Dinamita para combatir la sequía

Ni pantanos, ni trasvases, ni rogativas a la Virgen: los pioneros del control climático fían al «cuento de los cañonazos» la solución a la falta de lluvias


Redacción / la Voz

La sequía, «la pertinaz sequía» que deja los «campos agostados» de A Guarda a Ribadeo, no es problema nuevo, ni siquiera la invernal. Tampoco los intentos de evitarla, por medios materiales, espirituales o de control climático.

En las últimas décadas del XIX y las primeras del XX, sin pantanos ni trasvases, la población está a merced de lo que al cielo se le antoje. Noticias en La Voz sobre la seca de 1890 y 1891 dicen que mediado el verano la falta de lluvia empieza a causar «gravísimos daños en los campos y viñedos de Galicia y Portugal». Es «tan grande la sequía» en Trives «que en algunas localidades se carece hasta del agua necesaria para el consumo». En A Fonsagrada «es espantosa, y más espantoso todavía el porvenir de los labriegos». Pasan los meses, llega diciembre, y «lo único que preocupa al Gobierno es la sequía [...]. Si tanto le preocupa al señor Cánovas [...], que mande llover». Ni el invierno trae mejoría. Alertan desde Cariño: «Los labradores desean agua, porque van muchos días de sequía, impropia de la estación». Tampoco la primavera. «Escriben de Ginzo que [...] empieza a notarse el efecto de la falta de cosechas y de la pertinaz sequía, reinando ya el hambre entre los labradores».

Cada cual afronta el problema a su manera. El pueblo implora la intervención divina. «En la catedral de Orense se han terminado las rogativas pidiendo agua al cielo, y los santuarios de las montañas (adorados por los antiguos celtas) se hallan concurridísimos [...]. Tienen procesión diaria de romeros que suben de rodillas dejando entre las piedras rastros de sangre. ¡Pobres gentes!».

El alcalde de Vigo

Por su parte, las Administraciones ponen más empeño en obras terrenas. En 1884, «para surtir de agua la población», el Ayuntamiento de Santiago «propone establecer un gran depósito en donde se reúna cantidad suficiente aun en los tiempos de mayor sequía». En la década siguiente, el alcalde de Vigo resuelve por la vía rápida, con «la anexión de manantiales particulares a los depósitos de aguas, para aumentar el abastecimiento de la ciudad durante los meses de sequía».

Luego están los pioneros del control climático, que no se sabe muy bien si juegan al milagro o a la ciencia cuando apuestan por meter al cielo en vereda. Invocan a santa Bárbara (no para detener tormentas, que andan tras lo contrario), sino como patrona de la artillería. Un general virginiano idea «un proyecto bastante original [...] para producir lluvia a voluntad [...]. Consiste en producir en medio de las nubes explosiones, con ayuda de la dinamita».

Más o menos es lo que llevan a la práctica en la India, donde aseguran que «experimentos intentados con objeto de producir la lluvia artificial han dado resultado, en parte. Explosiones de dinamita, provocadas en la cima de colinas de 600 pies de altura, han provocado la lluvia en un radio de cinco millas». Si no es que el chubasco ya venía solo...

Un último intento manu militari: «En Londres, ante la pertinaz sequía, va a ensayarse un sistema con objeto de producir nubes y ver si llueve. Consiste en disparar a las capas altas de la atmósfera bombas de dinamita, con poderosos morteros. En los Estados Unidos y en Canadá se ensayó tal procedimiento sin éxito. Los que quieren practicarlo en Inglaterra repiten lo del cuento de los cañonazos, o tienen más confianza en sus morteros».

Los meteorólogos

Como todos los remedios son lentos, inciertos o inútiles, al menos hay que tener un pronóstico. «¿Va a llover pronto? ¿Se formarán tormentas? ¿Va a refrescar la atmósfera? Los periódicos franceses han acudido a los más notables meteorólogos, y... se han quedado en la misma ignorancia en que estaban». A un diario de París le entregan un resumen «de cien volúmenes con cuadros numéricos y datos desde 1700, pero... con esto no se sabe si lloverá pronto».

La espera se presenta como el único método fiable, aunque cuando surta efecto no llueva a gusto de todos. «Dicen de Ribadeo: ‘‘Si antes los labradores de esta comarca se quejaban de la falta de agua y la pidieron en rogativas, hoy aseguran que con la pertinaz lluvia que [...] se desploma está perdida la segunda cosecha de patatas y la de maíz’’». Es decir, que llueva, pero miudiño.

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