La casa de Saúd se enroca

INTERNACIONAL

HO | AFP

El recientemente instaurado rey Salman ha decidido apartar de la línea sucesoria a su medio hermano, el príncipe Muqrin, y colocar en su lugar a su sobrino

03 may 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Algo se mueve en Arabia Saudí. Tratándose de ese país, por supuesto, no se mueve hacia adelante. Más bien es hacia los lados. Para empezar, hacia los del árbol genealógico de la prolífica familia Saud, que domina el país completamente, al menos desde que en 1932 Abdelaziz Ibn Saud fundase este reino que lleva precisamente por apellido su apellido. El recientemente instaurado rey Salman ha decidido apartar de la línea sucesoria a su medio hermano, el príncipe Muqrin, y colocar en su lugar a su sobrino, el príncipe Mohammed bin Nayef.

La cuestión no pasaría de ser un asunto dinástico si no fuese porque viene a coincidir con otras muchas muecas de nerviosismo por los desafíos a los que se enfrenta últimamente la monarquía menos democrática del mundo. Más que de nerviosismo, de hecho, se podría hablar de ataque de nervios por parte de los saudíes, que no dejan de hacer cosas cada vez más extrañas y peligrosas. La última es el bombardeo diario de Yemen, una operación que se está llevando a cabo de manera tan desordenada y descuidada que las bajas militares parecen los auténticos daños colaterales.

Los saudíes, con toda su tecnología militar y con el apoyo o el disimulo de la comunidad internacional, no solo no están logrando aplastar a los rebeldes hutíes que han tomado el poder en el país vecino, sino que estos se permitieron el viernes lanzar un ataque contra territorio saudí. Por cierto que, a pesar de eso, el ministro de Defensa, el príncipe Mohamed bin Salman ha sido nombrado «segundo en la sucesión al trono». La razón no tiene nada que ver con sus habilidades como estratega: es el hijo favorito del rey.

El nombramiento de Mohammed bin Nayef como heredero, sin embargo, sí tiene una explicación clara. La dio él mismo, como ministro del Interior, al informar de que, en lo que va de año, se han frustrado varias conspiraciones para derrocar al régimen y se ha detenido a casi un centenar de terroristas. Dejándole las riendas, el rey Salman, de 79 años, coloca el país en manos de un «duro», un hombre de los servicios de inteligencia. De este modo, queda claro que no se puede esperar ninguna clase de apertura.

El reino se prepara para enrocarse y para proseguir lo que se ha convertido ya en una guerra perpetua de baja intensidad contra casi todos sus vecinos. Aparte de Yemen, Arabia Saudita está ahora mismo interviniendo en Siria, donde financia a los grupos yihadistas que luchan contra el Gobierno; en Líbano, donde apoya a los radicales suníes a través de la familia Hariri; en Egipto, donde orquestó, y ahora mantiene a flote financieramente, el golpe de Estado de al-Sisi; en Bahréin, donde aplastó las protestas democráticas de 2011?

Si todas estas operaciones pasan relativamente desapercibidas para la opinión pública internacional es porque los saudíes han logrado que se vean, paradójicamente, como una estrategia defensiva frente a una agresión iraní de la que, en realidad, no hay demasiados ejemplos. Por eso en Riad inquieta tanto el deshielo, todavía muy incipiente, entre Washington y Teherán. A veces toda la política exterior de un país se basa en una excusa, y basta retirarla, como se retira una carta de la base de un castillo de naipes, para que todo se venga abajo.

Acosado por los fantasmas de los grupos radicales que ha financiado y que se le han vuelto en contra, envuelto en cada vez más malentendidos con sus aliados norteamericanos, y dando tumbos en Yemen, donde libra una guerra fácil que hasta podría perder, los motivos para el nerviosismo del régimen de Riad son muy reales.