La renuncia al sistema antimisiles es a la vez un gesto a Rusia, un mensaje a Europa y un paso más en el desmantelamiento de la herencia de George W. Bush
18 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La renuncia al escudo antimisiles es, antes que nada, un gesto a Rusia, con la que Estados Unidos negocia una reducción de sus arsenales nucleares y que había hecho del abandono una cuestión sine qua non para cerrar acuerdos en la materia. Moscú nunca creyó que el objetivo del escudo fuera defender a Europa de los ataques de Irán o Corea del Norte. Antes bien, vio en su establecimiento una amenaza directa, ya que la proximidad de las instalaciones a su territorio dotaba a EE.?UU. de ventaja en caso de confrontación.
La medida tendrá influencia en Europa. La más inmediata se refiere a países del Este como Polonia o la República Checa, fieles aliados de Washington hasta el momento, y cuyas élites no solo no olvidaron antiguas agresiones del vecino eslavo, sino que las han convertido en poderoso motor electoral y eje de sus políticas exteriores: se sentirán desairados. Pero hay también un mensaje al conjunto de la UE que, con la excepción del Reino Unido y Francia, ha excluido de sus prioridades la defensa, confiada en la protección del amigo americano. La decisión deja a la Unión más expuesta y obligada a recapacitar sobre su dependencia militar de Washington.
Aunque supone un paso más en el desmantelamiento de la herencia de Bush (no se puede olvidar que el escudo emanaba de la doctrina ideada por Rumsfeld para afianzar el unilateralismo de EE.?UU.), el cambio de estrategia norteamericano no parece una medida ideológica, sino pragmática. El mantenimiento se había vuelto disfuncional en el plano político, en el financiero, pero también en el militar.
En el plano político, las bases de Polonia y la República Checa desmentían el mensaje lanzado por Obama, quien no hace mucho apostó, precisamente en Praga, por un mundo libre de armas nucleares. Desde el punto de vista económico, su implantación supondría inversiones onerosísimas para un país obligado a reducir su déficit si no quiere verse condenado a una inflación galopante en cuanto salga de la recesión.
Es difícil, sin embargo, que estas razones prevaleciesen si hubiesen acarreado un apreciable retroceso militar. Pese a toda la retórica republicana, que ve en él una rendición, el giro estaba más que descontado.
La doctrina estratégica de Bush, de la que el escudo es hijo, no soportó el choque con la realidad de las guerras de Irak y Afganistán, que obligaron al Pentágono a revisar el tipo de enemigos y la naturaleza de las amenazas a las que se enfrenta. Fruto de ella es el ascenso de una escuela, que lideran generales como Petraeus y su colaborador en Afganistán, McChrystal, especialistas en contrainsurgencia, que presiona para adaptar las prioridades operativas y de gasto a los conflictos reales y no a los probables.
Por esta razón, el escudo se ha caído de la agenda. Está diseñado para interceptar misiles intercontinentales, un arma que solo poseen los países con poder de veto en la ONU. Los que tiene Irán, de menor alcance, se pueden neutralizar sin que cueste tanto.