Si se le pide a un europeo que encuentre semejanzas entre los colonos que conquistaron el Lejano Oeste y los estudiantes finlandeses del siglo XIX, pensará que le están tomando el pelo. Lógico. Finlandia tiene una fama de Estado modélico, pacífico y desarrollado, con unos índices de bienestar social tan elevados que cuesta imaginarse a otro país más alejado de la polvorienta imagen de los westerns del cine. Pero si se rasca un poco en esa idílica foto de sociedad avanzada, solidaria y tímida, las semejanzas no tardan en aparecer.
Como sucedía hace doscientos años, y sigue sucediendo ahora en muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos, en Finlandia los chicos están acostumbrados a las armas. La caza es el deporte nacional, y la mayor parte del territorio del país, un inmenso coto de naturaleza casi virgen, donde aprenden a usarlas desde críos. La ley se lo permite, porque los faculta para obtener licencia desde los quince años.
Probablemente, Matti Saari aprendió a disparar de pequeño. Como Pekka-Eric Auvinen, el estudiante de 18 años que en noviembre pasado cometió una tropelía similar a la suya en un instituto de Tuusula. Ambos tenían permiso de armas, y pudieron hacerse legalmente con un arsenal que nada tienen que ver con la caza: pistolas y rifles automáticos, con los que abatir a compañeros y profesores antes de suicidarse.
Tres millones de armas
La matanza de Kauhajoki ha estremecido de nuevo a los finlandeses, que se preguntan qué demonios hacen en sus casas más de tres millones de armas. Porque el 56% de la población tiene una, porcentaje que solo superan Estados Unidos y Yemen.
El año pasado, el Gobierno prometió endurecer las leyes para evitar que los adolescentes pudieran acceder a ellas, al menos hasta que cumplieran la mayoría de edad. De hecho, cambió de postura en la UE y desbloqueó una directiva que pretendía aumentar el control y reducir su circulación. La norma se aprobó en julio pasado y dio a los socios comunitarios dos años de plazo para adaptarla a sus legislaciones. Nadie lo ha hecho hasta ahora, y tampoco Finlandia.
Al igual que muchos de su generación, Pekka-Eric y Matti compartían afición a las armas, y también a los ordenadores. No es extraño, ya que los finlandeses son los europeos que más tiempo se pasan frente a ellos, generalmente colgados de Internet. En un país donde el frío limita las posibilidades de ocio, la red se ha convertido en la vía de escape de muchos chicos. Gran parte de ellos, como Matti y Pekka-Eric, que colgaron en YouTube vídeos suyos disparando, viven además solos, y en ocasiones a cuenta del Estado. Las ayudas sociales les permiten independizarse muy pronto.
Claro que en el Oeste no había ordenadores, ni subvenciones para los jóvenes. Pero sí un territorio mental igual de extenso, solitario y desolado. Y también mucho, demasiado alcohol. Quien haya viajado a Finlandia se habrá asombrado al ver cómo sus ciudades se pueblan los fines de semana de miles de personas que deambulan borrachas y solas por las calles, mientras los servicios de ambulancia las recorren para recoger a los que están en peor estado y evitar que mueran congelados.
No es un mito. La bebida ya es la primera causa de muerte entre los finlandeses adultos, una sociedad que tiene el tercer mayor índice de población armada y en la que las relaciones sociales de muchos jóvenes se reducen a Internet. Alcohol, pistolas y vaqueros solitarios. ¿Ahora les suena?