La discriminación en la enseñanza de la etnia romaní hace que sus jóvenes salgan peor preparados y no puedan ser competitivos a la hora de buscar trabajo.
26 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«No hacen nada. Piden por la calle y si te descuidas te roban. Algunos vienen aquí cuando cerramos a rebuscar en los cubos». A escasos metros del local de comida rápida, donde el joven Karel explica por qué los húngaros no aprecian demasiado a los gitanos, se abre el pasadizo que lleva a la estación de tren de Keleti. En el subterráneo, un anciano romaní -como ellos se llaman- sostiene un pequeño ramo de flores moradas y trata de vendérselo a alguno de los ajetreados paseantes que rodean al hombre sin prestarle atención. Ya en la sala de espera de la estación, un par de mujeres gitanas y un niño pequeño piden unas monedas a los viajeros, pero la gente niega con la cabeza y mira al suelo o simplemente hacen como si no estuvieran. Son el 5% de un país con más de diez millones de habitantes (el doble, por ejemplo, que toda la población de A Coruña), pero Hungría pasa de ellos. En Budapest, sobreviven en guetos del extrarradio de la Perla del Danubio. No se mezclan con el resto de etnias; ni siquiera los niños, en los colegios de la capital. Segregación «Son masivamente segregados por el sistema educativo. Les dan una formación muy inferior al resto, incluso en colegios diferentes. Aún en los casos en los que acuden a las mismas clases, los profesores prefieren hacer como si no estuviesen», relata Savelina Danova, la gitana que coordina el área de investigación del Centro Europeo de Derechos de los Romaníes (ERRC), con sede en Budapest. «De este modo salen mucho peor preparados y no pueden ser competitivos a la hora de buscar trabajo. Se establece un círculo vicioso que impide que la situación mejore», concluye. Cuando la UE analizó la situación de los candidatos a ingresar en el exclusivo club de los Quince se dio de bruces con los gitanos. Alarmada por su situación, Bruselas exigió a los candidatos a la adhesión políticas específicas de apoyo a la etnia. La respuesta fue inmediata y comenzaron a llover proyectos destinados a la integración, sobre todo en Hungría. Durante un tiempo, los romaníes se sintieron observados e incluso comprendidos, pero, la mayoría de los buenos propósitos nunca fueron más allá de los papeles oficiales. «Las intenciones de los gobiernos chocaron con las políticas locales», lamenta Danova. En algunos casos, los responsables municipales llegaron a rechazar ayudas de la UE para no desarrollar programas en favor de los gitanos y forzarlos a buscar otros asentamientos. Así, mientras la situación en la capital húngara es preocupante, en otros puntos del país los casos de racismo también abundan. La villa de Jaszladany se convirtió hace bien poco en el penúltimo ejemplo. Allí había un centro público de enseñanza que, de la noche a la mañana, quedó dividido en dos: uno de financiación estatal y otro privado. Por supuesto, los chavales gitanos quedaron como inquilinos, casi exclusivos, del primero. El Ministerio de Educación declaró ilegal la fragmentación, al encontrar en ella motivos segregacionistas, pero las familias que habían impulsado la ruptura se mantuvieron firmes en su propósito y finalmente un juzgado dio la razón a quienes defendían la división del centro. Pero el problema no es sólo húngaro. Un informe publicado en el 2000 recogía que en la República Checa el 75% de los gitanos escolarizados acudían entonces a colegios especiales, como los destinados a chavales con minusvalías. Otras dificultades La investigadora del ERRC también alude a otras dificultades a las que los suyos se enfrentan a diario, como la falta de viviendas o la «brutalidad policial». Para ambientar este último problema se refiere a la vecina Eslovaquia -el país de la UE que tendrá un mayor porcentaje de gitanos tras la adhesión, un 10%-, donde una protesta de miembros de esta etnia, el pasado mes de febrero, estuvo a punto de acabar en batalla campal. El Gobierno redujo las ayudas sociales y los romaníes, como principales afectados, salieron a las calles a manifestarse. Las protestas subieron de tono y en Bratislava se decidió movilizar al Ejército. «Los militares se emplearon con una brutalidad inaudita. Tenemos una enorme cantidad de denuncias por agresiones», asegura Danova. Pero las denuncias a los casos de racismo no llegan sólo a través de los afectados. Hace algunas semanas, el columnista Endre Hanzel, un experto en temas de política comunitaria del Nepszabadsag , el principal diario húngaro, escribía que las restricciones a la libre circulación de trabajadores en ocho de los nuevos países de la Unión reflejan «el temor a una avalancha de gitanos que podría inundar el occidente europeo». El 1 de mayo, el número de romaníes en el selecto club de Bruselas se multiplicará. Y las perspectivas no son nada halagüeñas para los llamados a asumir el papel de parias. Los veteranos de la comunidad tampoco son una tierra prometida para la etnia: «En Grecia, Italia o España, a los gitanos se les trata igual de mal que aquí», advierte Danova. MAÑANA, ESLOVENIA: «JÓVENES AUNQUE MUY PREPARADOS»