Primero le reprochó haber decretado una retirada prematura de la política de estímulos acordada en el G-20 para hacer frente a los embates iniciales de la crisis. Luego, consideró demasiado drásticos los plazos que impuso para recortar los déficits públicos. Por último, intentó fijar límites a superávits desorbitados como el que acumula, por entender que alimentan aún más los desequilibrios mundiales.
EE.UU. no ha desaprovechado la ocasión de poner a Alemania ante las consecuencias de una política económica que considera desacertada a escala global y, con toda seguridad, volverá a hacerlo hoy, en una cita que puede acabar convertida en una encerrona para Berlín. Hay más cosas en juego que una foto nostálgica de familia.
Dos años después de haber sido descubiertas, tras no pocas cumbres hasta el amanecer y no menos paquetes de salvamento que parecían el remedio definitivo, las deudas de un pequeño país mediterráneo se han convertido en el trombo que obtura las arterias de toda la eurozona y amenaza la viabilidad inmediata de un puñado de países como Portugal, Irlanda, España o Italia. Con una particularidad sobre el punto al que se llegó. Pese a todas las seguridades que transmiten los portavoces de Bruselas y Berlín sobre los efectos limitados que tendría la salida de Grecia de la eurozona, los mercados temen, y un número creciente de análisis indican, que las consecuencias serían devastadoras y ya no se limitarían a los socios que comparten la moneda única, sino que tendrían alcance global.
Está bien, no tengamos en cuenta a los alarmistas que sostienen que el mundo podría retroceder a un momento de inseguridad como el que vivió tras la caída de Lehman Brothers. Incluso los más cautos dan por descontado que, si los acontecimientos se siguen descontrolando en Europa, el débil crecimiento que logró EE.UU. los últimos meses entrará en zona de peligro. Y esto son palabras mayores al otro lado del Atlántico ya que supondría pulverizar las posibilidades de reelección de su actual presidente.
Es lo que convierte la reunión de un club de potencias industriales en declive, que seguramente ya han perdido mucha de su antigua capacidad de influir, en una cumbre inusitadamente importante. Hasta ahora Alemania se ha resistido a dejarse arrastrar por EE.UU., pero esta vez Washington no está solo. Cuenta con un aliado dentro de la UE, que suscribe en esencia sus recetas para salir del atolladero, y puede tener el concurso de Japón, para cuya recuperación es fundamental la estabilidad de Europa. ¿Querrá Merkel salir de Camp David más aislada de lo que ya está?