Harry Potter en Pakistán

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Análisis Al presidente todo se le vuelve en contra: el asalto a la Mezquita Roja, la ola de atentados, el Tribunal Supremo, y el descontento de Washington y del Ejército

21 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Tal y como están las cosas, ni siquiera Harry Potter está a salvo en Pakistán. O al menos sus lectores, que se encontraron el viernes con que la policía desalojaba la librería de Islamabad donde iba a presentarse la última aventura del niño mago. Los agentes habían encontrado un coche bomba en las cercanías. Pero no fue la magia la que salvó a los fans de J.?K. Rowling, sino una llamada anónima. Y es que la magia falla mucho últimamente en Pakistán, incluso la de ese consumado taumaturgo que es su presidente, el general Pervez Musharraf. Musharraf no da abasto. A una semana de atentados yihadistas que se ha saldado de momento con más de cien muertos, le sigue ahora la decisión del Tribunal Supremo de Pakistán de restituir a su puesto al fiscal general, Iftijar Mohamed Chaudhry, al que Musharraf había destituido ilegalmente y había intentado además meter en la cárcel. Las acusaciones contra Chaudhry, incluso de ser ciertas (se cree que recomendó a su hijo para un puesto en la policía) constituirían seguramente el caso de corrupción más nimio de la triste historia de este país. Para todo el mundo estaba claro que lo que quería Musharraf era quitar de en medio a un juez independiente justo cuando la Justicia paquistaní debe decidir sobre la continuidad del general en el cargo. La jugada no pudo salirle peor: los compañeros de Chaudhry no sólo le han devuelto la toga (quizá más por corporativismo que por convicción), sino que además el caso se ha convertido en un catalizador para la oposición laica, que se ha unido y fortalecido. Reelección a la carta ¿Qué era lo que quería hacer Musharraf? Dos cosas, las dos ilegales: ser reelegido por el Parlamento actual antes de las legislativas (de las que saldrá con toda seguridad una Cámara hostil) y hacerle un pequeño arreglillo a la Constitución para poder seguir siendo presidente y jefe del Ejército a la vez. Ahora va a ser más difícil. A estos reveses hay que sumar el disgusto creciente de Washington con su gestión de la «guerra contra el terrorismo». No es un secreto que la zona fronteriza de Pakistán con Afganistán es prácticamente un país independiente gobernado por los talibanes paquistaníes donde se refugian sus hermanos afganos de la misma etnia pastún. Para enfado de Washington, Musharraf, en vez luchar por el control de la región, prefirió llegar a un acuerdo con los jefes tribales para que éstos mantuviesen un cierto orden en la zona. Ahora, un informe de los 16 servicios de inteligencia norteamericanos dice que la consecuencia es que los talibanes y Al Qaida se han reagrupado. Autogolpe El acuerdo, en teoría, ha saltado por los aires tras la matanza de la Mezquita Roja de Islamabad, pero, para mayor indignación de la Casa Blanca, el Gobierno de Musharraf sigue hablando de «recuperar el entendimiento», y esto en medio de una oleada de atentados tal que se ha autorizado a los policías a no vestir de uniforme para que no los maten. Fuentes bien informadas creen que Musharraf no pasará de una operación cosmética contra los talibanes, y se entiende por qué. Sus anteriores intentos fueron un desastre. Teme, además, que los reclutas (que en el Ejército paquistaní son muchos de ellos precisamente pastunes) se subleven, y ahora más que nunca a Musharraf le interesa mantener el control de las fuerzas armadas, dentro de las cuales se empieza a hablar de sustituirlo por otro testaferro. Ni siquiera se descarta que él mismo se dé un autogolpe en forma de estado de emergencia. Bien mirado, sería el típico abracadabra de Pervez Musharraf, el Harry Potter del subcontinente asiático.