¿Por qué Bin Laden se ha convertido en un héroe para no pocos musulmanes del mundo? ¿Qué hace de este terrorista un icono del rechazo contra la prepotencia yanqui? Esta es quizás la pregunta que mejor contesta el libro «Osama Bin Laden, entre Dios y el Diablo» que entregó La Voz a sus lectores el pasado 27 de octubre al precio de 50 pesetas. Su huida de los lugares santos de Arabia como Mahoma en su Hégira, y su parelelismo con el sultán Mohamed II, hacen que Bin Laden represente para muchos una llamada al pasado glorioso y místico del Islam.
21 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando Osama Bin Laden volvió de la guerra de Afganistán a su casa, lo hizo como un héroe. Ningún príncipe de la casa real saudí se había atrevido a comandar las huestes de Arabia en la yihad contra los infieles comunistas. Bin Laden era lo más parecido a un príncipe que habían encontrado. A su vuelta, las cosas iban a cambiar.
Ocupó su puesto en los negocios familiares, pero sobre todo cuidó de los veteranos de la guerra afgana. Su situación se mantuvo más o menos tranquila hasta 1991. La invasión de Kuwait por las tropas de Sadam Husein, desencadenó el desastre. Bin Laden ofreció a sus veteranos para defender los Lugares Santos de la amenaza iraquí. El rey Fahd prefirió recurrir a los marines estaounidenses. Osama proclamó la traición y tuvo que abandonar Arabia Saudí.
En este punto es donde la historia del terrorista converge, para quien así lo quiera ver, con la del profeta Mahoma. Como este último, Bin Laden tuvo su hégira, o huida. De los Lugares Santos a Sudán, de allí a Peshawar y luego a Afganistán. Durante el camino, que él hizo en jet privado y no en camello, se casó como lo hizo Mahoma. Hizo el viaje acompañado por su séquito, como Mahoma y como él, fraguó su mensaje durante la peregrinación.
Bin Laden sabe de estos paralelismos y los fomenta en un terreno abonado para los profetas mesiánicos. Emite fatwas, como si fuera un doctor de la ley islámica, cuando no lo es. Apela al Corán en todo momento, como buen wahabista para envolverse de una legitimidad que en principio no tiene.
«El viento de la fe está soplando para expulsar al demonio de la península de Mahoma, la paz sea con él...», dijo ante las televisiones de todo el mundo el 7 de octubre, cuando caían las primeras bombas sobre Afganistán. Sus palabras, las de un profeta, se mezclaban con las imágenes del apocalípsis de las Torres Gemelas. En eso más que a un profeta, Bin Laden se parece al sultán Mohamed II, otra figura de la iconografía radical musulmana. Éste hacía degollar a sus enemigos y aserrarlos en sentido longitudinal, en medio de la plaza.