En los acuerdos entre enemigos pasa lo mismo que con los desacuerdos: suele haber vencedores y vencidos.
En el caso del entendimiento provisional firmado en la madrugada de ayer sobre el programa nuclear iraní, sin embargo, no es tan fácil designarlos a simple vista. Irán ha aceptado limitaciones considerables para sus actividades de enriquecimiento de uranio, limitaciones que harán prácticamente imposible que pueda fabricar un arma atómica. Pero esto solo puede considerarse una derrota si se acepta la premisa, siempre dudosa y ahora aún más, de que Irán pretendía realmente fabricar esa arma. Si lo que quería, como dicen sus líderes, era lograr que se reconociese su derecho a enriquecer uranio dentro de los límites del Tratado de No Proliferación (TNP), entonces su estrategia ha sido un éxito, porque ese derecho ha quedado recogido en el acuerdo, aunque sea implícitamente.
Ese era, como indicábamos ayer, el punto clave, y no los porcentajes de enriquecimiento o el destino de la central nuclear de Arak, en los que Irán, significativamente, ha cedido más incluso de lo que se esperaba.
Estados Unidos tiene también motivos para felicitarse. Puede presentar el acuerdo como fruto de sus sanciones. Se ha liberado, por una vez, de las presiones de sus asfixiantes aliados de la zona, Arabia Saudí e Israel. Pero, sobre todo, este acuerdo abre el camino a una coexistencia con Irán. Como sucedió con la URSS, este puede no ser un plato de gusto, pero supone un ejercicio de realismo que proporcionará estabilidad a una zona peligrosamente caldeada. El Nobel de la Paz que Obama guarda, presumiblemente, en su despacho, empieza a tener sentido.
Ahora, como si se tratara de un becario, el acuerdo estará a prueba durante un período de seis meses. ¿Los superará? Cabe esperar fuertes presiones en el Capitolio. En Teherán también, aunque en menor medida dada la falta de libertad para expresar descontento.
Pero, el deseo de estabilidad en los mercados y las cancillerías es muy fuerte, y tiene más probabilidades de prevalecer.