El nuevo organigrama del Gobierno arrebata a los barones del PP la estructura que ayudó a tejer las redes clientelares del fraguismo
26 abr 2009 . Actualizado a las 02:08 h.«Aquí ninguén atopará cuotas, nin de tipo persoal, porque a elección está fundamentada na capacidade; nin de tipo territorial, porque Galicia é única». Con esta sucinta observación, Alberto Núñez Feijoo aprovechó, el lunes pasado, el discurso de cierre en la toma de posesión de sus conselleiros para rubricar entre líneas el epitafio del criterio de cohesión interna entre las distintas baronías del PP que Fraga convirtió en regla inviolable para equilibrar todos sus equipos.
Tanto la configuración del nuevo Gobierno como, sobre todo, el vuelco en su estructura orgánica representan el cambio de mayor alcance político en el entramado de poder provincial asociado a la Xunta. La apuesta por una Administración necesariamente más austera en tiempo de crisis ha propiciado el golpe definitivo de Feijoo a un modelo que permitió tejer sólidas redes clientelares y que, en definitiva, resultó decisivo para cimentar las mayorías absolutas encadenadas por el fraguismo.
Menos margen de maniobra
La ruptura del esquema de delegaciones provinciales, con la concentración en cinco delegados de una estructura que tuvo 52 en la etapa del bipartito, limita de forma extraordinaria el margen de maniobra de los barones. De hecho, el compromiso con la supresión de cargos directivos se nutre del pinchazo en la Administración periférica. El 70% de los 66 puestos con derecho a coche oficial que se eliminan corresponden a delegados provinciales. Pero el impacto del nuevo organigrama en términos de merma de poder político va mucho más allá del mero recorte numérico de puestos. No son solo 47 delegaciones menos, son 47 altos cargos que los presidentes provinciales del partido no podrán distribuir a la medida de sus intereses. Por supuesto, los cinco superdelegados, en cuya elección se presupone una clara intencionalidad de promoción partidaria, dispondrán de margen de maniobra para escoger a la decena de secretarios que llevarán los asuntos de cada consellería, a los que se encargarán de que el sistema periférico funcione, pero ya no serán altos cargos, sino funcionarios dedicados a la gestión. Feijoo reconduce así la influencia de los barones a las alcaldías.
Arropando a los conselleiros
La misma mañana del lunes en la que el líder del PPdeG proclamó el final de los Gobiernos de cuotas, Rafael Louzán y Carlos Negreira recorrieron los pasillos de San Caetano para flanquear a algunos conselleiros en los relevos con sus predecesores. Xosé Manuel Barreiro, en cambio, fue el gran ausente del acto de toma de posesión del nuevo Gabinete, al que sí acudió José Luis Baltar. Aunque el pinchazo en el poder provincial afecta a todos los barones, las diferencias en su intensidad son elocuentes.
La primera pista está en la propia composición del Consello de la Xunta. Louzán y Negreira pueden jugar a reivindicar para su causa los nombramientos de Agustín Hernández, Javier Guerra, Pilar Farjas y Beatriz Mato. No lo harán, porque ya dice el presidente que no hay cuotas por las que responder. Pero los dos acudieron raudos a arropar a Hernández en el simbólico traspaso con Caride. Ni Barreiro ni Baltar tuvieron esa opción. En el Gobierno no hay representación lucense, y el único ourensano, Jesús Vázquez (Educación), llega de Madrid.
Pese a la insistencia de Feijoo en su mensaje de que ha reclutado a los mejores sin pedirles afiliación política, muchos evocan ahora el apoyo decisivo que los aparatos del partido en Pontevedra y A Coruña le brindaron durante el proceso de sucesión de Fraga. Barreiro era entonces el contrincante amable, y Baltar trataba de subsanar, ya con el desenlace cantado, la afrenta que obligó al de Os Peares a mudarse a la candidatura pontevedresa para las autonómicas. Sucedió hace cuatro años, aunque las tornas en el PP han virado tanto que parecen muchos más.
Con la nueva estructura provincial a punto, a los barones solo les queda que Feijoo respete sus propuestas en la designación de los delegados, que se resolverá en la semana entrante.
Control presidencial
Louzán y Negreira están tranquilos. José Manuel Cores Tourís, alcalde de Cambados, ya ha sido confirmado para Pontevedra; y Diego Calvo, mano derecha de Negreira en el partido, asumirá el cargo por A Coruña. Para Vigo se perfila Joaquín Macías, una vez que Corina Porro ha sido acomodada en el Puerto. En Ourense es probable un gesto con Baltar, en la elección de Rosendo Fernández en detrimento de Rogelio Martínez. Pero en Lugo vuelven a pintar bastos para Barreiro. Feijoo apostará de nuevo por Raquel Arias, a la que ya convirtió en cabeza del cartel lucense en las autonómicas en contra del criterio del presidente provincial. Para redondear la nueva estructura, los cinco delegados con rango de director xeral dependerán orgánicamente de Alfonso Rueda, el hombre de Feijoo en el partido al que ha confiado Presidencia.
«Dicían que o PP facía o Goberno para contentar ás provincias». Feijoo lamenta así que la «oposición bipartita» no le reconozca el valor de dinamitar las estructuras provinciales que sustentaron el caciquismo. En plena crisis, su golpe de efecto en clave interna ha quedado solapado por el ahorro que debe reportar a las arcas autonómicas. El siguiente paso puede llegar en dos semanas, en un congreso del PPdeG en el que nadie discutirá nada al presidente.