En marzo del 2000, los líderes de la UE se reunieron en la capital portuguesa y se dieron diez años para conseguir que la Unión se convirtiera en la primera economía del mundo. Aquella declaración se recogió en la Agenda de Lisboa, en la que los Veintisiete se comprometieron a centrar sus esfuerzos en crear empleo, hacer más competitivas a sus empresas, abrir la sociedad de la información a todos los hogares y lograr la plena integración económica, social y medioambiental de sus regiones.
A poco más de dos años de que se cumpla el plazo de aquel ambicioso proyecto, es cierto que la UE sigue siendo uno de los territorios más desarrollados y favorecidos del planeta. Pero también lo es que aún no ha ganado la batalla económica a China y a EE.UU., y que cada vez encuentra más dificultades para encarar a competidores tradicionales, como Japón, y a economías emergentes como Brasil y la India. Desde el año 2000 no hay estrategia comunitaria, comunicación institucional o acuerdo político en la que no se citen los objetivos de la Agenda de Lisboa. Pero la realidad ha demostrado a los Veintisiete que para avanzar no basta con hacer declaraciones, por muy solemnes que sean.
Acuerdo
El nuevo Tratado, que probablemente se conocerá como Tratado de Lisboa, viene a ser en el terreno político lo que la Agenda de Lisboa pretendía ser en el económico: el compromiso de los socios comunitarios de dotarse de una estructura de funcionamiento más moderna y eficaz, que le permita apuntalar sus costuras administrativas, adaptarse a su nuevo tamaño, ganar legitimidad ante la ciudadanía, prepararse para futuras adhesiones y, también, encontrar nuevas herramientas para que, algún día, la Unión pueda convertirse en la la sociedad más avanzada del mundo.
Es seguro que el Tratado de Lisboa permitirá un cambio esencial en ese sentido. Pero, como demuestra la experiencia de la Agenda de Lisboa los resultados dependerán mucho de cómo quieran los Veintisiete utilizar a partir de ahora el Tratado para alcanzar sus fines. Ayer, en la entrada a la sede de la cumbre en el Recinto Ferial de la Expo 98, tres mujeres portaban una gran pancarta en la que interrogaban por cuestiones domésticas al presidente portugués sin saber, quizá, que estaban definiendo la situación de la Unión Europea: «Señor Sócrates, dice que vamos por buen camino. Pero, ¿hacia dónde?».