El fuego y los caballos

El fin de semana había extendido los fuegos provocados por toda Galicia y ahora se manifestaba en Mondoñedo en su forma más hermosa, la del caballo, como todos los años por As San Lucas


Tan pronto como entramos en Galicia, el cielo se cubrió de humo gris oscuro. El tren subía lentamente camino de A Gudiña y ya se veían incendios a lo lejos. Se extendían por todo el horizonte, algunos tan lejanos que parecían fogatas. Más adelante, encontramos llamas junto a la vía, quizá a cincuenta o cien metros. Unas vacas asustadas corrían, las unas alrededor de las otras, buscando protegerse un pentecostés ardiente. A medida que nos internábamos en la provincia de Ourense, el humo era cada vez más denso. El viento del sur soplaba con fuerza, un aliento sucio que lo envolvía todo.

Iba de Madrid a Lugo, y luego a Mondoñedo, para ver la feria de As San Lucas, la más antigua de Europa. Como poco, son setecientos años los que los mindonienses llevan bajando caballos cada otoño desde las ásperas sierras, para exhibirlos y venderlos en el campo de la feria, junto a la Alameda dos Remedios. La leyenda dice que, a estos potros del monte, más bien libres que salvajes, los engendra el viento frío del norte. Mientras los esperábamos en la plaza de la catedral llena de gente, me contaron que el humo de los incendios había llegado también hasta allí, como ha llegado a toda Galicia, como una comunión de ceniza. Pero el cielo era entonces nítido. El soplo rápido del norte empujaba unas nubes, blancas y limpias como la ropa tendida.

Aparecieron entonces los caballos. Llegaban, grea tras grea, bajo esa luz dorada de otoño que hace que todo parezca más antiguo, porque es casi como un virado a sepia. Si uno cree las leyendas, el viento puede tomar la forma de la lumbre o la forma del caballo. El fin de semana había extendido los fuegos provocados por toda Galicia y ahora se manifestaba en Mondoñedo en su forma más hermosa, la del caballo, como todos los años por As San Lucas. Era como una visita del espíritu protector del bosque, que los caballos cuidan al alimentarse del monte bajo.

Los historiadores se ríen de Calígula porque nombró senador a su caballo, y yo creo que fue lo único sensato que hizo. Swift, en Los viajes de Gulliver -en la cuarta parte, que nunca se publica en las versiones para niños- imagina la utopía de un mundo gobernado por una raza de nobles caballos. Gulliver los encuentra en una isla cerca de Australia, enfrentados a los despreciables yahoos, que Gulliver descubre, con horror, que no es otra cosa que el nombre que reciben allí los seres humanos.

Al caer de la tarde participé en la catedral en una ofrenda al mariscal Pardo de Cela, cuya cabeza parlante rodó un día por el pavimento de la plaza. Me tocó improvisar unas palabras y solo se me ocurrió pedir un capitán como él para luchar contra nuestro enemigo del siglo XXI, el fuego que amenaza nuestro paisaje. Al día siguiente visité el ferial y compré unos cuchillos de Taramundi, como siempre que voy a una feria luguesa. Luego me tocaba regresar. En el camino a Lugo el cielo se volvió plomizo, y pronto empezó a llover con intensidad. El agua, consciente de que llegaba tarde para evitar el desastre, parecía querer hacerse perdonar con un diluvio. Pero no servía ya de nada.

Los viajes de vuelta son recapitulaciones. En el tren, ya no había fuegos a los lados de la vía. En su lugar había caído un silencio gris de ceniza. Los árboles quemados, muñones que semejaban postes de telégrafo, nos acompañaron hasta salir de Galicia como una lúgubre escolta. Y justo después de pasar A Gudiña, vi a lo lejos un caballo pequeño, paciendo en un remiendo de hierba. Un golpe de viento. Luego un túnel, luego la luz.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
22 votos
Comentarios

El fuego y los caballos