Los restos mortales de Alfonso Díaz Moñux fueron incinerados en la tarde de ayer en Madrid, tras el velatorio de rigor por el que desfilaron desde la tarde del viernes varios centenares de personas.
La mayoría fueron letrados madrileños que, a lo largo de más de un decenio, compartieron estrados con él como defensores de una larga nómina de delincuentes nacionales e internacionales, algunos de los cuales, gracias a las habilidades jurídicas de la víctima, no pasaron de la condición de presuntos. A ninguno le ha sorprendido su muerte, sin que por ello dejen de condenar el crimen.
Su fama de trabajador que se preparaba a fondo los temas y se implicaba de lleno en ellos hacía que su cartera de clientes fuese de las más cotizadas del foro madrileño.
El último cliente de renombre en requerir sus servicios fue el capo de la mafia rusa Zakhar Kalashov, un «ladrón de ley» afincado en el Levante español, que fue detenido hace un par de años en Dubái a instancias de las autoridades judiciales españolas y que próximamente será juzgado por blanqueo de dinero. La venia se la había concedido hace apenas diez días Javier Gómez de Liaño y Botella, que se había ocupado hasta entonces de su defensa. Esta no es la primera venia que le concede el ex magistrado. Años atrás hizo lo mismo con el aduanero gallego Antonio Núñez Saavedra.
Fuentes jurídicas consultadas aseguran que Moñux hace ya tiempo que dejó de compartir despacho con Emilio Murcia, abogado de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) y también de narcos. Aunque mantenía bufete propio en la madrileña calle Lagasca, colaboraba con cierta asiduidad con el de José Aliste, un letrado especializado en la defensa de narcotraficantes colombianos, la mayoría ligados a los paramilitares.
Algunas fuentes aseguran que Díaz Moñux estaba siendo objeto de investigación, no solo por las amenazas que denunció, sino por presuntas actividades delictivas. Las aludidas fuentes precisan que las pesquisas podrían corresponder a un juzgado de Alcorcón.