La USC concede becas a dos sirios refugiados que estudian Medicina

Kamal huyó amenazado de muerte y Zaid deberá enrolarse si regresa a su país


santiago / la voz

Kamal Aldalati y Zaid Alhamwy son estudiantes de la Universidade de Santiago. Pero además son sirios y ninguno de ellos puede regresar a su país; Kamal, que tiene 28 años y estudia Medicina, porque estaba amenazado de muerte. Zaid, de 33 años, casado y con un hijo que pronto cumplirá tres, porque no hizo el servicio militar y sabe que en cuanto cruce la frontera lo enrolan en el ejército y su destino es la guerra. La suerte de ambos dio un vuelco hace dos años cuando lograron el estatus de refugiado y esa buena estrella se apareció de nuevo ayer cuando recibieron de manos de la vicerrectora de Internacionalización de la USC, Almudena Hospido, las credenciales de las dos primeras becas que la institución compostelana concede a personas refugiadas. Se financian por un acuerdo del Consello Social de la USC con una vigencia de cinco años. «Este curso benefícianse dous estudantes, que nos vindeiros anos poderían prorrogar a súa bolsa, ademais de entrar outros novos», subrayó Hospido en el inicio de un acto de bienvenida en el que la USC abrió las puertas al millar de alumnos extranjeros que este curso pasarán por sus aulas.

Los dos beneficiarios de las becas, totalmente integrados en el ambiente universitario y atreviéndose a sonreír en gallego, llevan ya dos años en Santiago, ciudad a la que llegaron por distintos motivos, pero en ambos casos torticeros, como el de cualquier ciudadano sirio que sabe que su país es la guerra.

Zaid se graduó en Medicina en Alepo y en el 2010 obtuvo una beca para cursar un máster en Granada. Entonces estalló la guerra, y supo que ya no podía volver. «No hice el servicio militar obligatorio y nada más cruzar la frontera me enrolarían en el ejército». Todavía pudo conseguir un visado para su mujer y en Andalucía nació su hijo. «Pero había muchos problemas de papeleo, yo no podía trabajar y al niño no le daban el pasaporte. En esa situación decidí pedir el estatus de refugiado y me lo concedieron; espero poder regularizar mi situación con los beneficios que eso conlleva; entre otras cosas, poder convalidar mi grado de Medicina». Mientras espera, cursa el doctorado en Santiago, tras ganar una beca en el 2014. La que ahora le otorga la USC como refugiado es de poco más de 500 euros al mes, «pero yo espero trabajar en lo que sea, ya lo hacía en Granada; de guía, de conductor... Tengo un piso alquilado y ahora tenemos también a mi suegra con nosotros; la beca no da para todo».

Pero se siente feliz y afortunado. Lo mismo que Kamal, que se entusiasma cuando dice: «Me encanta Santiago». Aunque lo cierto es que la expresión le cambia si recuerda las circunstancias que le obligaron a huir de su país. Kamal era anestesista y realizó trabajos forzosos para el ejército. Cuando estalló la guerra fue voluntario en un campo de campaña. «Tenía que hacerlo, eran mis vecinos, mis primos...». Pero el Gobierno no lo vio con buenos ojos y pasó a engrosar la lista negra. Se dio cuenta de que debía huir cuando mataron a un taxista con su mismo nombre. «Se equivocaron, pero entonces supe que iban a por mí». Llegó al Líbano y allí obtuvo un visado para Madrid, donde estuvo en un centro de refugiados. Luego pidió asilo y le concedieron una beca Erasmus para estudiar en Santiago. No le convalidaron los estudios, tuvo que empezar Medicina. «Al final fueron cuatro años perdidos», subraya fastidiado. Pero piensa hincar los codos, porque de ello depende el futuro de la familia que quedó atrapada en Siria y de la que tiene desperdigada por Europa. Por eso ahora su hogar es un campus universitario.

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