El pueblo del rey del corcho mira a Galicia

A menos de doscientos kilómetros de la frontera hay municipios que se han especializado y concentran algunos de los sectores que mueven las exportaciones de todo Portugal

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El pueblo del rey del corcho mira a Galicia A menos de doscientos kilómetros de la frontera hay municipios que se han especializado y que concentran algunos de los sectores que mueven las exportaciones de todo Portugal

Portugal ha empezado a pisar el acelerador. Aunque sectores como el agrícola o la pesca siguen en stand-by, otros como el del corcho, el textil o el del calzado dan carburante a esos datos macroeconómicos en los que acostumbra a poner el ojo Bruselas. Esos son algunos de los campos por los que empresas de todo el mundo, incluidas las de Galicia, observan tan de cerca a ese país. A veces como proveedor, en el caso del sector del vino o de la construcción. Otras como fabricante, en el de grupos como Inditex. ¿Por qué? Porque son los mayores productores de corcho -casi la mitad del usado en todo el mundo sale de sus alcornocales-, cosen a precios competitivos con una mayor calidad que sus grandes competidores de China o Bangladés o son capaces de hacer un zapato desde el trazo de cada parte sobre un papel hasta colocar a mano todo el acabado.

Y lo hacen bien. Porque en esas áreas han incorporado el I+D+i a la tradición. Eso se observa sobre el terreno, en los municipios del norte del país que se han especializado en realizar esa actividad. Y no están lejos: a menos de doscientos kilómetros de la frontera. Ellos también miran a Galicia como mercado potencial.

Hay una pequeña empresa en Ribadavia -la única en la comunidad gallega- que fabrica corchos. Cuenta su propietario, Francisco Almeida, que la fundó su padre en los años sesenta. Había emigrado desde un pequeño pueblo al sur de Oporto, donde lo que mejor sabían hacer era trabajar el corcho. Por eso decidió hacer lo mismo al norte del Miño. El lugar donde nació el padre de Francisco está cerca del concello de Santa María da Feira. Justo ahí, en Mozelos, nació también Américo Amorim, apodado por Forbes el rey del corcho y que, hasta su fallecimiento el pasado mes de julio, era el hombre más rico de Portugal.

Ese pequeño punto en el mapa del país, concretamente la freguesía de Santa María de Lamas, ha dado la vuelta al mundo porque es donde Amorim Cork tiene la fábrica de corcho más antigua del país, en activo de forma ininterrumpida desde su puesta en marcha en 1922.

A la entrada hay un gran panel que reproduce buena parte de las revistas o periódicos del mundo que han dedicado su primera plana al corcho. «Lo colocamos para que los trabajadores sean conscientes de la importancia que tiene su trabajo», explica el director de márketing y comunicación de Amorim, Carlos de Jesús. Aunque se ha invertido millones en investigación y desarrollo para abaratar costes de producción y poder competir con el plástico, hacer uno de esos corchos de tacto liso y delicado, exentos de grumos, guarda el efecto del trabajo artesanal. Caldos como un Vega Sicilia o un Petrus no podrían llevar otro tapón. Salen de la fábrica de Santa María, una planta que produce parte de los 5.000 millones de corchos al año de Amorim Cork (la demanda mundial es de 12.000). La misma en la que trabajadores como el broquista Enrique Gonçalves saca de la corteza esos corchos perfectos.

Los tapones representan el 65 % de todo lo que realiza Amorim Cork. Luego está todo lo demás: pavimentos para la edificación civil como el usado por Jordi Bonet, responsable de la construcción de la Sagrada Familia; materiales para la NASA o para casas de moda como Yves Saint Laurent; muebles u objetos de hogar. Los usos del corcho, un material natural compuesto por una combinación de 800 millones de células, son inmensos.

Aunque por lo que se lo conoce es por los tapones. Un 71 % de los que producen las 670 empresas del país distribuidas entre los ríos Duero y Vouga (crean unos 9.000 empleos directos) son para fuera. También llegan a Galicia. En Santa María de Lamas saben lo importante que es la comunidad para la industria. Porque al igual que el suave aleteo de una mariposa en Hong Kong puede provocar una tormenta a miles de kilómetros, el mero gesto de comprar un vino envasado con corcho, o no, puede contribuir a la sostenibilidad medioambiental y al mantenimiento del campo portugués.

Contribuir a la sostenibilidad

Más allá de lo que implica para la economía portuguesa (el valor de las exportaciones del sector ronda 846 millones de euros, según los datos de la Asociación Portuguesa del Corcho), su importancia radica en su sustentabilidad. Los alcornocales que se extienden por el sur del país, no solo protegen el medio ambiente. Recoger la corteza del árbol es uno de los trabajos agrícolas mejor pagados en el mundo: a unos 125 euros por día. Un recolector de uva de California obtiene unos ochenta dólares (62,28 euros) por jornada. Aunque el trabajo se realiza durante tres meses al año, alimenta la economía del hogar al emplear a varias personas de una misma familia. Aunque para recoger la corteza del alcornocal hay que saber, es un trabajo que ayuda a asentar población en algunas de las zonas más depauperadas del país, como el Alentejo. Y genera riqueza. Lo explica Carlos de Jesús: «Galicia es un mercado crucial para mantener todo ese equilibrio sostenible».

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No hay mucho movimiento en Sousa. Al menos de puertas para fuera, no se ve. Levantado a poco más de una hora al noreste de Oporto, la postal de este pueblo del municipio de Felgueiras, con menos de 10.000 habitantes, recuerda a la de una imagen de verano en Avión, Ourense. Coches de alta gama, impolutos, descansan aparcados junto a los portales de lo que parecen edificios de viviendas o casas unifamiliares que se extienden a lo largo de calles como Carvalhal. La diferencia entre Avión y Felgueiras es que al lado de algunas puertas hay placas donde puede leerse el nombre de las empresas que albergan los bajos. Hay una dedicada a las pieles, un gabinete de modelado de zapatos... Otra forma de reinventarse en el rural portugués.

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