Pese a las tensiones entre las jerarquías de la Iglesia y el vuduismo, sus miembros comparten una misma fe sobre el renacimiento de la isla tras el terremoto
26 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Un trayecto de una hora en motocicleta por Puerto Príncipe basta para comprobar que Dios está muy presente para los haitianos, aunque la tierra tiemble, o quizás por ello más, y las casas estén caídas, el ánimo por los suelos, los familiares en fosas comunes (o sin enterrar) y todo por hacer de nuevo.
Se comprueba en las iglesias católicas que quedan en pie, abarrotadas en domingo y muy visitadas por semana. También se ve a cada paso en la calle, en la curiosa cartelería local. «Hijos de Dios», «Quien vea, vivirá», «Don divino» o «Todo por Dios» coronan los frentes de los tap tap , los camiones disfrazados de autobuses que transportan a los habitantes de Puerto Príncipe. Y también en la nomenclatura del lugar adonde llega la moto tras una hora de camino: Mariani.
Quien recibe la visita no tiene sotana larga ni el verbo encendido de un pastor evangélico. Aunque se hace llamar, para hacerse entender, Papa. En realidad se trata de un hombre llamado Max Beauvoir, que ostenta el cargo de Ati o suprema autoridad del vudú, la manifestación religiosa que sincretiza creencias africanas con otras de los pobladores originarios de Haití y que parece oculta tras todos esos carteles e iglesias, pero que está presente como ninguna otra religión en Haití.
Según Beauvoir, un 70% de los haitianos siguen de una u otra manera el vudú, por más que oficialmente un 80% de los habitantes son católicos y el resto protestantes: una cosa no excluye a la otra. Unidos por la base, no parecen tan emparentadas las jerarquías. Si las religiones se conjugan por abajo, las altas instancias separan las aguas.
En 1806, dos años después de la independencia de Haití, fue asesinado el prócer, Jean Jacques Dessalines, y desde entonces comenzó una secuencia interminable de calamidades para el país caribeño: empezó el fin del país al poco de nacer. Eso lo afirma convencido Beauvoir, rodeado de la parafernalia de su culto en su casa de Mariani.
«El vudú y su gente fue capaz de expulsar a los franceses a partir de una ceremonia, en 1791, pero los cristianos lo estropearon cuando llegaron al poder tras la muerte de Dessalines. Y así hasta hoy». Hoy. Cerca de 150.000 muertos, oficialmente, sin contar los que siguen pudriéndose bajo escombros, los de fuera de Puerto Príncipe y los principales núcleos del sudoeste haitiano y una población necesitada que espera asistencia de primera mano. Ese es el cuadro de situación que sufre, sobre todo, la masa devota del vudú, que según su líder es discriminada: «Lo que ocurre es muy feo. Los vuduistas no hemos recibido ni un grano de arroz ni una botella de agua. Solo vemos los aviones que pasan sobre nuestras casas. Yo agradezco las manos extranjeras que vienen a ayudar, pero solo atienden a los cristianos».
Responden los católicos. En la zona alta de la ciudad, la iglesia de la Alte Grace tiene un vicario joven y expresivo llamado Fernand Pierre que tira de manual para explicar qué pasa con la religión en el país caribeño: «Permítame decirle que aquí se habla de Haití como el país del vudú, pero el catolicismo está muy por encima de todo eso», asevera. «Siempre ha habido terremotos y desastres y no por eso vamos a dejar de confiar en el Todopoderoso. Debemos confiar en Dios. Nosotros tenemos nuestra responsabilidad en la Tierra, pero el Señor nos guía, y sabemos que la fe mueve montañas».
Punto de encuentro
Desde la muerte de Dessalines, que había expulsado a religiosos franceses y separado Iglesia de Estado, y después de un desencuentro de cuarenta años con el Vaticano, el catolicismo se convirtió en el culto mayoritario del país. Al menos aparentemente. Porque no hay gobernante en Haití que dé un paso sin consultar a las autoridades del vudú, como ocurrió estos días, cuando René Preval se reunió con Beauvoir, dos días después del terremoto, para coordinar una situación que por lo que se ve se fue de las manos.
Aún encima, tras el seísmo, los católicos se quedaron sin sus símbolos (se derrumbó la catedral y falleció el arzobispo de Puerto Príncipe) y eso también es motivo de pulla para el Ati, que deja caer frases inquietantes. Dispara Beauvoir: «No he recibido reporte de ningún hougan (sacerdote de vudú) que haya muerto en el terremoto. Mire a ver qué les queda a los católicos, a ver qué han hecho mal para que les haya pasado tanta desgracia».
Pero hay un punto de encuentro en unos y otros. «Esto es terrible, pero nada termina aquí, vamos a sacar esto adelante», dice Pierre. «Haití vivirá. De lo que tenemos que darnos cuenta es de que hay que cambiar para ser una verdadera nación donde quepamos todos», repite Beauvoir. Será la única manera de hacer encontrar dos líneas paralelas en la historia y el presente. Tan rotos la una como el otro.