a la izquierda que habían tenido nunca los laboristas, por lo que en la memoria colectiva quedó grabada a fuego la idea de que políticos radicales como Foot eran «inelegibles» en la Gran Bretaña postindustrial. En esta interpretación del resultado se obviaban otros factores, como el empuje electoral que le había dado a Thatcher la victoria en la Guerra de las Malvinas el año anterior, pero la idea prosperó y pareció confirmarse luego cuando Tony Blair consiguió por fin devolver el poder a los laboristas en 1997 después de efectuar un brusco giro a la derecha, lo que él llamó «New Labour».

Es partiendo de aquel trauma como hay que interpretar el pánico que se ha desatado entre la nomenclatura laborista después de que algunas encuestas apunten a Jeremy Corbyn como el favorito para hacerse con el liderazgo del partido en septiembre. Activista nato -literalmente, sus padres se conocieron haciendo campaña por la República Española durante la guerra civil-, Corbyn está aún más a la izquierda de lo que estaba Foot, por lo que, inevitablemente, sus rivales vuelven a agitar el fantasma de la debacle de 1983. Los blairistas, que todavía tienen cierto peso en el partido, ni siquiera se molestan en entrar en el debate ideológico, les basta con describir a Corbyn como «inelegible».

¿Lo es? No está claro. Los resultados de las encuestas son paradójicos. Por una parte, la sociedad británica se percibe más a la izquierda, rechaza las políticas de austeridad y es partidaria de nacionalizaciones como las que propone Corbyn. Por otra, contradictoriamente, prefiere las medidas fiscales conservadoras. Quizás, como ha sucedido con Syriza en Grecia, estemos ante un votante que exagera su radicalismo por indignación con la élite pero que luego se conforma con políticas más convencionales.

En todo caso, lo cierto es que ni siquiera está claro que el propio Corbyn, que se resistía a presentarse, esté pensando realmente en ganar las elecciones. Su objetivo parece más bien devolver al partido laborista a sus orígenes, y para eso le bastaría con convertirse en su líder, aunque sea en la oposición. Como escribía estos días el comentarista del diario The Guardian Jonathan Freedland, a los seguidores de Corbyn lo que les preocupa no es el poder sino la identidad. Lo que quieren, de momento, es disponer de un instrumento político para expresar sus ideas. En el fondo no es Cameron, el líder conservador, sino Tony Blair, o su herencia, el rival del que quieren desembarazarse.

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