Héroe a los 4 y tras caer a un pozo

GALICIA

Un niño de Ribeira se precipitó por un hueco de unos 30 metros de profundidad: con el agua a la cintura, resistió agarrado a un tubo hasta que lo rescataron

24 mar 2009 . Actualizado a las 02:15 h.

Marquiños, de 4 años, y Andreíña, de 7, jugaban en el lugar que satisfaría a cualquier padre. Es un amplio jardín vallado por todas partes y anexo a la casa de sus abuelos, en una aldea de Ribeira; ideal para que los críos disfruten mientras los mayores les echan un ojo desde los ventanales. Pero la pillería infantil hizo que ese espacio se convirtiese el pasado domingo en una trampa. A las tres y media de la tarde, el menor de los pequeños se encaramó a un pozo que hay en la finca, cuya boca estaba tapada con una chapa de hierro y sellada con silicona. El niño saltó sobre ella hasta que ocurrió lo peor: la chapa cedió y él fue a parar dentro del pozo. José Mariño, tío del pequeño, recordaba ayer los detalles del día en el que su sobrino «volveu nacer».

Cuenta que fue la hermana de Marquiños quien, tras oír gritar al niño desde el interior, dio la voz de alerta. Rápidamente, tanto el tío como los abuelos y la madre de las criaturas -el padre es marinero, y está faenando en Marruecos- salieron de casa y descubrieron que, efectivamente, el niño se había colado por un agujero que, según calculan, tiene entre 25 y 30 metros de profundidad. Creen que tocó fondo y subió de nuevo hasta que, con el agua a la cintura y empapado de pies a cabeza, pudo agarrarse a un tubo de hierro ubicado a diez metros de profundidad. Ahí empezó media hora agónica en la que Marquiños demostró que tiene madera de héroe.

Aunque estaba asustado y gritaba: «Tío Yeyé -así llama a José-, baixa por min, non me deixes», hizo caso en todo momento a lo que le decían su madre y su tío. «Insistiámoslle en que non se soltase do tubo, que se agarraba ben, e así o fixo el», recuerda un José al que aún se le ponen los ojos rojos al hablar.

El hombre se emociona y dice que, pese a su experiencia como trabajador de protección civil, le costó mantener la calma. «Había moitísimos veciños, a avoa practicamente desmaiouse, e eu estiven a punto de botarme polo neno, porque era moi duro escoitalo berrar e non facer nada por el. A súa nai era das máis tranquilas, e faláballe todo o tempo ao neno», relata.

Con arneses

Gracias a que sus allegados lo tranquilizaron, finalmente José aceptó esperar con su familia a que apareciesen los miembros de los servicios de salvamento, que, al parecer, llegaron en tiempo récord al jardín. Así, una media hora después de la caída, y habiendo demostrado una calma impropia de un niño de su edad, Marquiños podía al fin abrazar a un bombero que, sujetado por un arnés, había bajado al pozo para rescatarle.

El niño salió llorando, con síntomas de hipotermia y algunos arañazos. Y, aunque tuvo que ir directo a la ambulancia, desde el primer momento hizo que los llantos de consternación de sus familiares se tornasen en lágrimas de emoción. «Víalo que estaba ben, aínda que necesitaba que o mirasen», recuerda el tío. Y los hechos le dan la razón. Solo unas cuatro horas después, sobre las ocho de la tarde, el crío salía feliz y contento por la puerta del hospital. Eso sí, peor lo pasó de noche, cuando, al parecer, soñó con esa tarde de pánico.

Ayer, mucho más tranquilo, Marquiños quiso que su tío lo llevase a ver a los bomberos que lo sacaron del atolladero. Cuando los vio, les dio un beso y las gracias. Pero también volvió a demostrar que es un gran pillo: aprovechó la visita al parque comarcal para montarse en los camiones rojos que allí había. «Andou por todos, pasouno moi ben», dice su tío dando fe de la salud de roble del muchacho.