Pekín y Washington se enzarzan en un pulso por el valor de sus monedas
08 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.De un tiempo a esta parte se está abriendo paso una línea de pensamiento según la cual la recesión que estremece el globo no se debe tan solo a la deficiente regulación financiera, los errores de las agencias de clasificación, las remuneraciones desorbitadas de los directivos o el descontrol de los productos derivados.
Estas causas, obviamente, existen y son importantes para explicar parte de lo que ocurre. Eso nadie lo niega. Pero junto con ellas habría además un conjunto de desarreglos de naturaleza macroeconómica en los que se repara menos y que, sin embargo, actúan como un trombo que infarta el cuadro general, por lo que no empezará a verse la recuperación mientras no se actúe sobre ellos. Quienes sugieren esta vía de análisis apuntan, sobre todo, a los desajustes en los tipos de cambio y a los desequilibrios por cuenta corriente de las dos principales economías del mundo.
En gran parte, el avance de la globalización se ha debido a una especialización de acuerdo con la cual el Occidente rico consumía lo que el Oriente pobre fabricaba. Como en la sístole y la diástole del corazón, se trata de un movimiento acompasado por medio del cual China exporta y EE.?UU. importa. Para mantener el atractivo de sus exportaciones frente a otros competidores, Pekín optó por infravalorar su moneda, lo que le ha ido generando sucesivos y descomunales superávits al mismo ritmo que los norteamericanos se endeudaban y contraían déficits no menos aparatosos.
Pero los chinos, en lugar de reinvertir sus reservas en sus necesidades internas, optaron por colocarlas masivamente en los bonos de EE.?UU., confiados en su solvencia a largo plazo. Esto condujo a la baja los tipos de interés en este país, le permitió enjuagar sus números rojos sin mayor sacrificio y, al mismo tiempo, propició un aumento inusitado de liquidez. Según sostiene el analista del Financial Times , Wolfgang Münchau, las dos cosas, combinadas, están en el origen de las burbujas que se han ido inflando desde el año 2000: la tecnológica, primero, y ahora la inmobiliaria y la del crédito.
Correlación de fuerzas
Para un buen número de economistas occidentales, el problema tiene una compleja salida técnica, que pasaría por la revalorización del yuan, pero sobre todo presenta dificultades políticas ya que, además de ganancias y pérdidas de muchos ceros para el prestamista y el prestatario, se halla en juego la correlación de fuerzas entre Washington y Pekín y el papel que quieren jugar en el futuro.
Como explica Harold James en un artículo de Foreign Affairs , EE.?UU. se encuentra ahora en una posición similar a la del Reino Unido durante la Gran Depresión. Es todavía la primera potencia del mundo pero ya es incapaz de estabilizarlo por si solo y no está en condiciones de imponer unilateralmente a los chinos la paridad que más le conviene con el fin de reducir su déficit comercial: menos aún, cuando va a necesitarlos de nuevo para financiar el paquete de estímulo con el que Obama quiere emular a Roosevelt.
Por su parte, China es ahora lo que EE.?UU. en los años treinta del pasado siglo. Tiene capital a espuertas, lo que resulta una ironía dado su credo comunista. Los dos billones de dólares que atesora en la hucha lo convierten en el país con mayor liquidez del planeta. Eso quiere decir que, aunque no puede dar forma en solitario al orden que viene, ese orden ya no podrá ser estable si no garantiza sus intereses. Y la revalorización del yuan que reclaman los norteamericanos para que su industria remonte los agrede: contraería sus exportaciones y acarrearía mayores dificultades para ocupar a su mano de obra.
Dos caminos
Este es el contexto en que hay que situar las declaraciones del Solbes de Obama, Tim Geithner, acusando a China de manipular el tipo de cambio del yuan y el anuncio de que la primera gira de Hillary Clinton tendrá por destino varios países asiáticos entre los que sobresale China.
Se les presentan dos caminos. El peor para todos es que Pekín no revalorice su moneda y EE.?UU. le responda con medidas proteccionistas como subir los aranceles de entrada. Daría lugar a una guerra comercial que acabaría ampliando su onda expansiva a todo el mundo, lo que alargaría el calvario actual.
La otra opción es que Washington y Pekín limen sus diferencias cambiarias a cambio de pactar nuevas reglas y un reparto de papeles distinto, consolidando lo que ya se llama el G-2, esto es, una especie de núcleo duro formado por ellos dentro del dibujo más amplio del G-20. Esto terminaría de escorar el mundo hacia Asia y el Pacífico, disminuiría la importancia del Atlántico y sacaría a la UE del centro del escenario, por lo que sería un mal punto de partida para los europeos. Pero permitiría a las dos locomotoras globales centrarse en el estímulo de la demanda que, al decir de muchos, es el problema más urgente para salir del agujero.