«Soy fiel a mis hijos, a mis nietos y al Celta»

Itos Arce Conde es abuela, madre, esposa, hija y nieta de celtistas y aficionada al club desde una época en que las mujeres escaseaban en Balaídos

Itos, en el centro, con una de sus hijas y su nieta, Lola
Itos, en el centro, con una de sus hijas y su nieta, Lola

Vigo

«Hasta conocí a mi marido en Balaídos, con eso digo todo». Itos Arce Conde, de 69 años, es abuela, madre, esposa, hija y nieta de celtistas. Pero antes que todo eso, es una mujer que mamó el fútbol desde que nació y que comenzó a vivir su afición por el Celta en una época en la que «era muy poco común» la presencia del sexo femenino en los campos de fútbol.

A ella le inculcó en primer lugar el celtismo su padre, que hoy tiene 92 años y con quien todavía ve los partidos. Pero viene de más atrás. «Es genético, en mi familia llevamos el ADN del Celta», afirma. Porque en 1890 su abuelo llegó a Vigo desde Verín y jugó en el Fortuna. «Era celtista acérrimo, como mi padre, que recuerdo ir de niños a esperarlo cuando venía de Balaídos con mi madre y mi hermana mayor, y luego ya ir al fútbol con él», rememora.

Con 13 años su padre la apuntó a atletismo. «Loli García y yo somos más o menos las fundadoras del Celta de atletismo», comenta. En esa época, como atletas del club, les regalaban invitaciones. «Eran para Preferencia, pero saltábamos la madera y nos íbamos a Tribuna. Casi siempre con el Celta en Segunda en esa época. Yo soy de las del Celta en Segunda», dice como muestra de su apoyo incondicional al equipo.

Durante su infancia y adolescencia, recalca, los hombres predominaban por completo en la grada. «Había algún matrimonio, pero muy pocas mujeres. Aparte de las atletas del Celta, no soy consciente de que hubiera muchas más», señala. Por eso celebra que las cosas hayan cambiado, algo que ve reflejado en su nieta Lola, de 13 años, que aunque tiene una manera de vivir el celtismo diferente a la suya, ha podido hacerlo con total normalidad desde niña, tanto en Balaídos como en viajes con sus padres.

Porque los tres hijos de Itos no tenían otra que ser celtistas. «Claro que estoy orgullosa, ¡me podían salir del Barça o del Madrid y me moría!», bromea. Relata que desde pequeños vivieron la pasión por el Celta en casa e inevitablemente se contagiaron de ella. «Es lo que veían, les contábamos historias... Se respiraba celtismo. Mi marido y yo nos conocimos en Balaídos siendo atletas a los 14 años. A veces la gente piensa que es de broma, pero no: entrenábamos en el mismo césped del campo, algo que hoy es impensable», constata.

Pero más allá de la pasión compartida con tantos aficionados del club vigués, Itos se tiene a sí misma por una celtista atípica. Porque hace años que renunció no solo a ir al campo, sino a ver los partidos en directo y estar pendiente de cómo va el equipo. «Me produce una ansiedad tan grande que he llegado a tomar un trankimazín, es una locura, algo enfermizo. Me pongo a leer ese tiempo y son mis dos horas horribles de la semana. Ni siquiera dejo a mi marido verlo en la tablet, hasta quito los datos del móvil para que no me entre ninguna notificación ni WhatsApp de alguien que me hable del partido», confiesa.

En las últimas temporadas ha ido a Balaídos veces contadas, una al año por lo general. Incluso se mantuvo ajena al partido de la salvación del 4 % en el 2013, aunque hizo una curiosa promesa que cumplió. «Me considero atea, pero dije que si el Celta se quedaba en Primera iba a misa. Y lo hice al martes siguiente. Cuando salí tenía a toda la familia fuera para sacarme fotos», rememora.

Como momentos más felices recuerda especialmente la clasificación para Champions pese que asegura que ya intuía que el equipo «las iba a pagar» como así ocurrió. Aunque aparte de gestas históricas, explica que «cada victoria es un momento feliz». «Me encantaría que el Celta jugara siempre los viernes para poder pasar el fin de semana tranquila. Es como la vida, hay que disfrutar de momentos pequeños», valora.

«Aún se piensa que las mujeres no sabemos de fútbol»

Cuanto a Itos se le pregunta si ha sufrido machismo en su condición de aficionada al fútbol, revela que le ha ocurrido en su propia casa. «A veces es como de broma, pero sí me han llegado a decir al opinar: ‘Ahora la señora sabe de fútbol’. Como un insulto que me sentó fatal», cuenta. De su padre, de 92 años, ha tenido que oír viendo partidos juntos algún «qué sabrás tú». «Le digo que menos que él, porque llevo menos años viendo fútbol, pero los suficientes. Cada uno tiene su idea. A mi marido cuando se cree que sabe tanto le digo que qué lástima que no se hubiera hecho él entrenador, que ahora seríamos ricos».

Consciente de que la situación de la mujer ha mejorado con el paso de los años, percibe que sigue habiendo quien piensa que solo los hombres entienden de fútbol. «Yo creo que sé, pero cada uno tiene su manera de ver este deporte», reivindica. También nota que la evolución positiva. «Se ve muchas chicas en la chavalada que va al fútbol, y familias completas. Es completamente distinto que antes, por suerte». Y los cambios quedan patentes en la actitud de los más pequeños: «Tengo dos nietos de once años y en el momento que ven una salida de tono de su abuelo o su padre, saltan como fieras», expresa orgullosa.

A Itos le gustaría que hubiera un Celta femenino -reivindicación que resurge con más fuerza cada 8 de marzo-, pero también que se apoyara más al de atletismo y al de baloncesto, con los que actualmente solo existen convenios. «Somos un equipo pequeño y igual no se puede exigir mucho, pero yo iría a apoyarlas y animaría a mi familia a que lo hiciera».

Mucho más de Mouriño que de Caballero y menos de Berizzo que otros celtistas sin restarle mérito, Arce comenta que nunca ha sido muy de ídolos, si bien los jugadores del Celta son para ella «como hijos». Pero sí hay uno al que confiesa que anhela conocer. «Me encantaría dar un abrazo a Iago Aspas. Y no por lo bien que juega, sino por cómo siente el Celta. Me parece un tío estupendo».

Más allá de nombres propios y cuestiones circunstanciales, la pasión de Itos se mantiene imperturbable. «Soy fiel a mis hijos, a mis nietos, y al Celta... ¡Y leal a mi marido! Pero ahí acaba mi fidelidad en la vida. El resto es cambiante». El Celta, para ella y para las tres generaciones a las que se lo ha transmitido, nunca lo ha sido ni lo será.

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