Los peregrinos desafían el mal tiempo echando de menos algún refugio

El aguacero no frenó a los caminantes, que se encontraron bares y albergues cerrados

Los últimos cinco kilómetros de bajada a Portomarín coincidieron con una borrasca. Ríos corriendo por caminos embarrados. Hasta las vallas de hormigón se cubren de moho. Cruzar el puente del embalse fue una lucha contra el aire. La única protección del peregrino es el poncho, porque nadie pone refugios en el camino. Unas mexicanas con ingenio resguardaron sus mochilas con bolsas negras de basura. Portomarín ahora está más cerca del kilómetro 100 y mucha gente llega al mediodía sin nada que hacer. Algunos proponen que haya buses a Lugo.

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La entrada en Portomarín es espectacular. Los peregrinos, calados hasta los huesos, suben por una escalinata medieval reconstruida tras el embalse. En el albergue privado esperaba el autocar de un colegio con 57 alumnos bulliciosos de Salamanca que hacen su viaje fin de curso desde Sarria a Santiago a pie. Su tutora, Milagros Pierna, necesitó que las hermanas le cosieran una ampolla. Renunció a la silla de masajes del albergue. «Tengo tres piernas, pero solo me funcionan dos», bromea. Es su novena peregrinación, incluidos el Camino Inglés y el Portugués. «Subir la cuesta de Pontedeume es un rompepiernas, me reventó».

A las 23.00 horas apagaron las luces del dormitorio de un albergue privado de Portomarín. Desde el saco de dormir se oye la ventisca. A las 7.00 horas, las bombillas se encienden. Fuera, caen calderos de agua. Por la plaza de la iglesia-fortaleza, con un impresionante rosetón, solo caminan peregrinos cubiertos con ponchos. La camarera del único bar abierto mira por la ventana: «Admiro su fuerza de voluntad». Dice que el día anterior unos ingleses le pidieron que les preparase de desayuno huevos con beicon. Los asiáticos prefieren arroz.

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Los peregrinos desafían al mal tiempo echando de menos algún refugio El aguacero no frenó a los caminantes, que se encontraron bares y albergues cerrados

Decenas de colegiales cruzan el puente en fila india hacia un desvío complementario por viejas corredoiras enlamadas. Un alemán y una argentina se detienen a leer los mensajes de ánimo colgados en una cruz de hormigón. Siguen por una carretera con granjas de pollos automatizadas. Plantaciones de pinos y, luego, de eucaliptos, que sustituyen a las especies autóctonas, a veces sin respetar los 30 metros de distancia al camino. En Toxibó (Portomarín), un incendio arrasó un pinar. Sobrevivieron los viejos castaños.

El aguacero lanza gotas heladas contra la cara y rachas de 60 kilómetros por hora alzan los ponchos. El agua se cuela por las botas. En un bar cerrado en Gonzar, está aparcado el camión del escuadrón de caballería de la Guardia Civil. Jinetes y peregrinos se resguardan en un porche. Un agente comenta: «Hoy no salimos. Está todo encharcado». La ruta sigue por corredoiras con losas para sortear los regatos. La subida a Castromaior (Abadín) es dura por el granizo y el viento. En el alto se distinguen las cuatro murallas circulares del castro y los fosos. Un italiano mira asombrado: «Increíble». Al poco, un rayo vuelve azul el cielo.

Durante la ruta por viejas corredoiras con vallas de madera enmohecidas pasa un matrimonio mayor asiático. Hacen equilibrios para sortear la lama. Al poco aparece un joven surcoreano rapado con pinta de monje que lleva en la mano un monopatín. Cuenta que se llama Seulho Park, que tiene 29 años y que, cuando trabaja en compañías de exportación, reside usualmente en Los Ángeles, California, Estados Unidos. «Ahora estoy desempleado y voy a Fisterra: llegaré el 13 de abril», explica. Le gustan las montañas, la nieve y el vino. Le acompaña un compatriota que supo del Camino por Internet tras quedar intrigado con las flechas amarillas. Viajó desde Seúl a París para hacer la ruta jacobea. Se interesa por la comida gallega, el pulpo y el marisco. Más tarde, en Las Ventas de Narón, Seulho se sorprende de que el año santo sea en el 2021. El tramo restante a Palas de Rei es de bajada. La lluvia no impide admirar el cruceiro de Ligonde, en Monterroso. Una americana le saca una foto y sigue intrigada. Al poco, un bar ofrece abrazos gratis.

lo mejor

1. Aldea de Ligonde (Monterroso). Su cruceiro enclavado ante un viejo castaño con bancos remite a lo ancestral. Los contenedores de basura de la aldea están cubiertos con cajones, algo elogiable, y la excepción.

2. Escalinata de Portomarín. Espectacular recibimiento, con portal de refugio y vistas al embalse.

3. Área recreativa de Os Chacotes (Palas de Rei). El albergue parece cerrado, pero el entorno de ocio es apacible.

lo peor

1. Plantación de eucaliptos. En Monterroso se ven talas de pinos y plantaciones de eucaliptos sin respetar los 30 metros de distancia.

2. El 1 % cultural. En algunas aldeas se ven carteles de inversión en rehabilitación, pero sin obras.

3. Bares y albergues cerrados. La ruta atraviesa auténticos pueblos fantasma sin un alma por la calle. Bares y albergues están cerrados al mediodía.

«Discutimos mucho, pero ahora andamos kilómetros calladas»

E. V. Pita

Kate Matthews y su madre. Sonia, dicen que hacer la ruta ha vuelto a unirlas

Entre una madre y su hija suele haber riñas. Una buena terapia para reconciliarse es superar juntas chaparrones y rachas de 60 kilómetros por hora caminando por senderos embarrados por el lugar más recóndito del mundo. Andar sin parar bajo un diluvio y en silencio las ayuda a rebuscar lo mejor de sí mismas. Esa es la historia de Kate Matthews, de 20 años, y su madre, Sonia. Discutieron, pero el Camino las unió. Ambas viven en la ciudad de Seattle, en el estado de Washington, sede de la cadena de cafeterías Starbucks, el gigante del comercio electrónico Amazon y la multinacional informática Microsoft, de Bill Gates. Sonia Matthews suelta una carcajada al mencionarle estas compañías, igual que si en China oyes el nombre del Dépor o el Celta.

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