En el penúltimo viaje del año, el «Estrella Galicia» llegó con hora y media de retraso, pese a «atajar» desde Lérida, y arrolló a una persona cerca de Sahagún.
01 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.«Tren Estrella Galicia con destino a Barcelona Sants efectuará su salida en breves momentos». La megafonía de la estación de San Cristóbal, en A Coruña, sigue escupiendo consignas: que si no se puede fumar, que si los acompañantes no se suban al tren. Un coche del convoy lleva en varios sitios el cartel: «Fuera de servicio». Entonces, ¿para qué lo llevan? «Pues no lo sé ?apunta un mecánico de Renfe?, supongo que lo necesitarán para la vuelta». Despedidas en el andén. Una mujer que pregunta la hora. «As seis». Y un deseo: «Ao mellor chega puntual». Serán 17 horas hasta Barcelona, en este penúltimo viaje del año del Estrella Galicia. La locomotora 333 064-4 se pone en marcha. En el pasillo dos luces indican: ventilación y calefacción, resistencias encendidas. El maquinista hace sonar con insistencia el silbato del tren mientras atraviesa poblaciones; quizá tiene una premonición del mal trago que llegará a esa hora últimamente tan poco propicia para este convoy: las dos de la madrugada. Dentro del tren también hay paradas, estaciones interiores, miradas a las vidas de las decenas de personas cuyas existencias ruedan sobre un par de líneas que tienden al infinito. Esas estaciones interiores tienen nombre propio. Carmen, la forofa. «Me encanta el tren». Se llama Carmen Valiño, viaja en coche cama con su marido, Miguel Ángel González, y es una apasionada del tren, lo mismo que sus tres hermanas. Hija y nieta de ferroviarios, «con 10 años iba de A Coruña a Ponferrada y aquello era un aventura; pero ahora, y ando por los 40, las literas son igual que entonces, no han cambiado nada». No viaja en litera porque huele a meos; de todos modos, «los trabajadores son encantadores y el trato es buenísimo, ellos no tienen la culpa de que los trenes sean así». Carmen y Miguel siguen sin entender cómo desde dos meses antes de hacer el viaje tienen que estar pendientes del momento justo en que Renfe pone a la venta los billetes. «¿Por qué no ponen más coches si tienen gente?». Casi 600 euros pagan por su coche cama y el de su hija, además de un suplemento por llevar un perro. «Esto no es Monforte». El pasillo de uno de los coches de literas se llena de conversaciones. Una pareja, gallego y boliviana, se hacen arrumacos. Pasa la literista y, con acento sudamericano, le apunta: «Esto no es Monforte, allí llegaremos a la nueve y diez». Otra pasajera pregunta por la hora de llegada a Barcelona; luego empieza a contar con los dedos de las manos y concluye con sorpresa: «¡¡18 horas!! A ver si llega a las once». La empleada de Renfe la tranquiliza con una visión positiva del viaje: «Pasa pronto, se va a la cafetería a tomar algo; luego se acuesta, duerme y mañana por la mañana al despertar ya está allá». Lucía y Roberto. Tres o cuatro departamentos más allá Lucía está tirada entre un par de maletones. Es una jovencilla dominicana que ha dedicado «muchas horas» a hacerse las trenzas de su peinado. Ha estado viviendo en A Coruña, ahora lo hace en Lérida, tiene parientes en ambas ciudades y este es su tercer viaje en el Estrella Galicia. Una familia que acaba de subir en Lugo viene a hacerle compañía; el pequeño es Roberto, que llega preguntando: «¿Cal é a miña cama?». Su padre se sorprende: «E estas son as literas, eu pensei que eran outra cousa, ahí non hai que durma». La madre de Roberto habla poco, y al hacerlo descubre su acento brasileño. El mestizaje se impone y este tren es un ejemplo vivo. Javier, de Renfe. Entre dos vagones, llamada telefónica: «¡Hola! Me han dicho que estás de viaje». Es Javier Tascón, responsable de prensa de Renfe en el noroeste. Afable, atento y en su papel, Javier repite los argumentos de Renfe sobre lo de Palanquinos y anuncia que para el año 2008 entre A Coruña y Barcelona funcionará el Trenhotel, como el que va a Madrid. Fran, O Neno. Llegada a Monforte. Parada de 15 minutos. ¿Irán todos al bar a tomarse algo? No, mientras la locomotora diésel deja su sitio a la eléctrica y el convoy de A Coruña se une con el de Vigo, decenas de personas fuman con ansia en el andén. En la cantina, la Galicia norte y sur también están unidas en la imagen que ofrece TVG: Fran, o Neno, capitán de la selección gallega, saluda al de la selección uruguaya; comienza el partido que ven un par de paisanos, uno de ellos con boina calada y un vino tinto a mano. Sergio se estrena. A las diez de la noche el bar está abarrotado. Un cartel anuncia que sólo se sirve en media barra. Imagen para foto: dos abuelos sacan su botella de vino y sendos trozos de pan de molete en cuyo interior hay unos chorizos caseros. A su lado una inglesa se muestra contenta de que le entendieran cuando pide un sándwich. Sergio viaja por primera vez desde A Coruña hasta Zaragoza. El año pasado fue en coche y con el temporal tardó 14 horas. Adela y la calefacción. Once de la noche. Adela Celeiro explica a uno de los empleados de Renfe, Fernando González, que la calefacción no funciona. Él sostiene que sí. Ella tiene malas experiencias, la última el día de Nochebuena cuando el tren llegó a Sarria con cinco horas de retraso, además de que el lavabo «iba sin agua desde Barcelona». Liliana, la literista ingeniera. Pasada la medianoche, Liliana González toma un café en el bar. Aún no ha cenado. Es ingeniero agrícola, tras haber iniciado los estudios de medicina deportiva, y está contenta con su trabajo. Lleva dos coches, 120 literas y lo que más le gustaría es que el viaje fuera lo mejor posible. Le duele cuando le hablan «áspero». Jonathan y el golf. A las dos de la madrugada Jonathan Fischer cuenta que trabaja en un campo de golf en Gerona. Este joven, que se dice medio gallego y medio suizo, recuerda algún viaje tormentoso en este tren. Explica como en Zúrich es posible ver los mejores trenes de Europa, en un andén de 24 vías, al que llegan el TGB francés, el ICE alemán, los italianos y el Talgo español. La conversación la interrumpe la entrada de la Guardia Civil. El interventor apunta que una persona ha sido arrollada en lo que parece un suicidio puesto que estaba tumbada en medio de la vía. Jonathan aprovecha para fumarse un pitillo en la puerta. Las tres, una buena hora para irse a dormir. El militar de Zaragoza. «A las seis de la mañana tenía que estar en Zaragoza; a las cuatro estuvimos una hora parados, van a ser las siete y aún queda la tira; esto es la Renfe». Es el dulce despertar de un militar camino de Zaragoza que desde el pasillo ha tocado diana a todo el convoy. A las ocho el tren llega a la nueva estación del AVE de la capital maña. Sergio se da cuenta que ha vuelto a tardar 14 horas en ir desde A Coruña a su ciudad. Renfe invita. «A café con leche y el cruasán invita Renfe; será para que no vayan a protestar». En la cafetería los pasajeros se encuentran con la sorpresa. Una joven se ríe y una señora, que arrastra su abrigo de pieles al sentarse, despotrica por tener que ir a Tarragona en autobús. Un italiano muestra a su niña cómo recoger todo, un ejemplo de civismo. Jesús Cuesta en su pueblo. «Esto es Binéfar, mi pueblo», comenta Jesús Cuesta, el interventor. Desde 1914 en su familia han sido ferroviarios. Fue marino durante tres años y estuvo en Puerto Rico, cuando Raphael y Frank Sinatra actuaban en el mismo local. Joaquín, Manolo y Carlos. Manolo subió en Lugo y sólo dejó la play para dormir, mientras que Joaquín Riera apunta que este quizá sea su último viaje en el Estrella Galicia: «Por 30 euros haces Santiago, Londres, Barcelona en avión». Carlos, viajero del mundo, le apoya y bromea: «Será muy romántico pero son 18 horas» o algo más. Llegada a la estación de Sants. «¿Tomamos un café para celebrarlo?», apunta Joaquín. «Pues vamos».