Natalia sufrió un cáncer de colon con 43 años: «La bolsa de ostomía me va acompañar hasta el día que me muera»

ENFERMEDADES

Natalia posa en la sede de la Asociación Española contra el Cáncer de Ferrol.
Natalia posa en la sede de la Asociación Española contra el Cáncer de Ferrol. JOSE PARDO

Después de un largo peregrinaje para conseguir un diagnóstico, cuenta su historia para concienciar sobre la importancia del cribado y los posibles efectos adversos que puede llegar a tener un tumor de este tipo

31 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Natalia Rico Romalde tiene 52 años y es paciente oncológica desde el 2017, «que fue cuando se detectó mi cáncer de colon». El proceso para llegar a ese diagnóstico no fue sencillo. Un año de diferentes consultas, pruebas e hipótesis. «Fue horroroso porque con 43 años, no estaba en el rango de edad de un tumor de este tipo». El cribado, una herramienta fundamental en el diagnóstico precoz, está dirigido a población a partir de 50 años. Pero su «cabezonería» consiguió una ansiada colonoscopia, «después de que muchos especialistas no fuesen capaces de decirme qué me pasaba». A día de hoy está curada, en revisiones anuales, «con una consecuencia física que me acompañará el resto de mi vida, que es que estoy ostomizada; la bolsa es uno de los peajes que he pagado para curarme y seguir viviendo», cuenta. 

«Mis síntomas eran unos cólicos intestinales horrorosos con las comidas. Unas diarreas explosivas meteoríticas, sangrados anales y pérdida de peso. Yo, que a día de hoy soy una mujerona, me quedé en 40 kilos. Eso era lo que pesaba el día que entré en quirófano», describe la ferrolana. Se sumaba la debilidad. «Porque una cosa lleva a la otra. No quieres ingerir comida porque sabes lo que conlleva. Un cansancio absoluto», lamenta. Pasó por múltiples diagnósticos: «Que si alergias, que si intolerancias, que si enfermedad de Crohn, colon irritable... Me hacían pruebas que no me servían para nada. Porque a mí no me podía estar haciendo daño lo que yo comía porque ni siquiera podía hacerlo. La idea de comer para después tener que pasar por el baño era algo que me daba tanto miedo que ni comía directamente». Con todo, Natalia es consciente de que el retraso diagnóstico se dio «porque yo me encontraba en una situación en la que nada les hacía pensar que yo podía ser población diana: ni la edad, ni antecedentes familiares, ni nada. Creo que por eso les costó tanto». 

La confirmación

El cáncer colorrectal será el tipo de cáncer más diagnosticado a lo largo del 2026 en España, con más de 44.000 nuevos casos. De estos, según indican desde la Fundación Española del Aparato Digestivo (FEAD), 30.000 corresponderán al de colon y cerca de 14.000, de recto. En nuestro país existe un programa de cribado dirigido tanto a hombres como mujeres de entre 50 y 70 años que tiene por objetivo detectar la enfermedad en fases iniciales. El proceso empieza con un test de sangre oculta en heces con el que se puede identificar cantidades de sangre que no son detectables a simple vista. 

El diagnóstico llegó en mayo del 2017. «A mí la palabra cáncer me vino muy grande, pero mi primera reacción fue: "Por fin sé lo que tengo para poder enfrentarme a ello". Nunca tuve miedo a morirme ni a la enfermedad». Sí reconoce que lo tuvo para contárselo a su familia. «A mis hijos, sobre todo, que en ese momento eran adolescentes. Y a mi madre, que era mayor. Eso me costó mucho a nivel psicológico. Fue muy duro. Pero en sí, el diagnóstico, aunque va a sonar muy fuerte lo que voy a decir, me alivió en el sentido de que no me estaba volviendo loca. Realmente me estaba pasando algo y, aunque era grave, podíamos enfrentarnos a él. Lo recibí casi con alivio». 

Su tumor estaba en la parte final del recto, muy próxima al ano. «No es que asomase, pero prácticamente». Por eso, cuando le llevaron a cabo la cirugía para limpiar el tumor en octubre de ese año, después de varias sesiones de quimioterapia y radioterapia, «también que tuvieron que extirparme el esfínter y clausurarme el ano. Para que pudiese seguir teniendo un proceso digestivo normal, me colocaron una bolsa (ostomía) para dar salida a mis deposiciones». 

En esa intervención quirúrgica le sacan todo el tumor. Solo recibe una radio coadyuvante para «acabar de rematar la faena». Pero en poco tiempo, Natalia ya no tenía nada de cáncer en su cuerpo. «A partir de ahí necesité recuperación física, que fue muy lenta, por la adaptación a la ostomía. Sigues con tratamiento para que esto no vuelva a ocurrir y para acabar de recuperarte. Pero en seis meses estaba todo listo, cuando el periplo hasta llegar ahí había sido horroroso», explica. 

La bolsa 

En su caso, la bolsa de ostomía es permanente. «Me va a acompañar hasta el día que me muera. Hay otros pacientes que la tienen de forma provisional durante el período en el que están recuperándose y cuando ya están físicamente bien, pueden reconectarse y dejar de estar ostomizados. Por eso depende un poco de los pacientes: unos la tienen, otros de forma temporal, otros ni siquiera la necesitan», detalla. 

Admite que el proceso de adaptación fue complicado. «Puedo asegurar que había oído hablar de ello, pero no sabía lo que era realmente una ostomización. No lo aceptaba. Físicamente es horroroso enfrentarte a esa primera imagen tuya en el espejo con ese agujero ahí al lado de tu ombligo. Cuesta aceptar la imagen personal». Aparecieron miedos. «También a nivel psicológico. Estás hablando con una persona, teniendo deposiciones, y te planteas: ¿lo notará?, ¿olerá mal?, ¿se romperá la bolsa? Son muchas cosas, y al principio fue horrible». Por suerte, el tiempo los ha ido difuminando. «Poco a poco vas controlando la situación y asumiendo que la bolsa te ha salvado la vida y empiezas a agradecerlo. Y aprendes de otros ostomizados, de los médicos y especialistas, porque tenemos enfermeros y enfermeras que nos ayudan y mandan indicaciones. Al final, lo normalizas». 

Comenta que no ha dejado de hacer cosas por estar ostomizada. «No me avergüenzo, ya no tengo pudor con ese tema y no me importa. Por ejemplo, cualquier persona se tira un pedo y lo intenta disimular. Yo es que como no puedo evitarlo de ninguna de las maneras, si me tiro uno y no lo escuchas, me quedo tan tranquila. Y si lo oyes, pues es que no puedo evitarlo. Alguna vez, incluso hago chascarrillos. Por lo menos los míos tienen un filtro de carbono que los del resto no tienen», dice entre risas.

Echa de menos una mayor visibilización de las ostomías. «¿Cuántos famosos se conocen que tengan una o hayan llevado una? Cuando estamos hablando del cáncer más diagnosticado en nuestro país si se suman los dos sexos. Me da coraje, la verdad. Y yo, al principio, me avergoncé. Pero ahora he aceptado que me permite seguir viviendo. ¿De qué me serviría seguir cabreada con la bolsa y con el mundo?». 

De hecho, Natalia se vuelca en dar información a otros pacientes como ella en la Asociación Española Contra el Cáncer (Aecc). Concretamente, en su sede de Ferrol. «Porque sé lo que ofrece a enfermos y familias y es fundamental para salir adelante en esas situaciones. Estar en el voluntariado me ha ayudado mucho a saber llegar a esas personas y decirles que no tienen que estar solos». Ella llegó a la asociación durante su proceso de recuperación «para ponerme en contacto con la psicooncóloga, porque a mí me estaba costando gestionar las reacciones de mis hijos». 

La recuperación

Las revisiones se mantuvieron en el tiempo. «Al principio cada tres meses, cada seis y ahora ya de forma anual», dice. En ellas, una batería de pruebas: radiografías, analíticas con marcadores tumores y colonoscopias si son necesarias. «Desde entonces, me han vuelto a quitar pólipos en las colonoscopias. Pero se saca y ya está. Si no lo hacen, es cuando se puede desarrollar cáncer».  

Su estilo de vida ha cambiado. Natalia confiesa que tenía «muchos puntos a favor» para padecer un cáncer de estas características. «Yo tenía unos hábitos poco saludables. Había padecido obesidad mórbida. De hecho, a los 40, me había sometido a una cirugía bariátrica, una reducción de estómago para perder peso. Que por cierto, también me salvó la vida, porque el propio cirujano me dice que si no hubiese perdido peso no me podrían salvar». Además, era fumadora, «tenía unas costumbres alimenticias penosas y el sedentarismo lo inventé yo», detalla, recurriendo de nuevo al humor. «El cáncer me hizo poner los pies en el suelo y valorar las cosas pequeñas, a priorizar. Me ha enseñado muchas cosas». 

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.