Galicia trabaja contrarreloj para salvar dos millones de topónimos

La mitad de las entidades de población de España están en territorio gallego


redacción / la voz

Al final, es una lucha titánica. Una continua batalla contra el olvido. Contra el fundido a negro. Contra la desaparición de miles de nombres que van tejiendo la historia de Galicia. Ha pasado. Pasa hoy. Y volverá a pasar mañana. Alguien muere. Con él, se lleva un pedacito de la historia de su aldea. Y ya nadie recuerda que aquellas fincas se llamaban A Lameira. Que aquello lleva por nombre Fonte Gorgullón porque las corrientes subterráneas borbollan tras las lluvias del invierno. Que cada roca de esa parroquia tiene un nombre concreto. Que acá, en Pomares, lo que crecían eran manzanos. Que allá, en Carballal, hacían lo propio los robles. Lo que ha emprendido la Administración es el combate definitivo. La contienda contra la ignorancia. Es rescatar dos millones de topónimos antes de que desaparezcan para siempre. Esa guerra lleva un nombre. Proxecto Toponimia Galega.

La mitad de las entidades de población de España están aquí, en Galicia, cuyo nomenclátor se nutre de una larguísima lista de 41.409 topónimos. Ese nomenclátor, sancionado por la Xunta, compone la conocida como toponimia mayor, la que no está en peligro. Porque es oficial. Y porque lo que se escribe no se desvanece. Pero dentro de esos nombres de concello, de parroquia, de aldea, hay otros muchos. Los que sirven para denominar un camino. O un conjunto de fincas de labradío. O un accidente geográfico. Una colina. O un monte. Una lista mucho más larga. Larguísima. De un millón y medio de nombres, según los cálculos de los encargados del proyecto. De entre 45 y 50 nombres por kilómetro cuadrado.

Es lo que se llama la microtoponimia. La que apela a la cotidianidad. A la fauna y a la flora rica y diversa que hay en Galicia. Al aprovechamiento que se ha hecho del territorio durante siglos. Durante milenios. La que hace a Galicia única en el mundo. No hay otra región que haya puesto tantos nombres a la tierra. La que está en peligro porque solo existe mientras viven las personas que la usan. La que hay que salvar del olvido permanente. En los últimos diez años, se han ido recogiendo cerca de medio millón de microtopónimos en el 30 % del territorio de Galicia. En algunas zonas, la densidad media es mucho más baja que esos cincuenta nombres por kilómetro cuadrado. Ocurre, sobre todo, en zonas de montaña, donde un microtopónimo abarca una gran extensión de terreno. En otros, cada dos pasos uno entra en un lugar nuevo. Porque la densidad es tal que se acumulan 160 microtopónimos por kilómetro cuadrado. Como Cangas.

Pero esa necesidad de poner nombres no se queda en tierra. También la costa y también el mar son parcelados, repartidos, nombrados. La talasonimia de Galicia se compone de otro medio millón de nombres en auténtico peligro de extinción. Las cartas náuticas dan cuenta -a veces castellanizados, deformados- de nombres de playas, de islas, de grandes piedras de la costa. Pero no recogen los nombres de los pasos por los que las embarcaciones saben que no van a encallar, ni aquel lugar donde hay muchos sargos o aquel otro donde hubo un hundimiento. Esos nombres, de nuevo, solo existen mientras estén vivos los que los recuerdan: los marineros.

Utilidad

No se trata solo de una cuestión de conservación patrimonial, que también. Es que saber llamar a los sitios por su nombre es útil. Mucho. «O lugar a onde ten que dirixirse un helicóptero, onde hai un ferido, onde houbo un accidente ou onde hai que dar unha licenza de obra, sen ir máis lonxe, hai que saber situalo con precisión». Lo explica el secretario xeral de Política Lingüística, Valentín García. Así que recopilar todos y cada uno de los nombres de esa lista de dos millones permitiría, por ejemplo, situar más rápido a los efectivos que luchan en la extinción de un incendio forestal. O que los servicios de emergencia sepan exactamente dónde ha ocurrido un accidente. «A toponimia ten unha utilidade moito máis ampla do que pensamos», tercia el secretario xeral. Lo gritaba, manguera en mano para mantener las llamas a raya, una vecina de Soutomaior el verano pasado: «Vivimos na era dos Pokémon e non temos un GPS para localizar un lume».

Ese grito lo recuerda Vicente Feijoo, responsable del proyecto de microtoponimia. Y por esto se están georreferenciando todas y cada una de las aldeas de Galicia. Para que no vuelva a ocurrir que una ambulancia no supo llegar a una aldea en Bueu. «Se tes todas as aldeas xeorreferenciadas calquera vehículo pode chegar». Si hay coordenadas, los servicios de emergencia tienen que saber dónde es. Pero, sobre todo, «a toponimia é unha obra colectiva de todos os galegos e a conservación debe ser tamén colectiva», tercia Feijoo.

En el 2018 habrá un nuevo nomenclátor con más entidades de población

Si todo discurre según lo previsto, antes de que termine el 2018 Galicia habrá repasado, corregido y aumentado su toponimia oficial y la Xunta dará luz verde a un nuevo nomenclátor. Serán más las entidades de población que se contemplarán, hasta llegar a las 39.000. Porque en el país más envejecido de Europa, en el que la población va a la baja, siguen apareciendo aldeas. Ahora se llaman urbanización. Y ahí está otra lucha. La de conseguir que esos nuevos asentamientos conserven los nombres tradiciones. Y que las calles se llamen Ameneiro, o A Costa Grande, o Pedrido. Y que la lista de los dos millones no siga diezmándose.

Porque los topónimos fueron apareciendo poco a poco en un territorio que ya estaba habitando antes de la llegada de la romanización. De hace más de dos mil años son algunos de los nombres que hoy se conservan. Otros hacen referencia a la orografía voluble, suave y redonda de Galicia. O a la actividad que allí se ejercía. ¿Por qué tantos? Porque en el ADN gallego, entre la tiamina y la citosina, está el minifundismo. Y ese apego a la tierra que obliga a partirla, a repartirla y a diferenciarla con un nombre.

Veinte años sin transmitirlos

La pregunta que está en el aire no es ya por qué tantos, sino por qué menos. La respuesta no es complicada. Porque los nombres no se transmiten. Porque hace veinte años comenzó la fractura. Los hijos ya no asían el arado y no tenían que localizar su pedazo de tierra. Emigraron a la ciudad. Se vaciaron las aldeas y en ese silencio se callaron también los nombres. O llegaba la concentración parcelaria. Y las excavadoras. Y se abrían nuevas calles. O se asfaltaba la nueva autovía y bajo el alquitrán quedaban sepultados para siempre los microtopónimos que, si no se recogen, no vuelven a utilizarse.

El futuro, de no hacer nada, y de no hacerlo rápido, es negro. Porque en diez años pueden desaparecer la mitad de los microtopónimos que hacen de Galicia un territorio único. Para detener el avance del silencio perpetuo, además de una aplicación colaborativa y de un nomenclátor actualizado, los responsables del proyecto de toponimia también renovarán su portal. Y ya se ha puesto en marcha un proyecto europeo que abarca la eurorregión Galicia y norte de Portugal: GeoArpad tiene una financiación de 230.000 euros para conocer, conservar y utilizar ese gran patrimonio inmaterial.

Portugalete, Roma, Segovia y Benavente sin salir de Galicia

tamara montero
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La roca más famosa es la Pena de Anamán, en Entrimo, guarida del que fue el Robin Hood gallego

Ruta de Portugalete a Segovia. Es un trayecto largo, así que mejor hacer paradas. En Noia, en Lalín y en Monterroso. Sí. De Portugalete a Segovia es mejor ir por el corredor de Noia y por la autovía de Lalín. Portugalete, el de Muros, porque desde el de Carballeda no hay ni que hacer paradas. Se pone uno en apenas una hora. Cien kilómetros por el corredor de Monforte. No habrá acueducto. Porque Segovia está en O Corgo. Como Roma en Barbadás y Exipto en Boiro. Son solo algunas de las coincidencias curiosas que se dan en el vasto patrimonio toponímico de este país, del que suele salirse haciendo una parada en Benavente. El de Zamora. Porque el nuestro está en Santiago.

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