Suele decirse que «rectificar es de sabios», pero lo que de verdad es de sabios es no equivocarse. Rectificar no es una cuestión de sabiduría, sino de honradez. Como todo, tiene sus reglas.
Está bien que George W. Bush reconozca, más o menos, que fue un error iniciar la guerra de Irak. Al fin y al cabo, en todo el planeta Tierra ya solo quedaban dos personas (él y José María Aznar) que insistían en lo contrario. Pero la confesión llega tarde, mal y a rastras. Como en el Don Juan de Zorrilla, el arrepentimiento de última hora del protagonista, tras dos horas largas de ripios, crímenes y pecados, parece una tomadura de pelo. Y al menos Don Juan no se excusaba de haber seducido a la monja Inés «por culpa de un error en el proceso de recogida de información», como dice Bush de lo de Irak.
Bush tiene difícil demostrarlo. A nadie le gusta más revelar secretos que a esos supuestos profesionales de guardarlos, los espías, y en los últimos años el número de agentes de la CIA que han escrito memorias o concedido entrevistas ha dado lugar casi a un subgénero periodístico. Todos coinciden en que, en tiempos de Bush, se convirtió a la CIA en uno de esos perrillos de las bandejas de los coches que dicen a todo que sí.
Al todavía presidente le bastaría leer, sin ir más lejos, el libro que publicó en agosto el premio Pulitzer Ron Suskind. Hablando con media CIA llegó a la conclusión de que la Casa Blanca no solo sabía que Sadam no tenía armas de destrucción masiva, sino que ordenó a la Agencia que fabricase pruebas de lo contrario. En ese año, 2003, de hecho, la CIA mantenía un contacto con los servicios secretos iraquíes a través del jefe de estación del MI-6 británico en Amman (Jordania). Pero Rob Richter, el jefe de la de la CIA en Oriente Medio, confirma que desde Washington le ordenaron cerrar este canal porque demostraba que no había armas prohibidas en Irak.
También se ha despachado a gusto Alan Foley, el analista jefe de armas de destrucción masiva en la CIA: «Tuvimos que decir lo que nos mandaron desde la Casa Blanca», ha contado. Hasta Scott McClellan, el antiguo jefe de prensa del presidente Bush, que ha escrito el único libro en el que se le elogia, reconoce que la guerra de Irak nació de un engaño y no, como pretende ahora Bush, de «la virtud del no saber», por seguir con el Don Juan Tenorio.
Y el problema va incluso más allá, porque esa guerra de Irak no puede considerarse ni siquiera un simple error «entre muchos aciertos», como pretende Bush ahora en el lecho de muerte de su mandato. Irak es la base sobre la que se ha sustentado su nuevo orden mundial, la esencia de la llamada guerra global contra el terrorismo.
Más que de sabios, rectificar puede ser de cínicos. Otro refrán dice que una media verdad es peor que una mentira. En cuanto al Tenorio, que declamaba que «un punto de contrición/a un alma da la salvación/por toda la eternidad», tendría más credibilidad si no hubiese esperado al último momento para decirlo, cuando el telón está ya a punto de caer...