En el Centro Gallego de Berna, un parroquiano enseña a otro su quiniela perfectamente validada. «¿Cómo es posible?», pregunta el que no la tiene. El propietario aún se hará de rogar un rato hasta contestar que se la trae un taxista todas las semanas desde hace tres años, que es el tiempo que lleva jugando la misma combinación. Es solo un pequeño ejemplo de la penetración que los taxistas de la Costa da Morte tienen en la cada vez más mermada comunidad gallega en la Confederación Helvética. El remolque que viaja siempre detrás del taxi va cargado con chorizos, jamones y, como dicen el taxista y los pasajeros, «cariños» que los suizos gallegos envían a quienes allí siguen mientras que, a la vuelta, y con el doble de volumen, el remolque regresa con las mercancías más extravagantes: muebles, electrodomésticos y todo tipo de artilugios que sobran en la vivienda de un emigrante y que, en vez de ir al desván, acaban viajando a la casa que tienen en Galicia.
A lo largo de todo el viaje, mi taxista irá recibiendo llamadas que le preguntan por su próxima salida e irá organizando sobre la marcha la siguiente excursión. La reducida aunque aún nutrida colonia gallega de Suiza tiene en este grupo de conductores un sistema de confianza al que acuden ininterrumpidamente desde hace más de una década.
Leyendas
Desde luego, en tanto tiempo no todo ha sido un camino de rosas y, entre la comunidad emigrante se cuentan historias como aquella en la que los aduaneros suizos levantaron 1.200 euros en billetes de lotería por los que hubo que sudar tinta y quemar influencias para recuperar; o una oscura historia sobre contrabando de bicicletas que acabó mal. Pero mi taxista no sabe nada sobre eso. No le gusta el reportaje y cierra el grifo de la información en cuanto puede.
Los gallegos que allí siguen aprecian sinceramente el servicio de estos taxistas que los conectan con Galicia un par de veces al mes. Aunque viajan donde los encargos les lleven, cada taxista se mueve más o menos por una zona determinada y tiene sus clientes de confianza, pasajeros o simplemente remitentes de paquetes, el complemento que justifica la rentabilidad de un viaje difícil de entender en el 2008 y que lleva muy lejos la exigencia física del conductor.
Los dos días largos que transcurren entre la ida y la vuelta no son de descanso para el chófer. El remolque se mueve por toda la región distribuyendo paquetes y recogiendo otros; llevando un poco de Galicia a Suiza. Apenas queda tiempo libre para tomarse una cerveza en el Centro Gallego o saludar a los amigos: «Yo conozco a todos los gallegos que hay en Berna», presume mi taxista. En doce años de viajes y otros trece de emigración, le ha dado tiempo. En realidad, casi todos los gallegos de la ciudad se conocen. Los dos pasajeros que me acompañan en el taxi repasarán con el chófer la vida de docenas de ellos a lo largo del viaje, preguntando qué fue de aquel, o si el hijo de fulano cambió al final de empleo. Viven en Galicia, pero un trozo de su vida se quedó en Suiza.
En una tienda de productos españoles de Berna, su propietaria presume de mercancía. Tiene chorizos gallegos y suizos. Los segundos los fabrica una empresa regentada por gallegos en Ginebra; los primeros, los distribuye un importador. Su oferta no depende de los taxistas, aunque alguna vez se produce el milagro de la aparición de grelos frescos en el escaparate.
Otro emigrante explica cómo envió un televisor de plasma a través de un taxi: «Faino moita xente», explica «porque aquí estas cousas están mellor de prezo». En realidad, observando los comercios de la ciudad, la diferencia de precio no parece ser muy importante, pero el mayor nivel económico de los emigrantes gallegos en Suiza les produce esa impresión. Y allí va la supertele, al remolque del taxi.
Profesionales con recursos
Los profesionales de la ruta tienen sus recursos y la baja consular tramitada por un gallego para retornar a casa puede valer para transportar los muebles de varios; la presencia de más pasajeros puede justificar el transporte de una sobrecarga de carne o de vino. Más o menos, los taxistas parecen tener controladas las situaciones de frontera, aunque las dos que atravesamos propiciaron un tenso silencio en el interior del taxi que solo se rompió cuando se abrió el paso, especialmente al cruzar a Alemania, donde los aduaneros exigieron la documentación de todo el grupo. A lo largo del viaje, en el coche está siempre activada una emisora que aporta información adicional sobre cómo está la ruta cuando se cuelan conversaciones entre camioneros.
En cualquier caso, la conexión que proporcionan estos profesionales del volante también se resiente del masivo éxodo de retornados que se ha ido produciendo en los últimos años y que ahora ya parece algo más estabilizado. La comunidad ha mermado al ochenta por ciento en la última década y el volumen de pasajeros, de paquetes e incluso de taxistas, se va apagando.
La nueva generación ya no está en la misma onda y, aunque todavía quede trabajo para algunos años, mi taxista sabe perfectamente que ya no serán muchos y que los buenos tiempos se perdieron ya hace más de diez años. «Voy viejo», admite el conductor, antes de explicar que los kilómetros ya le van pesando de tantos que hizo. Y no es el que más.