Doce años después de llegar en patera: «Ahora ya veo la luz al final del túnel»

Idrissa Diop fue uno de los primeros migrantes que llegaron a España en patera. Hoy vive con su familia en A Coruña, la ciudad donde han nacido sus dos hijos

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De Senegal a Galicia, en patera Cruzó en patera la travesía que lo separaba, en teoría, de un mundo mejor. Hoy Idrissa y su familia, que llevan diez años en A Coruña, apenas llegan a fin de mes. Sin embargo, la esperanza por alcanzar su sueño no se ha desvanecido

redacción / la voz

Idrissa Diop nació el primer día del año 1972 en Saint Louis, Senegal, la que fue primera capital de África occidental, a 270 kilómetros de Dakar, la principal ciudad del país. Allí estará siempre su hogar sentimental. Y allí se han quedado sus nueve hermanos. «No place like home», dice. Nunca, desde que se marchó, ha regresado. «Aunque me den la nacionalidad española, quiero volver. Tengo la necesidad de tocar con mis manos la tierra en la que he crecido. Será como recargar la batería de mi vida».

Idrissa procede de una familia humilde. Su padre fue marinero. «Él fue quien me crió y me enseñó todo lo que sé». Su madre falleció cuando solo tenía 4 años. El mar fue su herencia, y el escenario de la travesía que emprendería «por el ansia de mejora que tiene todo ser humano», explica. «Cuando tenía 19 años quería descubrir el mundo. Llevaba tiempo trabajando en el barco de un ministro de Mauritania cuyo patrón era gallego. Descargábamos en Tenerife cada diez días. Fue entonces cuando pensé en venirme a España, aunque también barajé la opción de Portugal».

Entonces viajar era más un sueño que un plan en firme. «En mi país o eres rico o tienes un enchufe. Si no, estás olvidado». Pero llegó el día. Él y su mujer, Aminata, se subieron a una patera. Con ellos, un grupo de jóvenes veinteañeros atemorizados. «Salimos de Nuadibú. Fueron tres días muy duros. Yo estaba acostumbrado, por mi profesión, pero el resto lo pasaron muy mal». Nunca supieron quién estaba detrás de la organización: «A cada uno le cobraron una cantidad distinta. Nosotros pagamos trescientos euros por cabeza. Era mucho dinero». A bordo, sus escasos ahorros y un poco de ropa de abrigo. «Llegamos a una playa. Transcurrió una hora hasta que llegó la Guardia Civil. Pasamos esa noche en la policía marítima de Tenerife. Después nos llevaron al juzgado. Y luego a un centro. Nos separaron. Los que estábamos casados, en uno. El resto, en otro».

Tres meses después volvieron a experimentar la sensación de ser nómadas. Próximo destino: Andalucía. En Málaga se reencontraron con algunos de sus compañeros de viaje en patera: «A día de hoy seguimos en contacto, a través de las redes sociales o por teléfono. Con algunos hablo cada dos o tres días», cuenta Idrissa. En la vecina Córdoba trabajó en los campos de aceituna y cortó ajos, hizo cursos de pintor y soldador. Su mujer consiguió un empleo en un restaurante. Poco después Aminata se quedó embarazada. «No podía soportar los olores de la cocina y entonces pensé en la opción de Galicia, donde podría trabajar de lo mío. Las oportunidades laborales en el sur eran cosa de meses. Algo temporal. Y además estaba empezando la crisis. Aquí tenía un sobrino, marinero. Lo hablamos y nos vinimos en autobús». El peaje del billete fue caro. Carísimo. Aminata perdió el bebé que esperaban: «Una noche se encontró mal. Le dolía la barriga. Fuimos al materno y se lo tuvieron que sacar. Ya estaba muerto», recuerda.

En noviembre cumplirán una década viviendo en A Coruña, la localidad en la que han formado una familia. Idrissa y Aminata tienen dos hijos, Cheikh Baba, de 2 años, y Mohammed, de 9, ambos nacidos en la ciudad herculina. Diez años de sonrisas y lágrimas. De alegrías y penurias. «Estuve en Gran Sol, con un barco de Ribeira, y en otros tres más. Luego me quedé en paro. Al día siguiente recibí una notificación de la policía de extranjería. Me habían retirado la autorización para trabajar». Comenzó una odisea burocrática que llegó a arrebatarle la esperanza. «En Cambre pagábamos un alquiler de 160 euros. Le estoy muy agradecido al cura, que nos ayudó mucho. Y al centro social. Íbamos tirando con algunos trabajos en el puerto y labores de jardinería que les hacía a mis vecinos. Recogía chatarra por cincuenta euros. Nos iba dando para gastos». En A Coruña comparten con otra familia un piso cedido por Cáritas. «Ahora estamos buscando una vivienda por nuestra cuenta. Hay que intentar volar solos. Ya nos han ayudado bastante tiempo. No encuentro palabras para agradecerles todo lo que han hecho por nosotros», comenta. Apenas llegan a fin de mes. Idrissa estuvo dando clases de wólof (una lengua que se habla en Senegal y Gambia) gracias a un amigo. Aminata va enlazando trabajos como cuidadora de señoras mayores y niños.

Se sienten integrados, aunque también han encontrado obstáculos por el camino. Recuerda una anécdota vivida en Gran Sol: «Un joven portugués me espetó un día que él era racista. Yo le respondí que eso era una enfermedad y que se curaba viajando, conociendo mundo». Idrissa, que de eso sabe un rato, le quita importancia: «Hay africanos racistas, alemanes racistas, franceses racistas... Es incomprensión, desconocimiento».

Le duele ver cómo siguen llegando pateras en masa: «Hay un gran vacío en los corazones, y algún día esos que hoy lo están permitiendo se sentarán frente a los ojos de Dios. Claro que tenemos que saber que no todos los que llegan van a tener suerte. No todos alcanzarán su sueño». Sobre si él lo ha conseguido, se lo piensa... «Ahora ya veo la luz al final del túnel. En enero podré tener el certificado para trabajar. Ojalá sea mi regalo de Navidad».

«Mis hijos son las flores de mi vida. No quiero que sufran lo que yo sufrí» 

«Me encanta esa sopa de repollo que tenéis, ¿cómo se llama?». Su hijo Mohammed se derrite, no por el caldo gallego, sino por una buena tortilla de patatas. Se le ilumina la cara cuando habla de sus pequeños: «Son las flores de mi vida. No quiero que sufran lo que yo he sufrido». Pronto prepararán las fiestas de Navidad. «¿Sabes que en Senegal se celebra muchísimo? Mi país es el campeón de las fiestas», presume orgulloso. Enseguida se transporta a su tierra y afloran los recuerdos: «Mi padre murió estando yo en Cambre. La semana anterior hablé con él por teléfono. Me dijo “Si me marcho, ven a rezarme a la tumba”. En cuanto pueda, iré a verlos». Idrissa tiene un diario desde los 15 años. Muchos de esos cuadernos han quedado allá. «Algún día escribiré mis memorias».

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