Escocia, rehén del independentismo

El pequeño territorio británico confía su economía a los ingresos por el petróleo del Mar del norte. La creación de una nueva moneda podrá acarrearle una década de atraso


La construcción de una nación obliga a entrelazar un sinfín de piezas, unir fuertes eslabones de cadena. El corsé institucional británico, al evanescerse, no puede mostrar la desnudez de un cuerpo social ambicioso y mucho menos permitir que los nuevos focos señalicen las vergüenzas que toda sociedad tiene por el simple hecho de existir. El ciudadano escocés, en caso de encontrarse con un nuevo Estado, exigirá una nuevo contrato social, unas nuevas cadenas que sean unión y no reclusión, reclamará que la nueva Escocia se construya sin eslabones débiles ¿Y es esto posible?

Los puntos de ruptura se encuentran focalizados en tres áreas: Las funciones del Estado, la estructura económica y la moneda.

Sobre el primero de ellos, el papel del nuevo Estado, la sociedad se preguntará si ahondará en la economía del bienestar o, como Inglaterra, se volcará en un modelo liberal. Preguntas cruciales, pero de ellas ha de salir el nuevo modelo fiscal, y todo indica que si actúan como alma melancólica y dejan inalterado su marco impositivo, entrarán en la autopista del déficit público. Y lo harán con tanta velocidad que los radares no serán capaces de detectarla y, nadie, salvo su propia realidad, les dirá cuándo parar. Y esta, cuando habla suele ser tarde. Actualmente, tiene descuadrado su presupuesto en un 8,3?% del PIB; es decir, no tienen recorrido. Si renunciasen a la estabilidad presupuestaria, las agencias de rating hundirían la calidad de su deuda, elevando el coste de financiación de su sector público, provocando, como primer efecto colateral, un ajuste presupuestario indeseado. Ante este argumento, alguien podrá replicar que un presupuesto cien por cien escocés sería diferente. Defenderían que los ingresos del petróleo del Norte les convertiría en una nueva Noruega, y con ellos podrían enjuagar estas cuentas y otras más importantes. Y lo cierto es que tienen algo de razón, pero se les olvida que para que sus aguas se conviertan en una gran caja registradora necesitan dos cosas: que el barril de petróleo se coloque en unos precios superiores a los actuales e incrementar drásticamente la inversión en extracción.

Esto último, además, es preocupante porque lleva varios años a la baja y si no se extrae no se ingresa. Desde el 2011 hasta la actualidad, los ingresos petroleros han caído, para Escocia, en un 41,5% y gran parte de estos malos resultados descansan en la apatía inversora de las compañías del Mar del Norte. Los defensores de la Escocia petrolera parecen ignorar que los nuevos sistemas de extracción aplicados por los EE.UU., llamado fracking, han eliminado la dependencia energética del coloso americano, y esto, obviamente, ha alterado el mapa energético mundial. Observe que la actual inestabilidad de Oriente Medio, con cuatro lunáticos y cincuenta mil yihadistas a sus espaldas, queriendo crear un califato, no están alterando significativamente los precios mundiales. Los nuestros sí, pero en España crecen con el simple revoloteo de una mariposa.

El nuevo Estado nacería con la necesidad de reajustar a la baja su gasto público. Pero los defensores de la independencia advierten que harán lo contrario, por tanto es fácil deducir que tendrán problemas de financiación pública, y esta enfermedad suele derivar en otra, muy conocida por nosotros, la elevación de la prima de riesgo y la caída del valor de la moneda local. Y ahora sí que entramos en un problema de difícil solución. De ninguna manera Escocia puede permitirse que su moneda sea observada con desprecio por los mercados internacionales. Estamos ante el gran eslabón débil de la cadena de la independencia. Lo que nunca quieren abordar los ideólogos del nacionalismo: la moneda.

Crear un nuevo Estado y hacerlo sin coste evidente para los ciudadanos, obliga a arrancar con las arcas del Tesoro Público cargadas de divisas, en este caso, de libras esterlinas, o bien, tutelado por otro, Inglaterra. Lo de cojo la maleta y rompo con nuestro matrimonio y si te he visto no me acuerdo de tí, por decirlo de un modo coloquial, está bien para las riñas de pareja que se lo puedan permitir, pero aplicado a una nación desarrollada como Escocia, les traerá, como mínimo, una década de atraso ¿Querrán pagar ese precio los escoceses? ¿Son conscientes de los costes de la intendencia? En las leyes económicas, a diferencia de las redactadas por los ciudadanos, no existe derecho al recurso. Se aplican y punto.

Recurrir a la tutela monetaria  de Inglaterra puede parecer humillante, y quizás lo sea, pero la lógica económica no muestra otros caminos. De todos modos, no se preocupe, nunca lo verá, ni Escocia lo solicitará, ni Inglaterra, tal y como ha manifestado el Banco de Inglaterra, les prestará tal apoyo. Por ello, el camino solo les conduce, otra vez más, a una reducción del papel del sector público. Las carcajadas de los conservadores se oirían en Finisterre.

¿Y si no lo hacen? El problema es simple, las deudas de los escoceses están en libras esterlinas pero los ingresos de los ciudadanos escoceses pasaran a hacerse en otra moneda, digamos la «libra escocesa». Si las arcas públicas no están lo suficientemente saneadas, la nueva Libra se hundirá frente a la Esterlina. Y cada vez que lo haga, el escocés se verá obligado a ganar más «escocesas» para pagar las «esterlinas». Bajo este escenario, es de sota, caballo y rey, que la opinión pública mostrará su malestar y por tanto, el mantenimiento del valor de la moneda pasará a ser el objetivo prioritario de la nueva administración. El nuevo gobierno se verá obligado a realizar ajustes del gasto público para mejorar su imagen ante los mercados financieros ¿Se lo permitirán los agentes sociales? Complejo para una sociedad que si alcanza la independencia lo hace por la mínima. Cualquier contratiempo, y resurgirían los movimientos unionistas.

Siempre se puede argumentar que hay otros escenarios, como el utilizado por Panamá, Salvador o Ecuador y Argentina en el pasado ¿Y qué han hecho estos países? Anclar su moneda frente al dólar. Es decir, Escocia podría seguir esa estela y fijar la «escocesa» a su moneda de referencia, en este caso la esterlina. Bien, pero no dejaría de ser curioso que la nueva Escocia, en vez de emular el modelo noruego (país nórdico, pequeño y con grandes reservar de petróleo), tuviese que mandar a sus técnicos a conocer las lecciones aprendidas de El Salvador ¿Y cuáles serían estas? Esencialmente fuerte disciplina fiscal y vinculación del gasto público a la balanza de pagos, es decir, si el país exporta al área económica de la moneda a la que se ha anclado, y le entra divisa, entonces puede expandir su gasto y si no, ha de contenerse. Esto sería otra paradoja, difícil imaginarse que al día siguiente de independizarse una legión de comerciales escoceses caminan hacia Inglaterra buscando nuevos clientes. Lógicamente, este razonamiento también es debatible ¿Y por qué ha de anclarse a la libra esterlina? ¡Qué se vincule al euro! Fácil respuesta y como no, a la gallega ¿En qué moneda están las deudas de los escoceses? Pues eso. Posiblemente esta respuesta agrade a un indenpendista español, pues el principal problema que tendría Escocia, el anclaje de su moneda, aquí quedaría ligeramente mitigado. El debate sobre independencia sí o no es claramente interesante; y no deja de tener cierta similitud a una discusión familiar sobre la oportunidad de adquirir tal o cual bien. Antes de que empecemos a ver catálogos y alternativas es bueno saber si uno se lo puede pagar. Un proceso independentista requiere una variable flujo y otra stock. La variable flujo sería un tejido económico capaz de generar, a través de un sistema fiscal eficiente, excedentes presupuestarios recurrentes. La variable stock, sería un volumen francamente elevado de reservas, de tal modo que nadie dudase de la solvencia de la nueva divisa. Con estos dos aspectos debajo del brazo, superávit presupuestario y volumen de reservas, el nuevo gobierno escocés estaría en condiciones de poder asegurarle a sus ciudadanos que el futuro podría ser igual o mejor que su pasado. Es una lástima que Escocia, hoy por hoy, carezca tanto de la una como de la otra.

El golpe al negocio financiero británico sería de 45.000 millones de dólares en pérdidas

Venancio Salcines es presidente de la Escuela de Finanzas. Correo: vsalcines@escueladefinanzas

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