La patata se viste de esmoquin

La Voz

GALICIA

El mundo a los cuatro vientos A Madrid se suele ir a presentar películas y libros. Pero Galicia se plantó ayer en la capital con un tubérculo. Aunque muchos no lo sepan, es el corazón de la tierra

21 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

La pegajosa iconografía que desprenden los tópicos siempre ha convertido esta comunidad en una bandeja de mariscos amontonados, en la que sobresalían una botella de albariño, una vieira y ese pelegrín con el don de la ubicuidad. En cambio, al pan y a las patatas, esos hermanos gordos y feos, se les ha sacado muy poco en las fotos. Pero ayer, por vez primera, empezaron a cambiar las cosas. Galicia se plantó en la capital para presentar a alguien que vende cinco millones de kilogramos al año y genera un volumen de negocio de cinco millones. Cuando ayer por la tarde se abrieron las cortinas de la Casa de Galicia en Madrid para la puesta en escena, no apareció un cantante ni un escritor, sino una patata, que fue presentada por el conselleiro de Medio Rural, Alfredo Suárez Canal. Restauradores, políticos, distribuidores y periodistas aplaudieron al tubérculo gallego porque sabe mejor que ninguno y porque en el 2006 será el primero de Europa en contar con el distintivo de indicación geográfica protegida. Otro reconocimiento El acto de ayer servirá para mejorar los canales de comercialización de este producto, pero también para darle otra imagen social. La patata ha sido a los campesinos lo que el salvavidas a un marinero. Ha permitido sortear hambrunas y alimentar muchas bocas en períodos de gran carestía. Pero este tubérculo nunca ha merecido muchas atenciones. Quizás pocos adolescentes gallegos sepan hoy cuándo se introdujo la patata en esta comunidad (fue en el siglo XVII) ni que muchos de sus antepasados, antes de que pudiesen utilizarla, recurrían a la castaña como uno de los elementos centrales de la dieta. En los últimos años, voces provinientes de la restauración han contribuido a devolver a la acomplejada patata al lugar del que nunca debió de salir. El propietario del restaurante El Bulli llegó a decir que si fuera el presidente de la Xunta obligaría a poner un peaje carísimo por poder comer el pan y las patatas gallegas. Esos mismos adolescentes que compran una bolsa blanca de Bonilla para picar entre horas tampoco saben que la laureada empresa de patatas fritas adquiere buena parte de su producto en Galicia por la gran calidad que atesora. Ni que el tubérculo que se vende bajo la denominación Pataca de Galicia proviene de zonas como A Limia, Bergantiños, Lemos o Terra Chá. Control Esta comunidad se enfrenta ahora al reto de lograr que toda Europa identifique a esta autonomía con la gran calidad de este producto. Muchos de los agricultores que se dedican a cultivarlo advierten de que es preciso mejorar los canales de control. Rudesindo Casas, productor de A Limia, alerta de que asistimos a una especie de top manta en la producción de patata. «A industria dos discos quéixase moito das copias, pero ¡anda que nós!: ¿Canta pataca se vende por ahí como galega cando non o é?», se interroga. Los productores consideran conveniente que la gente aprenda cuáles son algunas de las características de este tubérculo con denominación para poder identificar las triquiñuelas que convierten algo en lo que no es. Esa patata laureada ayer, presentada en sociedad en Madrid, tiene forma ovalada, la piel amarillenta y fina, y el color de la carne es claro. Será la primera de toda Europa en llevar un distintivo de la calidad. Un rápido vistazo a la historia nos sirve para comprender qué olvidada y qué denostada está la patata. Aunque muchos no lo sepan, este elemento indispensable de la dieta también ha servido para enriquecer el lenguaje. En Galicia, desde hace unos pocos años, los asuntos triviales y dignos de escasa relevancia tienen otra expresión. Son pataca minuta .