El centro Vieiro es un pequeño local en el casco viejo de Santiago que a primera vista parece poco, pero que va creciendo a lo largo del día. Abre temprano, a las ocho, cuando empieza a recibir usuarios que llegan a desayunar. Muchos vienen de dormir en la calle, en la dársena de Juan XXIII, que se ha convertido en la mejor alternativa ante el cierre desde marzo del refugio para transeúntes. Café con leche, cereales, galletas y zumo que la gente se va sirviendo en régimen de autogestión. Son ex prostitutas, ex toxicómanos, pies negros, enfermos mentales o de VIH... un colectivo heterogéneo con una característica común: solo tienen aire en los bolsillos y la sociedad no los quiere. Al menos no los quiere ver. Son los invisibles.
Allí, en Vieiro toman cuerpo y leen el periódico, lavan su ropa, guardan la mochila, participan en algún taller, se duchan, ven la tele, tal vez consiguen una pequeña ocupación que les reporte unos euros. Hoy hay un taller de escritura creativa. Aunque por el centro pasan más de medio centenar de personas al día, solo cuatro prestan atención al monitor, que ha puesto en el vídeo el cortometraje Coruña imposible . Un actor se levanta por la mañana, abre la puerta del balcón y se encuentra en medio de la plaza de María Pita. Tras diez minutos de angustiosas peripecias, regresa a casa, abre la puerta y vuelve a estar en la plaza. Se abre un cinefórum: «La película significa que, por mucho que intentes dejarla, siempre acabas en la calle», comenta uno de los chicos. ¿Qué otra lectura se podría hacer en semejante lugar?
No hay problema para escuchar sus desventuras. Te las cuentan a lo vivo; les sobra el tiempo. Juan Antonio, 35 años, esposado a la metadona tras la historia de siempre. Este mes no podrá pagar el alquiler, le han denegado el Risga a él y a su mujer. Pasarán meses hasta que se solvente el error administrativo. Hasta entonces no tienen nada.
-¿Y cómo haces para sacarte unas pelillas?
-Mejor no te lo cuento.
Carmen, de 41, ex prostituta, que salió alguna vez de los pubs de Santiago como una reina y otras a golpes, muchos golpes. Un curso de camarera de hotel la rescató del infierno y la metió en el mercado de trabajo, hasta que el paro la ha vuelto a dejar sin nada. Y por allí anda. Como José Antonio, que recorrió Europa caminando y ahora se quiere quedar en Santiago, si no lo encuentran. O Leo, que tiene 28. Hace unos años era camionero, estaba casado y vivía en un piso de la ciudad. Se divorció, perdió el curro y está en la calle desde abril. También duerme en la dársena: «No puedes dejar que la calle te enganche -dice convencido-, tienes que mantener la conciencia de que algún día vas a salir de ahí».
Sobrevolando todas esas vidas extraviadas anda Patricia, la responsable del centro. Joven, pero con una mochila de experiencia con la que no todos podrían cargar. Quizás porque filtra todo ese dolor con una gasa de humor que le hace llamar sala de usos múltiples al triste espacio que comparten el lavadero y la mesa donde se imparten los talleres, o « casting para la operación Sacho» a las entrevistas que se están haciendo para iniciar un proyecto de horticultura en una finca de Cáritas.
En verano, el centro cierra a las tres y sus pobladores salen de nuevo a las calles de Santiago, con la mochila a cuestas y la incertidumbre cotidiana. Buscarse la vida para cenar, para fumar un cigarrillo. Y, con el albergue cerrado desde marzo, a muchos les espera otra dura y fría noche en la dársena.