Cerco al botellón en A Coruña: «En cuanto te sientas, aparece un policía»

Un robusto e intensivo despliegue policial destierra en pocas semanas todo botellón del centro de A Coruña


A Coruña / La Voz

Un día como el jueves de Carnaval del año pasado, los jardines de Méndez Núñez, sede oficiosa del botellón coruñés, hervían de animación. Cientos de jóvenes socializaban alrededor del alcohol dando inicio a una noche que podía acabar de cualquier modo, pero que siempre empezaba igual: de botellón. Justo un año después, a las once de la noche los jardines estaban tan solitarios que daban miedo.

A esa misma hora, y por cuarta semana consecutiva, el impresionante dispositivo policial desplegado para erradicar el botellón, iniciaba la tarea de encintado en los jardines dejando claro a cualquier despistado que las alegres noches del alterne al aire libre se han terminado. Metros y metros de cinta y unos carteles que certifican que estamos en «Zona de especial protección»: imposible no darse por aludido

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En primera persona: así era en 2016 el botellón en A Coruña un jueves universitario Un equipo de V Televisión se cuela en el jueves universitario de A Coruña. Los jóvenes siguen fieles al fenómeno por su bajo precio, poder evitar el garrafón y socializar. Aunque reconocen que las peleas y las drogas son habituales.

Un cuarto de hora antes, dos chavales de Cambre disfrazados de granjeros y cargando con sus botellas atravesaban los jardines: «No, no, ya sabemos que aquí no se puede. Vamos a ver si nos podemos sentar por ahí, donde veamos ambiente». Probablemente no lo encontraron: «Ha sido muy rápido -admite el jefe de la Policía Local de A Coruña, José Antonio Brandariz-. Lo que pensamos que tardaría un mes, se ha resuelto en una semana. Y en un mes hemos hecho el trabajo de tres meses». Habla de la facilidad con la que los usuarios del botellón han aceptado las nuevas reglas, que básicamente se reducen a: «En la calle, no». Sin protestas, sin sanciones.

Llegan dos chicas que cruzan hacia los jardines con una sospechosa bolsa de plástico. El policía les advierte y ellas replican: «¡Si vamos a un piso!». Se van deprisa: «La mayoría agradecen que les advirtamos, porque la multa mínima es de 750 euros», dice el guardia. Es cierto que el gran botellón ya estaba de capa caída. Aquellas noches de tres mil personas hace algunos años que ya no se ven. Pero la estocada al fenómeno ha sido fulminante: «El dispositivo es muy importante -expone Brandariz-. Tenemos 14 coches en la calle y uno camuflado. La mitad, solo para el botellón». De hecho, por el centro, es lo que más se ve: policías y coches patrulla. Con las luces encendidas. Están y quieren que se les vea.

«Cuesta más la limpieza»

Es cierto que semejante esfuerzo policial tiene un coste económico importante, aunque los policías recuerdan lo que costaba limpiar los jardines al día siguiente. Probablemente más. En cualquier caso, con tantos agentes patrullando hasta las seis de la mañana, las labores de control se han extendido a los horarios de terrazas y locales, víctimas colaterales de la cruzada. El jueves, a medianoche, a la puerta de los bares solo había gente fumando. Las copas las dejaban dentro: «Tampoco vale el vaso de plástico», comenta un policía.

La ofensiva municipal no se limita al macrobotellón. Cualquier pequeña reunión alrededor del consumo callejero de alcohol es rápidamente disuelta. «Además -explica el jefe del turno nocturno- la normativa nos favorece. Si un vecino se queja por el ruido de un local, hay que hacer un proceso de medición, etcétera. Si es por el ruido que hace una reunión en la calle, si hay o no perturbación lo determina el criterio del agente».

Bajo esa cobertura y con la amenaza de las multas, el fenómeno se ha diluido: «La gente se ha ido a consumir a los pisos -explica Yago, un chaval de 20 años al que la policía le ha llamado la atención en la plaza de Pontevedra-. Nosotros nos vamos a ir ahora a uno, porque aquí no hay donde hacer botellón; en cuanto te sientas, aparece un policía». Tanta presión, no le gusta, pero entiende que antes la gente se pasaba, porque lo dejaba todo lleno de desperdicios. Mientras se explica, el policía que advirtió a las dos chicas en los jardines vuelve con una bolsa: «Me habían engañado, estaban buscando ambiente». Las chicas podrán recoger el decomiso en comisaría, aunque seguramente no lo harán. A ellas y a mí me ha quedado claro el mensaje: en A Coruña se acabó el botellón.

Solo dos ciudades toman medidas para acabar con el botellón en las calles

La Voz
Consenso para impedirlo en Ourense. Partidos políticos, entidades vecinales y hosteleros se han puesto de acuerdo para elaborar una ordenanza de la que ya existe un borrador. El casco viejo aglutina varias zonas de reunión para el consumo de bebidas alcohólicas. En la imagen, jóvenes en la praza do Trigo
Consenso para impedirlo en Ourense. Partidos políticos, entidades vecinales y hosteleros se han puesto de acuerdo para elaborar una ordenanza de la que ya existe un borrador. El casco viejo aglutina varias zonas de reunión para el consumo de bebidas alcohólicas. En la imagen, jóvenes en la praza do Trigo

A la iniciativa de A Coruña se suma el acuerdo en Ourense para erradicarlo con una ordenanza

El del botellón es un problema que incide y se afronta de manera desigual a lo largo de la geografía gallega. Tras la prohibición en el Concello de A Coruña, son solo dos las ciudades que ya han tomado medidas o estudian iniciativas contra él, aunque el apogeo del fenómeno ya pasó a mejor vida y aquellas macrorreuniones de jóvenes apostados en plena calle para consumir alcohol ya no son tan frecuentes.

El fenómeno ha decaído, pero no ha desaparecido. Sin embargo, el concello herculino le ha dado lo que parece la estocada final. Desde hace más de cinco años, el botellón en A Coruña se celebraba en los jardines de Méndez Núñez, un famoso y céntrico espacio histórico del siglo XIX que sufrió importantes daños.

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