LAS TRAMPAS DEL JUEGO

La Voz

INTERNACIONAL

LUIS VENTOSO ANÁLISIS

26 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El inédito atentado del 11 de septiembre fue la obra inhumana de una mente dotadísima para el mal. Un crimen perfecto; pues los 19 asesinos materiales jamás lo pagarán: ya están muertos. El golpe costó 6.000 vidas. Doscientos setenta millones de estadounidenses, irancudos y aterrorizados, exigieron justicia a sus autoridades. Y ahí arrancó el enredo. ¿Qué podía hacer Bush? Declarar la guerra (¿a un enemigo invisible?). Vengarse (¿de quién?: nadie reinvindicó los atentados y es imposible detener a los difuntos). Solución: capturar «vivo o muerto» -como en el Far West- al autor intelectual del horror, Bin Laden. En la crisis del Golfo de 1991, Bush senior dejó transcurrir cinco meses entre la invasión de Kuwait y el ataque punitivo. Sólo 26 días después del traumático desplome de las torres, George W. Bush, azuzado por la justa ira de su pueblo, bombardeaba Afganistán. ¿Objetivo? Capturar a Laden y derribar al régimen talibán que manda desde hace seis años. Hoy se cumplen 20 días de campaña. ¿Resultados? Ni uno ni otro. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, acaba de reconocer que ni siquiera han logrado «ubicar a Bin Laden». La idea de echar a los talibanes tampoco parece ya tan sencilla. EE UU carece de recambio. Y además ha matizado por boca de Powell que no piensa involucrarse en el gobierno futuro. La diplomacia estadounidense ha estado magnífica. Merced a la altura de Powell, un general laureado en rol de paloma, se ha forjado una coalición contra el terror sin precedentes (sólo Irak e Irán han condenado los bombardeos). Sin embargo, cada nueva explosión en suelo afgano tensa más un mundo global: Pakistán teme una guerra civil y a otra en su frontera afgana (contra los pakistaníes pastunes); India quiere pescar en Cachemira y reabre su temerario pugilato con Islamabad (dos potencias atómicas); Israel es una carnicería; el extremismo musulmán se radicaliza y jalea como héroe a un criminal fanático. Afganistán, con un territorio similar a España, tiene 22 millones de habitantes y una esperanza de vida de 45 años. Sólo el 12% de su agreste superficie es cultivable y está devastada tras 20 años de guerra. Sin embargo, ese erial montañoso y minado es clave para sacar a Occidente las reservas de petroleo y gas natural que duermen bajo Asia Central (Kazajastán alberga un cuarto de las reservas petrolíferas del planeta). Afganistán, que vive del opio y el contrabando, ha sido, pese a su miseria, cancha de conquistadores. Allí, las potencias rusa e inglesa dirimieron en el XIX lo que llamaron El Gran Juego. Allí se ha enredado Bush... Y el juego tiene trampa.