El centro público de A Picota ha enterrado, en menos de un decenio, a ocho compañeros de una misma generación muertos en el asfalto y el andamio. El último hace unos meses
07 ene 2009 . Actualizado a las 10:25 h.Los alumnos del pequeño colegio público de A Picota, en el municipio coruñés de Mazaricos, están acostumbrados a lidiar con el dolor y a comprobar cómo el infortunio se ceba con ellos, una vez tras otra. En los últimos diez años han visto impotentes cómo la carretera y la obra les arrebataban, sin aviso previo, a ocho de sus compañeros.
Desde la comunidad educativa entonan la autocrítica. «Algo falla» en esta escuela de 275 alumnos y en este concello rural de 5.050 habitantes para que la oferta de ocio termine cuando acaba la juerga del sábado en Santa Comba y para que los jóvenes hayan convertido el carné y el coche propio, en una aspiración casi religiosa.
En la dirección del centro lo tienen claro. «Aquí a visión dos rapaces é esa e os pais teñen que darse conta de que ningún neno se traumatiza por dicirlle que non. Hai que romper con esa inercia do ''teñen que ser coma todos''».
Fracaso escolar
Para padres, vecinos y responsables educativos la receta es sencilla: abandono escolar temprano, un trabajo poco especializado en la construcción, un sueldo generoso a base de horarios interminables y un coche potente que, unido a una noche de juerga y un par de copas de más, llevan a un final conocido. Pero las explicaciones fáciles, en general, no funcionan, y en este caso concreto tampoco sirven.
David Lado ni siquiera tuvo tiempo para saber a lo que quería dedicarse, ni tampoco se había apuntado a la autoescuela cuando, en plena adolescencia, la moto que conducía otro compañero del colegio lo atropelló a escasos metros de la casa de sus padres, en la parroquia.
Elvis Caamaño ni venía de fiesta ni había bebido. Se dirigía por la mañana temprano a su recién estrenado trabajo cuando la tristemente célebre vía rápida de Barbanza lo privó de una segunda oportunidad, a él y a la familia que se cruzó en su camino.
Víctor Fornís salió en pleno día dispuesto a disfrutar de una jornada que mezclaba sus dos grandes pasiones: las motos y los amigos. Sus compañeros de ruta se dirigían a la villa marinera de Laxe, pero tuvieron que volver a medio camino porque él se había quedado debajo de un tractor a apenas unos cuantos cruces de su casa.
José Manuel Riveiro apuraba sus últimas opciones para no convertirse en un excluido más del sistema educativo. Iba a Santiago para someterse a los exámenes que dan derecho al graduado en ESO. El compañero que conducía el coche consiguió salir adelante, después de muchas horas de hospital y varias intervenciones médicas, pero él no tuvo tanta suerte.
«No seu mellor momento»
Mario Cives tenía un trabajo estable en la central de Ferroatlántica y acaba de abrir junto a su novia el bar en el que, todavía hoy, se reúnen la gran mayoría de sus amigos, tal y como a él le hubiese gustado. «Estaba no seu mellor momento», coinciden todos. Había vendido la moto a raíz de la muerte de su gran amigo Víctor y estaba pensando en deshacerse del BMW deportivo porque, según relató él entonces, «gasta moito e non están os tempos para correr». Pero esa noche de hace poco más de dos meses, cuando le quedaba una semana para cumplir los 25, lo cogió por última vez.
José Manuel Santiago y Lino Martín Antelo tuvieron que irse de un municipio en decadencia en el que no había trabajo para ellos. En el momento fatídico no pudieron agarrarse al andamio que durante tanto tiempo les había proporcionado el sustento.
Javier Antelo contribuía con su trabajo a traernos el AVE por el que todavía esperamos y que él nunca tomará, porque un talud endeble y una excavadora inoportuna lo sepultaron en el tajo que compartía con su padre.
Ellos ocho se han ido cuando apenas habían comenzado a escribir su historia. Sus compañeros los recuerdan, con el dolor y la rabia a partes iguales, esperando -tal como pedía en el último funeral el hermano mayor de uno de los fallecidos- que no llegue nunca, o tarde lo más posible, el triste momento de «saber quen será o seguinte».