Democracia poselectoral

INTERNACIONAL

Los sondeos a pie de urna de ayer en Israel parecían desmentir, una vez más, el pronóstico de los medios internacionales -más bien el deseo convertido en pronóstico- de una derrota del primer ministro Benjamín Netanyahu. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que tenga garantizada la permanencia al frente del Gobierno. Ahora viene la fase clave en esta «democracia poselectoral» que es Israel: la de las negociaciones bajo la mesa para formar Gobierno.

Los resultados de la derecha en conjunto hacen que Netanyahu parta en muy buena posición, pero la política de alianzas, que sería fácilmente previsible en otros países, no lo es tanto allí, donde los gobiernos suelen ser muy heterogéneos, y la ideología es una mala guía para orientarse. La clave está en el reparto de carteras sensibles. En estas elecciones, por ejemplo, todo gira en torno a la de Defensa y la de Finanzas. Hay dos líderes de partidos de extrema derecha que quieren dirigir el Ejército: el moldavo naturalizado israelí Avigdor Lieberman (Israel es Nuestra Casa) y el israelí de origen norteamericano Naftali Bennett (Hogar Judío). Netanyahu tiene el problema de que elegir a uno puede suponer que el otro vaya a ofrecer sus escaños a la coalición laborista. Los laboristas se enfrentarían a un dilema similar con el Ministerio de Finanzas. Para asegurarse el apoyo del centrista Yesh Atid tendrían que ofrecerle el puesto a su líder Yair Lapid, pero esto puede privarles de los votos de Kulanu, un partido de derecha cuyo líder, Moshé Kahlon, también ambiciona esa cartera. Netanyahu puede ofrecérsela más fácilmente porque no se la ha prometido a nadie.

Por supuesto, esto supone el fin de cualquier esperanza de una negociación de paz con los palestinos, pero esa esperanza era vana en todo caso. Lo significativo no es que Netanyahu proclamase, en el último tramo de la campaña, que no aceptaría nunca un Estado palestino. Lo significativo es que sabía que eso le daría muchos votos, y de hecho así ha sido. Los laboristas también lo saben, y de hecho no han mencionado el asunto en toda la campaña por miedo a los electores. Si gobernasen, su buena relación con Washington les obligaría a volver a poner en marcha la retórica de la paz, pero nada más: no harían, pero dirían que quieren hacer. Esa sería la única diferencia.

Un último aspecto es que, quien quiera que gobierne, va a necesitar embarcar en su coalición a los partidos religiosos fundamentalistas. Esa es la razón de que Tzipi Livni, la compañera de coalición de los laboristas, renunciase repentinamente a turnarse en la Jefatura de Gobierno con el líder laborista Isaac Herzog. Livni, de derecha pero laica, fue una de las ministras que encabezó en el anterior Gobierno una serie de iniciativas para limitar el creciente poder de los rabinos en la sociedad israelí. Su renuncia supone un reconocimiento de que ahora les necesitan. Entren en el Gobierno con los laboristas o, más probablemente, con Netanyahu, los religiosos exigirán sin duda que reviertan aquellas tímidas leyes laicas. Como sucede con el asunto de la paz, la realidad social se impone.

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