El traslado del punto kilométrico 100 desde Sarria resucita una aldea

La caballería de la Guardia Civil patrulla los senderos por seguridad en Semana Santa

La nueva medición del Camino de Santiago desbancó a Sarria como kilómetro 100 de la ruta francesa. Esta villa era el punto de partida mínimo que garantizaba la compostela. Ahora, el marco está resituado a 15 kilómetros, en una corredoira de la aldea de A Pena, en Paradela. Aun así, los peregrinos siguen llegando a Sarria en tren y en bus nocturno y florecen las tiendas de deportes y los masajes de pies. Si una cama valía 40 euros en O Cebreiro, aquí se pagan 10 por la presión de la competencia. La entrada original al Vigo de Sarria está desviada por unas obras que han desmontado un puente con base medieval. Pegatinas de protesta recalcan que la Unesco lo protege.

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Algunos albergues privados de Sarria ya están en venta. La hospedera Elisa Ruiz y su hermano, tras la jubilación de sus padres, José Antonio Leña y Paloma, venden su alojamiento por 600.000 euros. Pensaron adaptarlo como residencia de mayores. Sopesan montar otro más pequeño en el Norte. «El Camino siempre crece, el tramo francés se ha demonizado por el turismo, pero es un reclamo, vienen con nieve. Queda algún aventurero, pero ahora buscan comodidad sin ampollas ni tendinitis», dice Ruiz.

En un albergue privado, junto a la iglesia de campanario agudo, dos estudiantes erasmus de Milán, Camila y Elena, deshacen sus mochilas. Viajaron en tren desde Pamplona. «Traemos chubasqueros», dice Camila. Ve la predicción del temporal en el móvil. Escribió una tesina sobre el Camino: «Estudié el fenómeno de The Way», el filme de Emilio Estévez. A su amiga Elena le preocupa que el botafumeiro no funcione. Lo leyó en un blog.

Amanece nuboso. El frío corta los labios. En esta tercera etapa, los grupos del WhatsApp están silenciados. Ni idea de lo que pasa en el mundo. En el bar La Escalinata, el taxista recoge mochilas. Su dueño sirve café y tostadas y explica su teoría cíclica: «Neste ano e no 2019 haberá unha baixada de xente, pero subirá no 2020, no ano santo, e logo no 2022».

Cerca de la torre un guardia civil saluda: «Buen Camino». Cerca, en un cruceiro y humilladero, paran unas universitarias del Francisco de Vitoria para rezar. Paulina Mendieta, de Ciudad de México, terminó en Valencia un máster en Ciencias de la Familia y el Matrimonio y explica su viaje espiritual: «El Camino está en mi lista de cosas que hacer antes de morir. Vengo a hallar respuestas, a forjar la voluntad». Un viejo con muletas y luego otro mendigan.

El tramo a Barbadelo atraviesa el bucólico puente medieval de A Áspera, va paralelo a la vía del tren y una dura cuesta arranca por una corredoira flanqueada por castaños y losas con musgo. En la loma, peregrinos en fila india avanzan por unos prados más cosmopolitas que Times Square: una anciana de Singapur, un padre y su hijo de Pekín, un estudiante coreano y la argentina Valeria, que hizo grupo con un alemán y una española.

La neoyorquina Vanessa Illanes (su padre era de Oleiros) reúne a su grupo de peregrinos vip para una visita a la iglesia románica de Barbadelo. Un vecino avisa de que está abierta. En el 2010, Illanes fundó la agencia americana Andarspain de rutas jacobeas de lujo para anglosajones. Duermen en camas rústicas en pazos de amigos en Monterroso, Santa María en Arzúa y Andreade. Beben godellos y ribeiros, degustan pulpo en Melide y celebran la llegada a Santiago con una mariscada. «Han visto The Way, les recuerda a Inglaterra, les gusta visitar iglesias que llevan en pie seis siglos», dice. Ella misma reformó una casa del siglo XVII en Arzúa. Ahora le piden los Caminos Norte, Primitivo y Portugués. El guía es el catalán Álex Porras, que organiza safaris. Llega una furgoneta y sirven al grupo un piscolabis.

La ruta sigue hacia Ferreiros. Un joven peregrino inglés camina en sentido contrario: «Vuelvo a casa desde Santiago», dice.

Vigilancia de la Guardia Civil

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De Sarria a Portomarín con vigilancia de la Guardia Civil La caballería de la benemérita patrulla los senderos por seguridad ante el repunte de peregrinos que se prevé en Semana Santa

Al poco, pasa un escuadrón de caballería de la Guardia Civil. El cabo Carretero cabalga con otros cinco jinetes en sentido contrario «para dar mejor cobertura». El dispositivo de seguridad de vigilancia en el Camino en Semana Santa incluye motoristas, Seprona y vigilancia en cruces. Las infracciones penales en la ruta disminuyeron un 40 %, según el Gobierno. La aldea de Ferreiros es ahora el kilómetro 100,7. La regenta del bar, Berta Díaz, vende barritas energéticas y cuenta: «Ahora llegan buses cargados de grupos que ponen el sello aquí, porque es el punto mínimo. Son españoles con prisa, con una semana de vacaciones». Acaba de montar un albergue privado allí. El Camino sigue, entre regatos y lama, y los romeros se paran a fotografiar la aldea de Parrocha, con una casa ruinosa. «Los dueños viven en A Coruña, ni la venden ni la arreglan», dice una vecina. Cerca del puente de Portomarín, el temporal empapa a todos.

Lo mejor

1. Canalizaciones de regatos. Los altillos de piedra ayudan a mantener la botas secas.

2. Aldea de Parrocha. Los peregrinos se paran a fotografiarla por su aspecto rústico.

3. Altares y cruces con piedras. Los peregrinos dejan mensajes en mojones y apilan pedruscos.

lo PEOR

1. Caminos embarrados. Sí, es un camino milenario, todo está derruido, pero el agua socava el firme. Hay lodo y charcos.

2. Pelegrín descolorido. En una fuente (km. 106) aún luce la mascota del Xacobeo 93.

3. Románico y autocaravana. Ante la iglesia de Ferreiros, hay una caravana, aperos y tendales.

Un negocio de comida picante para satisfacer a los coreanos

e. v. pita

Un extrabajador de Vulcano superó el «tax lease» yéndose a O Cebreiro y abriendo una tienda

«Oye, que yo me quedo a vivir aquí», explicó por móvil el trabajador de una auxiliar del metal Guillermo Lamas, vecino de Chapela. Dicho y hecho. Unos años después, vende comida picante para coreanos en su tienda Peter Pank en Montrás, un guiño a la movida viguesa. Estampa su sello en las credenciales con un curioso personaje: un punki.

Su tienda, en unas cuadras reformadas, atrae a los clientes por sus vieiras pintadas a mano y material de deporte como palos de senderismo, bordones, chubasqueros o mochilas. Los irlandeses compran ciertos productos, otros forasteros, otros. Sin embargo, Guillermo Lamas y su compañera, Olga Rodríguez, se dieron cuenta de que los coreanos miraban mucho pero no adquirían ningún suvenir. En lenguaje comercial, eran turistas de alpargata o de bocadillo. Estos asiáticos son estudiantes sin dinero que sobreviven con la paga paterna, pero son los únicos que dan vida en invierno a Paradela porque en Corea del Sur hay vacaciones hasta febrero. Vienen por razones cristianas y porque sus universidades les dan créditos.

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