«Cuidalos é unha lei de vida»

Hacerse cargo de familiares cercanos es algo habitual en muchos hogares gallegos como el de Pilar, que cuida de tres personas de más de ochenta

Pilar (primera por la izquierda), junto a su familia y a Eva María (segunda por la derecha) que le ayuda en casa.
Pilar (primera por la izquierda), junto a su familia y a Eva María (segunda por la derecha) que le ayuda en casa.

redacción / la voz

Las hojas de los carballos hacen sombra sobre la carretera que conduce a Guilfrei, en el concello de Becerreá. Por el arcén se ve a algunas personas paseando y observando el frondoso paisaje. Parecen veraneantes. Hoy Alejandro conduce montaña arriba para ir a casa de Pilar. «¡Esta mujer es de las que no hay! Es admirable. Tiene un montón de trabajo, pero ahí está. Al pie del cañón», comenta por el camino. El coche pasa un cruce y tuerce a la derecha. Ahí queda una vieja taberna que ha echado el cerrojo. «En estos pueblos de la montaña he ido observando -dice este trabajador social- que ocurre un poco lo que pasa en Alaska, que cada vez que cierra un bar o una tienda es como una primera huella que marca la muerte de un pueblo». Puede ser.

Continúa montaña arriba. De repente, Alejandro para el coche. Llegamos. Justo a 760 metros de altura sobre el nivel del mar. «Imagina esto en invierno», explica. Hay días en los que nieva tanto que es complicado bajar hasta el pueblo.

-«¡Hola, cómo vai!», saluda a un hombre que pasea delante de la casa. Es el suegro de Pilar. Acaba de desayunar y ha ido a dar una vuelta. Aunque cada noche va a dormir a su casa, a unos sesenta metros de la de esta vecina de Guilfrei, realmente lo cuidan en casa ella y su marido. Ahí viven también Francisco, que cumplirá los noventa en octubre, y Ginés, que tiene justo diez años menos. Los cumplió esta semana. El primero es tío abuelo de Pilar y el segundo es hermano de Pepe, que tiene 89. «Francisco é un tío que vivía na mi casa natal co meu pai porque miña nai morreu cando era nena e ao morrer él e quedar só trouxémolo para aquí. Ahora ten alzheimer. Non me gustaría que estivera nun centro. Cuidalos é lei de vida», explica Pilar.

Esta mujer tiene acogido a Francisco, una fórmula muy utilizada en zonas rurales cuando alguien se responsabiliza de una persona que no es familiar directo. También cuida de Ginés, que hace más de veinte años, sufrió un accidente laboral y nunca se recuperó. «Traballaba nunha serra e caeulle un tronco na cabeza», explica. Los dos acaban de desayunar hace un rato y están sentados en la cocina. Tienen el televisor encendido. «Podía telos na cama, pero non me gusta. Gústame levantalos porque lles ven moito mellor que estar deitados», explica Pilar.

Organizarse para atender a tres personas mayores no es fácil. Además Pilar tiene una hija de dieciséis años, Yanire, y otro hijo, Borja, de dieciocho. Cada día ha de llevarlos en coche al instituto a Becerreá y luego irlos a buscar. Son unos 11 kilómetros para ir y otros tantos para volver. Hay dos días que han de quedarse a comer en el pueblo porque ya no le dan las horas. Pero no solo eso. Porque los dos juegan al fútbol. Borja en el San Roque, en Lugo, y Yanire en el Friol. «Hai que levalos tamén aos entrenamentos», cuenta esta mujer., calificada por Alejandro como la supermujer.

Su día a día comienza a las 7 de la mañana y se prolonga hasta la una de la madrugada. Su hermano tienen casa en Sanxenxo y antes, durante el verano, pasaban unos días de vacaciones por allá pero ahora ya no pueden. Lo primero es lo primero.

Con tanto trabajo, Pilar pidió la entrada en el programa que coordina Alejandro en el municipio y le han concedido 70 horas de ayuda a domicilio. Entonces llegó Eva María. Le ayuda a levantarlos, asearlos... va de lunes a viernes. «Non a cambio por nada», dice Pilar. Y se ve que hay feeling, que prácticamnete es parte ya de la familia. Son una gran familia en la que conviven varias generaciones. Se respira amor, mucho amor.

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