Viaje a través de la soledad de la nacional VI

Santiago Garrido Rial
s. g. rial CARBALLO / LA VOZ

GALICIA

Todos los lugares de referencia en los viajes entre Galicia y Madrid languidecen o han desaparecido. La autovía dejó de lado una arteria que forma parte de la historia de Galicia, casi igual que entre Vigo y Benavente

13 dic 2022 . Actualizado a las 18:56 h.

Un recorrido por la Nacional 6 (N-VI), de A Coruña a Madrid, permite ver cigüeñas que anidan en los postes de los arcenes, siluetas de toros de Osborne, millones de grietas en la calzada y baches tamaño bañera; caminantes y corredores; gasolineras, clubes y locales de hostelería cerrados o abandonados, paisajes idílicos, mojones anclados en los setenta, tramos de interminable soledad, establecimientos con nombres gallegos en mitad de Castilla. También se ven coches.

La Autovía del Noroeste lo cambió todo, en esta nacional y en todas. Desde hace más de treinta años, en los primeros tramos cerca de Madrid, y en apenas 20 (muchas fechas de aperturas graduales para referencias) en Galicia. La luz de la velocidad da sombra a la vieja carretera que durante decenios fue la arteria de miles de vehículos entre la capital y A Coruña. Aún se respira esa intensidad pasada, casi vintage, en algunos puntos. Una casete en el coche puede ayudar.

Hay lugares que todos conocen aunque no sepan dónde están, como la Costa do Sal. El largo tramo por Coirós y Aranga parece una comarcal. Antiguamente abarrotado, en 5 minutos pasan un camión, una furgoneta y una garza. Arriba está el primer toro osborniano de los que se verán en el trayecto. En Montesalgueiro cerraron tres gasolineras y la discoteca Atlantic, que juntaba hasta tres mil personas. En el bar Galicia recuerdan cuando las colas llegaban hasta A Coruña, sobre todo los viernes. Los tres años de obras de la autovía fueron como el canto del gallo, aunque el lugar va resistiendo. Poco a poco van apareciendo clubes, abiertos o no, elemento inherente a la N-VI. Como los toros, siempre habrá uno cerca. Imposible citar todos los nombres: Tritón, Liverpool, Las Vegas, La Romántica...

La recta de O Corgo tiene tanto que ver, incluso en la soledad, que merecería un lienzo de El Bosco. Las cigüeñas colonizan los postes, en nidos con parejas que dan para un documental.

En O Cereixal, Becerreá, Carolina y su prima atienden O Forno da Cal, de los pocos restaurantes abiertos en un largo tramo. «En invierno no hay nadie. Con la nieve desviaron coches, y con tan mala suerte que se nos fue la luz». Las quejas serán recurrentes en todo el viaje: en gasolineras, hoteles, bares. Las ruedas eran la sangre y el dinero de centenares de negocios. En Pedrafita, en el bar La Ruta, 56 años al lado de la carretera, los clientes evocan tiempos mejores. «Querías cruzar a rúa e tardabas media hora. E cos almorzos das seis xa facías o día».

Antes de Ponferrada está Las Palmeras, impresionante hotel-restaurante con dos cañones en la puerta y un anexo Xacobeo 93. Era de gallegos. Cerrado, claro. Alberto Bermúdez, camionero de Cerceda, descansa un momento al lado. Echa de menos viejos tiempos. «Antes, a xente falaba, paraba. Agora non, todo teléfono, todo presas. Non hai cartos nin tempo». Coincide con el vimiancés Eusebio Costa, 46 años, más veterano de lo que dice su edad porque ya a los 10 años iba con su padre: «Agora xa non falamos nin pola radio». Todos conocen restaurantes cruciales en sus paradas. Citarlos todos llevaría más tiempo que atravesar Ponferrada. Uno de ellos es La Magdalena, en Combarros. Dentro, un expositor con viejos cedés, otro con carne curada y otro con navajas. Balbino López, de A Fonsagrada, 20 años al volante, acaba de comer y sentencia: «Agora todo vai máis rápido».

La toponimia comercial se sucede por todas partes. El Ruta Gallega, el Galicia... Este, en Riego de la Vega, lleva 44 años abierto. Como a otros, hubo que reorientarle las letras. Su dueño, Francisco Javier Pascual, asegura que aguanta bien, «pero a otros la autovía les hizo mucho daño». No todo es culpa de la carretera: «Es que han envejecido los pueblos». Más adelante hay puntos con cuatro negocios derribados, casi al lado. Como en Mad Max. Otros pueblos recuerdan al Oeste, con casas pegadas al alquitrán, que debieron sufrir de los nervios toda la vida.

En Mota del Marqués está el Botafumeiro. Lo construyó Gonzalo González. «Lioume meu irmán, avarióuselle aquí o coche cando ía para Galicia, ofrecéronlle arrendar o de enfronte, e xa quedamos». Siempre fue bien: «Isto ao principio era unha bomba». Ya no tanto. Van pasando los pueblos: Tordesillas, Rueda, Medina del Campo... Desde Benavente a Adanero la autovía se solapa, y para palpar la N-VI hay que atravesar cada lugar. Algunos tienen más vida que otros. En Rueda, tres mujeres pasean por la vieja calzada y dicen que están más contentas así. Una recuerda las obras de la autovía: «Cuando me casé, hace 32 años. El pueblo ha aguantado bien el cambio».

En Adanero, y ya hasta Villalba, la cosa cambia. Bastantes conductores evitan el peaje de la AP-6. Muchos camiones, buenas vistas, paisaje alto y claro. En Navas de San Antonio atiende la gasolinera un estradense que antes estuvo en una entidad bancaria, que dejó por un ERE. «Para mucha gente aquí, y mucha de Galicia». Todo es subir hacia Guadarrama. Vacas, nieves, verdes, mucha vida. Poco que ver con lo que fue quedando atrás.

La Autovía das Rías Baixas, más reciente, también transformó el paisaje viario entre Benavente y Vigo. Primero, en la Nacional 525, hasta Ourense, y después en la N-120. Mauro Nuevo atiende una gasolinera en Benavente, en la N-VI, antes del enlace hacia Ourense, y curiosamente vive en Colinas (donde murió Cecilia), en plena 525. Así que ha visto todos los cambios, tremendos: «Los pueblos se quedan muertos, pero las autovías son imprescindibles». En el suyo desaparecieron varios bares. En otro de Santa Marta de Tera, un vecino advierte: «Todo lo que pongas de mal, eso y más». De 360 habitantes han pasado a 120. Hay rectas tan grandes y solitarias (y bonitas) que podría despegar un Jumbo. En Sanabria, Óscar Somoza es una institución, desde que su familia fundara en 1876 el hotel Los Perales. Desde la autovía (y la crisis), su negocio ha caído: «Teníamos 52 empleados, y ahora, 12». Y eso que, con presión, lograron que las tres áreas de servicio previstas no abrieran, y así se van manteniendo. Pero nada es lo que era. Lo que cuenta y lo que ha vivido nutrirían un libro. Aquí paraba todo el mundo. Bajando el Padornelo, por Lubián, los petriles parecen de la época romana, de quienes esculpieron la VI más arriba. Hasta Ourense hay mucha soledad, muchos negocios cerrados, muchas travesías con su propia vida interior.

Desde Ourense hacia Vigo, más de 30 kilómetros podrían llamarse ahora la Ruta de la Mimosa. Hay paisajes de cuadro. En A Cañiza (dos hoteles ya han cerrado), los titulares del Kenia, al lado de la carretera, más que la autovía lamentan la apertura de las áreas de servicio. Y así todo.