Visita al mayor centro de atención al mutilado de Afganistán, el país más minado del mundo Caminar por el Centro Ortopédico de la Cruz Roja Internacional en Kabul es un encuentro constante con el vacío que deja la guerra. El que dejaron las piernas mutiladas de Daud Sha, el brazo cercenado de Mohamed o el cerebro dañado de Zhabona, de ocho años, víctima de una bomba que cayó en su casa y sembró su pequeña cabeza de esquirlas de metralla, paralizando la mitad derecha de su cuerpo. Caminar por el centro es un encuentro constante con la vergüenza de un mundo que sigue consintiendo la fabricación de esas dosis de muerte enlatada, indiscriminada y con efecto retardado que son las minas.
10 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Taud tiene 14 años y ojos azules de anuncio de televisión. Su mirada se enciende como si la mina que hace 10 años le segó las piernas le hubiera dejado, como premio de consolación, un brillo extra en las pupilas. Taud tuerce el ceño de dolor por el peso que le ponen en la espalda para que no se le deforme. Tumbado en la camilla cuenta sus tres operaciones y lo poco que recuerda de aquel día en que parte de él saltó por los aires. «Salí a jugar cerca de mi casa. No había ninguna señal de minas. Y de repente...». El dolor le hace callar. El doctor Nahik le reacomoda el contrapeso. Él, como todo el personal del centro, también sufre alguna minusvalía. «Porque estamos más motivados, porque entendemos mejor a los pacientes, porque enseñamos más rápido a usar las prótesis y porque somos un estímulo para ellos», explica. Nahik no pisó una mina. En su caso fue un bala envenenada. Dos días de dolor sentenciaron su pierna. Hoy dirige el taller de fabricación de prótesis. Desde 1988, han construido 40.000. Vidas marcadas a fuego Nahik nos muestra el taller de hombres y el de mujeres, que están separados. En este último aparece, en silla de ruedas, Nazirah. Tiene 11 años. Una mina le robó sus dos piernas a los cuatro años, pero no consiguió arrebatarle la belleza de una cara que, tímida, intenta esconder a las cámaras. La historia de Nazirah es la historia misma de Afganistán. Una casa atrapada entre los dos bandos, una vida destrozada por la guerra. Tres años después de perder las piernas, una bomba mató a su madre. Hoy lucha por salir adelante. Le gustaría ir a a la escuela, porque no sabe ni leer ni escribir. En su pueblo de la provincia de Kapisá, al norte de Kabul, hay mezquita, pero no escuela. El rostro de Nazirah se oscurece con su propia historia y no se recupera hasta que el doctor Najmuddin, el director del centro, posa su mano sobre ella. A Najmuddin también le faltan las piernas. Una mina se las quitó, «hace 19 años y cuatro meses. Y lo que es peor, me quitó las ganas de vivir. Estuve cuatro años en casa, sin hacer nada. Luego vine aquí». «Por más que sepas que hay minas, por más que pienses que has aprendido a vivir con ellas, siempre están ahí, sin fecha de caducidad, aguardando, dispuestas», dice. Ya ha atendido a más de 50.000 pacientes. Ruglah es uno de ellos. Tiene 30 años. Una mina, cómo no, hizo desaparecer su pierna izquierda y destrozó la derecha. Pero la de Ruglah es una historia para la esperanza. Después del accidente se casó y tuvo tres hijos. «Mi mujer me cuida muy bien», dice sonriendo.