El infierno llegó antes al sur del sur

Isabel Pérez-Pol

INTERNACIONAL

El desastre de Australia equivalió a 500 bombas de Hiroshima simultáneas: las llamas alcanzaban los 50 metros de alto y la vegetación se encendía a un kilómetro del foco

22 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Los cielos del estado de Victoria siguen bajo la neblina cenicienta del ya conocido como Black Saturday o Sábado negro en el que incontables incendios, se presume que intencionados, han segado la vida de al menos 208 personas al arrasar por completo más de 400.000 hectáreas en menos de dos horas. Y no solo los cielos. En los alrededores de Melbourne el aire aún huele a quemado y la ciudad del Yarra se estremece ante cualquier cambio del viento.

Los innumerables voluntarios y los cientos de bomberos continúan sofocando las llamas de los fuegos que permanecen vivos a lo largo de las 368.765 hectáreas que discurren entre las poblaciones de Bendigo, Churchill, Whittlesea y Murrundini; prácticamente todo el sur del estado de Victoria. La devastación en algunos puntos ha sido tal, y los testimonios de los supervivientes tan desgarradores, que la palabra infierno ha dejado de ser metafórica.

Poblaciones como Kinglake y Marysville (de unos 500 habitantes) han desaparecido por completo bajo lo que la mayoría de los supervivientes describen como «un muro de fuego» que se precipitó sobre calles, casas, colegios e iglesias a más de 70 km/h. Muchos de los muertos no tuvieron opción. Cuando fueron conscientes de la magnitud del peligro ya no hubo tiempo de reacción, ni tampoco lugar al que escapar. «Nadie nos avisó de nada. Todos los bomberos estaban actuando ya en Kinglake y nos dijeron que en Flowerdale (a escasos kilómetros) solo dependíamos de nosotros mismos», cuenta Jane Bosman, de 40 años, que consiguió escapar con vida junto con su marido, su hija Chloe y sus otros dos hijos, de siete y cinco años.

El fuego estaba vivo

«A las cinco de la tarde se cortó la electricidad y el teléfono. A esas horas el humo era tan negro que no podíamos vernos los unos a los otros a menos de cinco metros. Fue horrible, completamente horrible», dice Jane. Explica que «nos asomamos a la terraza y vimos las llamas subir por la colina como si estuvieran vivas. Y recuerdo el ruido..., el ruido del fuego. El rugido del fuego... Nunca en mi vida podré olvidar ese sonido. Teníamos que gritar para entendernos. Los niños estaban tan asustados... Fue terrible».

Al principio pensaron que podían luchar contra el fuego y salvar la casa, pero era demasiado feroz. «Fuimos los últimos en salir de allí y si no nos hubiésemos ido en ese momento estaríamos muertos porque varios árboles cayeron después sobre el puente que da acceso a nuestra casa impidiendo el paso. Vimos un coche que había chocado contra un árbol derribado por el fuego al final de la calle, en medio de la carretera. Estaba en llamas. Sé que había alguien dentro, pero no pudimos parar. No se podía parar. No se podía ver. Había demasiado humo. Humo y brasas grandes como un puño volando y cayendo por todas partes».

«El calor era demasiado intenso», prosigue. «¿Alguna vez has abierto la puerta de un incinerador? Abres la puerta de un horno o una estufa de leña y oyes ese wooooosh! y notas la falta de oxígeno. Esto fue exactamente igual y avanzaba como un muro. Terrible. Pensamos que íbamos a morir todos».

La historia de Jane es una de tantas. Miles de supervivientes lo han perdido todo entre los abrasadores vientos procedentes del outback , el corazón rojo, árido y desértico de Australia donde las temperaturas alcanzan cotas increíbles. Algunos sobrevivieron dentro de tanques de agua o piscinas que no llegaron a hervir (lo que sí ocurrió con muchas bañeras). Otros utilizaron burbujas de oxígeno o tubos de desagüe para respirar. Los que como Jane, las primeras horas, escogieron permanecer junto a sus casas, la mayoría de madera, y luchar contra el incendio, no se pudieron poner a salvo a tiempo.

No había adónde ir

En un continente con la extensión de Europa y solo 22 millones de habitantes, los ciudadanos quieren sentirse preparados para actuar por sí mismos ya que ni los cuerpos de voluntarios ni las fuerzas de seguridad son suficientes. Pero en esta ocasión no tenían opción; con 46,5° de máxima (el día más caluroso de la historia de Victoria), que en algunas zonas llegó a los 49°, y el seco y caluroso viento del norte soplando a 120 km/h en su cota máxima, no hay hacia donde ir.

La sequedad de los montes de los Central Highlands (la zona central del estado), castigados por varios años de sequía consecutivos, la enorme magnitud de los pinos y eucaliptos entre los que se desperdigan las viviendas del rural y la falta de limpieza en los bosques no ayudó en absoluto. La irregularidad del terreno y la virulencia del viento hacían impredecible la trayectoria de unas llamas que alcanzaron los 50 metros de alto. La vegetación comenzaba a arder a un kilómetro de distancia de la barrera de fuego vivo. La energía expelida por esta ola infernal llegó a los 80.000 kilovatios, la energía suficiente para proveer de electricidad a todo el estado de Victoria durante dos años. Según los analistas del desastre, es el equivalente a 500 bombas como la que cayó sobre Hiroshima, lanzadas de forma simultánea.