La disputada jornada electoral no alteró la vida en la capital, aunque se palpaba en el ambiente que no era un día cualquiera
07 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Si alguien esperaba que las elecciones más disputadas de los últimos 30 años alterasen el pulso de Londres se equivocaba, aunque había signos de que no era un día cualquiera. En la puerta principal de la estación Victoria, la extraña primera página de un periódico tapa la cara de un hombre mayor. The D-day , el día D, rezaba la portada del The Daily Telegraph . La D de David Cameron, para quien el torygraph , como conocen sus detractores al diario, pide el voto.
Quitando ese tipo de detalles, nada especial. En la plaza del Parlamento, rodeada de estatuas de los grandes primeros ministros británicos, entre Westminster y el Big Ben, sigue la habitual acampada contra la guerra. Entre las tiendas y las pancartas anticapitalistas los hippies hacen malabarismos, un tipo en traje regional baila una danza típica irlandesa y un viejo activista se desgañita culpando a los parlamentarios de las bajas en Afganistán. Nada nuevo bajo el sol. Bueno sí, el hombre negro que grita que los freemasons , los masones libres, son los culpables de la contienda, sí es nuevo.
Entre el Parlamento y la plaza de Trafalgar está la avenida de Whitehall, el corazón del Gobierno británico, el paraíso de los turistas. Allí hay más signos de que es un día especial. Hay coches de policía en todas partes, parados en las esquinas o corriendo calle arriba calle abajo. Entre tanto turista, buscar posibles votantes es ridículo, como ejemplo: Vincent Taylor y Anne Braüer.
-¿Perdone, ¿han decidido su voto?
-(Vincent) No puedo votar, soy ciudadano de Nigeria, pero ojalá gane Clegg.
-¿Y usted?
-(Anne) Es que soy de Alemania y tampoco voto, pero ojalá gane Clegg.
Calle arriba un iraní, dos mujeres rusas tatuadas y un irlandés (con lo parecidos que son...) responden más o menos lo mismo, aunque el primero prefiere a Brown, y las rusas a Cameron. En la mitad de la avenida, los turistas hacen fotos furiosamente de una calle perpendicular.
Es Downing Street, o más bien un fortín. La calle está separada de Whitehall por enormes verjas negras. Dos policías con chalecos antibalas y más tatuados que las rusas evitan que se cuelen curiosos. Entre los barrotes se distingue otro control de seguridad, con policías equipados con subfusiles, y una nubecilla de cámaras, focos y aburrimiento... Los periodistas apostados frente al número 10.
Reparto del gratuito
Cerca de las 16.00 horas comienza el reparto del gratuito London Evening Standard . El vespertino es el único realmente de Londres. Su última edición no ofrece ni una pista sobre quién será el nuevo inquilino de la famosa casa de la calle-bunker. Abre con una espectacular foto de Nigel Farage, candidato del partido conservador UKIP, ensangrentado pero consciente entre los restos de su avión.
La imagen no parece impactar demasiado a nadie, y mucho menos a los turistas, que se entretienen, pese al cartel que advierte de que muerden y cocean, sobando y arrimando a su hijos a los enormes caballos de los Household Guards. Allí, al fin, pasadas la seis de la tarde, al fin, un inglés que no es policía. Lyndon Barrister, trajeado y de unos 50 años, acaba de salir de su trabajo en la City y tiene claro que va a ir a votar, pero no ha decidido a quién. «Decidiré en el momento y será a uno de los dos grandes, tories o laboristas. Como a la mayoría de los ingleses -explica-, no me van los experimentos». ¿Malas noticias para Clegg?