Paseo por el Angrois francés

La crudeza de la catástrofe provoca una corriente de solidaridad que recuerda a Santiago. Aunque aquí no hay heridos que rescatar, cada uno ayuda con lo que puede


SEYNE-les-alpes | Enviada especial

La casa de madera de Yvette es pequeña. Poco más de veinte metros cuadrados para pasar el fin de semana. Aunque a ella, ya jubilada, le gusta ir más. Desde que el martes por la mañana se enteró del desastre ocurrido a menos de dos kilómetros en línea recta de su portal, no ha vuelto a cerrar la puerta. La tiene abierta para las familias de las víctimas que quieran quedarse, pero también para los periodistas que han llegado de todo el mundo para cubrir la tragedia.

No es la única que no ha echado el candado. Los 150 habitantes de Le Vernet, los poco más de 1.000 de Seyne..., todos han querido echar una mano. Cada uno a su manera. Con lo que puede. Con lo que sabe. Porque ese espíritu solidario que creció en Angrois tras el accidente del Alvia, ocurrido el 24 de julio del 2014, florece aquí en Los Alpes. Por desgracia, en el desastre del Airbus no hay vía a la que saltar para rescatar heridos, pero la suya es otra forma de ayudar.

El salón de Yvette es un ir y venir de gente. Algunos han tomado sus enchufes para cargar baterías. Otros, para descansar un rato, para ir al baño o para beber un vaso de agua que ella ofrece con amabilidad. Parece haberse olvidado de que lleva un brazo en cabestrillo. No le importa porque lo que importa en estos momentos es colaborar.

En la plaza principal de Seyne, justo frente a la oficina de Turismo, Francisco Álvarez se acerca cuando escucha hablar español. «Vivo aquí, pero soy de origen español. ¿Quieren que les ayude en algo? Anoten mi teléfono», dice. Fue uno de los primeros en apuntarse como traductor voluntario para ayudar a las familias españolas que quieran venir hasta el centro de apoyo instalado en el pabellón municipal. Pero también echa una mano a los periodistas. Aunque tenía un viaje previsto a cerca de Marsella, fue y volvió en el mismo día «porque podían precisar mi ayuda».

No es el único en Seyne que se ha ofrecido como intérprete. «Hay una señora que da clase de alemán que también se ha anotado y otra vecina tiene un cuarto preparado para el que quiera quedarse a dormir», añade. Y un artesano que trabaja la cerámica local también ha ofrecido su casa. Igual que los del restaurante Les Molins...

De camino a la base de helicópteros, cerca de la estación de bomberos local, un hombre pregunta: «¿Tienen ya dónde dormir? Vivo a 7 kilómetros, pero pueden quedarse en casa». Esa misma invitación la había lanzado poco antes otra mujer que pasaba por la zona. Y en el pueblo hay bares donde, después de días de faena, hasta invitan a la consumición.

Pegada en el mostrador de la oficina de Turismo puede leerse una circular del alcalde de la localidad. Agradece a los vecinos el haber prestado sus casas o su conocimiento de la montaña y de la zona para todo aquel que quiera cobijo o para aquellos que solo busquen a alguien junto al que llorar.

Los libros de condolencias colocados en la entrada de la capilla de la Penitencia y en la iglesia de Nazaret, justo frente al ayuntamiento, se llenan de pésames. El sacerdote encargado del cantón de Seyne, Le Verne, Montclar, Barles, Verdache y Auzet no se ha despegado de sus feligreses. Ha ido incluso a Digne para oficiar una ceremonia ecuménica en memoria de las 150 víctimas. Católicos, judíos, musulmanes, budistas... porque, como dijo, no importa qué culto tenga cada uno. Porque lo importante en estas catástrofes es darse apoyo. Acompaña a sus vecinos, pero también a las familias que poco a poco van armándose de valor para llegar hasta el improvisado santuario levantado en Le Vernet.

Hasta allí peregrinan los vecinos cada día. No para curiosear. El morbo no existe. Lo hacen para llevar flores que, cuando los gendarmes les cortan el paso ante la inminente llegada de familias, dejan a los pies de un árbol cercano. Sus palabras son de ánimo. No se cansan de repetir «¡Corage!, ¡Corage!» porque lo ocurrido es «desastroso». Muchos no llevan ramos cortados. Prefieren dejar plantas porque el ánimo que quieren dar no se marchitará nunca.

«Ayer por la noche -cuenta una vecina- todo el horizonte se tiñó de rojo sobre la montaña. Fue como un homenaje de la naturaleza en memoria de los muertos». Porque ahí en Los Alpes no los van a olvidar nunca.

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