«I love americans» es lo único que el haitiano sabe decir en inglés. Ante la mirada sorprendida y divertida del soldado estadounidense que guarda la puerta principal del Hospital General de Puerto Príncipe, el hombre de mediana edad se acerca a estrecharle la mano con una amplia sonrisa. El militar responde al gesto y suspira aliviado. Cuando inició la guardia por la mañana el recibimiento no había sido tan alegre, reconoce.
El hospital había pedido refuerzos porque la gente quería entrar a unas instalaciones que no dan abasto con los heridos. «Necesitamos a las tropas para que controlen a las masas», explica el médico Jean Louis Dupiton. «No sufrimos pillaje, pero miles de personas intentaban entrar en busca de comida y agua. No podíamos atender a los heridos».
Una brigada de 80 norteamericanos llegó para poner orden y asegurarse de que solo ingresaran los heridos. Algo que los que están desesperados por encontrar comida o agua no comprendieron y creó tensiones, cuenta el soldado. Pero desde que se arregló el malentendido, todo han sido sonrisas. «Nos sentimos bienvenidos. Había niños que seguían nuestra patrulla a todas partes», asevera el teniente Ryan Smedile, a cargo de la vigilancia.
«Han venido a ayudarme»
A pesar de las críticas de varios centenares de personas, que se sintieron invadidos al ver los helicópteros en el palacio presidencial, otros muchos haitianos llevaban días esperando con ansia su despliegue. «No tengo motivo para criticarlos, porque han venido a ayudarme. Eso es bueno, es un buen gesto», cuenta el joven Antenor Peterson.
A su lado, varios hombres proclaman que están contentos, mientras otro joven se acerca a preguntar «qué hay que hacer para alistarse».
Con una ciudad reducida a escombros, un número incontable de muertos y heridos, una ayuda internacional que no acaba de llegar a los cientos de miles que acampan en los parques y, sobre todo, el incremento de una de por sí ya elevada violencia, muchos suspiran aliviados desde que se ven patrullas y helicópteros sobrevolando la ciudad.
«Me alegra que hayan llegado. Van a ayudar a la gente y a estabilizar la situación. El Gobierno no puede hacer nada. Los haitianos necesitan a los estadounidenses», opina Cadet Luxon, un profesor de inglés.
El apoyo a su presencia llega desde los lugares más inesperados. «Son la última esperanza», sostiene Wawa, uno de los líderes del submundo en el suburbio de Aviation. Su «zona» lleva días sufriendo un incremento de la violencia, en parte porque el seísmo destruyó una cárcel que encerraba a líderes de las bandas más peligrosas.
«Creo que los marines van a desactivar las bandas», confía Wawa. «Los haitianos tienen miedo de los estadounidenses. Saben que no se andan con jueguecitos», dice el profesor Luxon, mientras se ajusta en su cabeza la flamante gorra militar de Estados Unidos que ha conseguido.