Andreas Lubitz, de baja, nunca debió subir al avión

El copiloto ocultó a Germanwings que padecía una crisis existencial agravada por la ruptura con su novia


Redacción / La Voz

Andreas Lubitz ocultó su enfermedad, y que se estaba medicando, y desoyó su baja laboral. Engañó a todo el mundo para llevar a la muerte segura a 149 personas. La Fiscalía de Düsseldorf asegura que no comunicó a su entorno ni a la compañía Germanwings sus problemas de salud, tampoco que estaba sometido a tratamiento psiquiátrico. Y decidió acudir al trabajo el pasado martes. Rompió el parte médico que debía entregar a su empleador. Debía subir al avión. En pedazos hallaron el documento los investigadores en el registro policial del domicilio familiar en Montabaur y de su piso de Düsseldorf. Uno de los certificados correspondía al día de los hechos.

Más noticias. Más frustración. Todos los focos centran su haz de luz sobre Lubitz. Pero tanta iluminación ciega la escena. No hay claridad, no hay nitidez alguna en la imagen. Un hombre joven que sonríe con el Golden Gate al fondo, un deportista que se esfuerza y concluye la media maratón de Fráncfort organizada por el grupo Lufthansa en poco más de 1 hora y 48 minutos. ¿Quién es Andreas? ¿Qué hizo?

El fiscal de Marsella, Brice Robin, no duda: el copiloto Lubitz (27 años) quiso destruir de forma deliberada el avión que hacía el vuelo Barcelona-Düsseldorf y cuando, con sus 630 horas de vuelo, se quedó a los mandos del Airbus A320 y -aprovechando que el comandante, Patrick Sonderheimer, se ausentó para ir al cuarto de baño- se atrincheró en la cabina, activó el botón de descenso y lanzó la nave contra las estribaciones francesas de los Alpes.

En el aeroclub deportivo Westerwald (al que estaba vinculado desde adolescente) dicen que amaba los Alpes hasta la obsesión y que conocía muy bien esta zona montañosa, en la que había practicado vuelo sin motor.

Respiración tranquila

A hachazos. Su respiración durante el brusco descenso, subrayó el fiscal, no se alteró, sonaba tranquila en aquellos fatídicos instantes. Poco importó que fuera de la cabina el comandante Sonderheimer, casado y con dos hijos, acabase a gritos. No hubo respuesta alguna del interior. Ni siquiera cuando el capitán, intuyendo el final, trató sin éxito de derribar la puerta a hachazos.

La explicación sin adornos ni especulaciones del fiscal, impecable, debía traer sosiego a las familias, pero, como siempre ocurre en estos casos, no es así. «No hay nada que pueda hacerse, ni que me puedan decir que cambie el hecho de que he perdido a tres seres tan queridos. Me da lo mismo que haya sido un accidente o lo que sea; eso a mí no me interesa». Lo expresaba sin ambages el lucense Juan Pardo Yáñez, que perdió a su primera mujer, a su hija mayor y a una nieta.

Las víctimas se merecen que todo quede expuesto en un relato prístino. Que la narración conduzca a algún lado. Y eso es difícil de lograr en un escenario tan dramático, que va «más allá del entendimiento», como dijo Angela Merkel, que también pidió prudencia hasta que el contexto quedase totalmente perfilado.

Pero el contexto se resiste. ¿Qué motivaciones había detrás de la decisión de Lubitz? En los registros domiciliarios no se hallaron ni una carta redactada como despedida ni un mensaje asumiendo los hechos, ni tampoco indicios de un trasfondo de radicalismo político, ideológico o religioso. ¿ Y si fue una ruptura sentimental la que lo llevó al abismo más oscuro? La policía interrogó ayer a la novia de Andreas. Según apuntan algunos medios, tras siete años de relación, la pareja acababa de romper (habían convivido en el piso de Düsseldorf y hasta habían trazado planes de boda para el 2016). La siempre drástica decisión la tomó ella.

Creía en el futuro

Dos Audis. El copiloto debía creer en el futuro, si se confirman las revelaciones de la revista alemana Focus: hace apenas unas semanas adquirió en un concesionario de Audi en Düsseldorf dos automóviles nuevos, uno para él y otro para la joven. El de Andreas ya estaba en su poder.

En el interrogatorio, la exnovia del copiloto confirmó que este sufría una depresión, según adelantó la cadena francesa iTélé. Andreas acumulaba un amplio historial de depresiones -que lo habían obligado hace seis años a interrumpir hasta 18 meses su proceso de formación y a realizar después las consiguientes pruebas de aptitud para retomarlo-, y actualmente atravesaba una grave «crisis existencial», como reflejaba el parte de baja emitido por un neurólogo y psiquiatra de Renania, el mismo que llevaba su tratamiento y que hasta ahora se había parapetado en el secreto profesional para no facilitar esta información.

En tal sentido, el Hospital Clínico Universitario (UKD) de Düsseldorf, en que Lubitz también recibió recientemente tratamiento -la última ocasión, el 10 de marzo-, negó que esta estancia tuviera relación alguna con problemas psicológicos, pero no precisó su naturaleza. Tras manifestar su «consternación y horror», el director del UKD, Klaus Hoffken, dijo que el hospital «apoyará sin reservas» las pesquisas de la Fiscalía, a la que, añadió, ya remitió todos los papeles.

Sobre la obligación de trasladar a Germanwings esta información hay contradicciones que ponen sobre la mesa las primeras responsabilidades. La aerolínea rechaza taxativamente que haya recibido esos certificados, que conociese las circunstancias del paciente, pero ayer el diario Bild aseguraba que el piloto estaba bajo vigilancia «médica especial y regular» desde que padeció su crisis durante el período formativo, en el 2009, y que Lufthansa dio cumplida cuenta de ello a la autoridad de supervisión del transporte aéreo en Alemania (Luftfahrtbundesamt).

Carsten Spohr, presidente de Lufthansa, consorcio del que es filial Germanwings, se vio obligado a confirmar que la compañía sabía que Lubitz tuvo que interrumpir sus estudios «durante cierto tiempo», y razonó el hecho de que no hubiese facilitado inicialmente ese dato: no tenía derecho a revelar unas razones que juzga en el terreno de la intimidad. En esta línea, incidió, el joven superó todos los tests preceptivos a que fue sometido, incluidos los psicológicos, con carácter previo a su contratación.

La policía gala prevé interrogar a los padres de Andreas, a los que mantienen separados de los familiares de las víctimas, tanto de la tripulación como del pasaje.

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