Bruselas se llena de banderas y de actos en favor de la unidad del país, mientras la falta de Gobierno resquebraja lentamente las costuras de una sociedad dividida
29 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.En el aeropuerto internacional de Bruselas funciona un sistema de regulación del tráfico aéreo sorprendente, que obliga a los aviones a despegar alternativamente y por riguroso turno hacia el nordeste y hacia el suroeste. No es por motivos de seguridad, ni por necesidades logísticas, sino por una cuestión política: hay que repartir con equidad las molestias que provoca el ruido de los aparatos entre las poblaciones a uno y otro lado del aeródromo: al norte, la rica y nerlandófona Flandes, y al sur, la deprimida y francófona Valonia.
Hay pocas cosas en Bélgica que no están mediatizadas por esa profunda brecha social que separa a las dos comunidades, frágilmente unidas por un Estado federal que empieza a resquebrajarse por sus costuras lingüísticas. Más de cien días después de las últimas elecciones, flamencos y valones siguen sin ponerse de acuerdo para formar Gobierno, y aunque no es la primera vez que les pasa, muchos temen que pueda ser la última.
Como sucede con el ruido, las dos comunidades viven en un país dividido: mantienen sistemas sociales, sanitarios y educativos separados; tienen sus propios parlamentos y gobiernos regionales; apenas se relacionan entre ellos, casi no hay hijos de parejas mixtas, y si un valón confunde a un extranjero con un flamenco, o al revés, lo habitual es que se muestre seco y antipático, cuando no grosero y agresivo.
Imagen ante el mundo
Lo único que los belgas no se han repartido aún es Bruselas, la capital del país y también de Flandes, estandarte de su imagen ante el mundo y sede de organizaciones como la UE y la OTAN, que suponen una extraordinaria fuente de ingresos y que han hecho de su aeropuerto uno de los más transitados del planeta.
Son los bruselenses, precisamente, los que han alumbrado un movimiento ciudadano espontáneo que ha llenando la ciudad de banderas tricolores -rojo, amarillo y negro-, que cuelgan a centenares de balcones y ventanas clamando por la unidad del país.
Mientras, las televisiones dedican horas y horas de programación a debatir sobre su futuro, los periódicos reclaman a la clase política que muestre sentido de Estado, y las emisoras de radio llaman a la ciudadanía a expresar en la calle su deseo de que Bélgica siga existiendo.
Quizá son los habitantes de Bruselas los que más belgas se sienten, entre otras cosas por su privilegiada situación -la capital es región independiente y tiene la renta por habitante más alta del país-, que les permite analizar los problemas con la cabeza fría.
De momento, una asociación ya ha recogido medio millón de firmas pidiendo la supresión de esa absurda regla que obliga a los aviones a despegar hacia el sur, sobrevolando la capital y atronando a sus residentes.