El sueño de Pantagruel

Un diplomático chino echa por tierra en un extenso artículo los «horrores» que de la cocina oriental «se complacen en decir ciertos viajeros... Con prevenciones»


Redacción / la Voz

«Hay que contestar a las críticas negativas, porque a veces se escriben medias verdades o cosas que son falsas». Lo decía ayer en La Voz el chef Pepe Vieira a propósito de comentarios pérfidos que entendidos gastrónomos plantan, con o sin empacho, en una aplicación sobre restaurantes.

Reflexión análoga debió de conducir en 1901 al general Tcheng Ki-tong (tal y como se transcribía su nombre en la época) a salir en defensa de los entonces denostados manjares de su país. En las primeras líneas de un prolijo artículo publicado en el periódico, explicaba: «Se cuentan tantos horrores de la cocina china, que me parece indispensable consagrar un capítulo a la rehabilitación de nuestro arte culinario». Le sobraban argumentos. Cualitativos y, por encima de todo, cuantitativos, ya que su presentación de la gastronomía china sonaba más pantagruélica que cualquier cuchipanda ideada por Rabelais.

El tal Tcheng, que se desempeñó varios años como diplomático en París, quería conjurar prejuicios. «Mis conciudadanos no comen las extraordinarias cosas que se complacen en decir ciertos viajeros... Con prevenciones», decía.

Al menos ocho platos

Explicaba que «las comidas ordinarias» se componían en su país, «generalmente, de ocho platos: dos de legumbres, uno de huevos, otro de pescado, uno de mariscos, uno de ave y dos de carne: cerdo y carnero en el mediodía, cordero y vaca en el norte. Además, un gran plato de sopa, acompañado todo de arroz».

El menú aumentaba cuando se trataba de atender a invitados, «como puede verse por la siguiente enumeración: cuatro platos de entremeses; cuatro de frutas secas; cuatro de frutas de la estación; cuatro grandes fuentes, compuestas cada una de un pato, aletas de tiburón, nidos de golondrinas y una carne cualquiera; cuatro fuentes más pequeñas con aves, mariscos y carnes; cuatro fuentecillas con setas, hongos [...], arroz de los inmortales (otra especie de hongo) y retoños tiernos de bambú; cuatro grandes platos, compuestos de pescado, carne de cerdo, estrellas de mar y cordero». Y así, «estos cuatro últimos platos, de los que generalmente -y obviamente- no se sirve nadie, dan fin a la comida».

¿Cómo sería un banquete de etiqueta? «Aquí son más numerosos los platos», advertía antes de iniciar la lista. «Hay dos asados reglamentarios que se sirven en medio de la comida, salteados con pedacitos de pan cocidos en el baño de María» y regados con aguardiente de arroz. «En toda la comida los pasteles alternan con platos fuertes. Con los pasteles salados, que tienen carne, se presenta una tacita de caldo de gallina, y con los dulces, leche de almendras. Debo añadir también -si se podía añadir más- que la comida empieza por los entremeses y las frutas, y termina con una fuente de arroz que casi nunca se prueba». Por algo sería.

Exquisitos huevos de 25 años

Los mencionados entremeses consistían en jamón, mollejas de ave y langostinos, además de «huevos en conserva». Al parecer, una delicatesen. «Merced a su envoltura de cal, se conservan indefinidamente; a los 25 años están exquisitos, habiendo sufrido una especie de transformación: el amarillo de la yema se ha vuelto de un color oscuro y el blanco de la clara parece gelatina de carne, muy oscura también».

Faltaba aún desmontar un mito. Para ello, Tcheng recordaba una anécdota que habían protagonizado en París él mismo y una condesa polaca que «cuidaba [...] una docena de perrillos [...]. Los quería entrañablemente, y temerosa de que la colonia china se comiese sus animalitos, me anunciaba [...] que si llegaba a faltar uno de sus perros prendería fuego al edificio de la legación». «Jamás he conocido a nadie que coma gato o perro», sentenciaba.

Con esta detallada exposición, consideraba el diplomático más que demostrado que atribuirles a los chinos «platos tan poco apetitosos» como a menudo se hacía era, «sencillamente, gratuito: obra de imaginación muy viva, tal vez, pero de pura imaginación al fin».

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